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Por Pablo Mieres

El debate interno instalado en el seno del Frente Amplio con respecto a la iniciativa de la rendición de cuentas pone de manifiesto, una vez más, la profunda y amplia división que existe dentro del partido de gobierno.

¿Cuántas veces los dirigentes frentistas proclamaron triunfales que había acuerdo con el proyecto de rendición de cuentas que envió el gobierno y cuántas veces más los hechos (que como decía el Gral Seregni, son porfiados) desmintieron rotundamente el proclamado acuerdo? No hay vuelta, existen enormes diferencias entre los distintos sectores del Frente Amplio.

Era muy fácil cuando sobraba la plata. Ahora que “las papas queman” la izquierda irresponsable y dogmática se agita y exige como si la fiesta fuera interminable. La izquierda moderada que fue “usada” una y otra vez para “dar garantías” de responsabilidad, mientras la izquierda tradicional gastaba a sus anchas con el aval del irresponsable máximo, el inefable ex presidente Mujica, vuelve a “dar la cara” defendiendo un inexcusable ajuste que es hijo del despilfarro de estos años.

Mientras tanto, la izquierda tradicional, aliada histórica del movimiento sindical, al que domina y codirige, eludiendo responsabilidades “se pone en la vereda de enfrente” y critica al equipo económico, reivindicando, con la misma liviandad con la que impulsaron el despilfarro de estos años, el impulso a medidas y decisiones que, lo único que traerán es mayor déficit y desequilibrio en las cuentas públicas.

Desde que el Frente Amplio llegó al gobierno, incluso antes de llegar, la ecuación ha sido la misma. La izquierda tradicional controla el aparato y la estructura de decisión del partido y la izquierda sensata se encarga de las cuentas.

La izquierda moderada nunca se animó a exigir reglas de juego más democráticas. Durante años acataron y aceptaron las reglas internas que distribuyen el poder en función del peso militante, en vez de reclamar la lógica de la legitimidad ciudadana. Así les fue. Cada vez más arrinconados y reducidos a ser la garantía de una gestión económica medianamente sensata.

La conducción del partido siempre estuvo en manos de la izquierda clásica, sustentada en su militantismo, controló y controla todas las decisiones del aparato partidario, incluso cuando decide conceder. Además, sumó a su poder militante la capacidad de convocatoria electoral de su líder (José Mujica), por lo que ahora también controla la gran mayoría de la bancada parlamentaria.

La hegemonía es cada vez más amplia, pero la clave está en mantener el concurso de la izquierda moderada, encargándola de la gestión económica porque es la única que puede dar ciertas garantías que eviten la desconfianza y la inestabilidad.

¿Es nueva esta división? Es tan vieja como la historia de la izquierda política en el mundo. Por lo menos desde hace un siglo la izquierda se dividió sustancialmente entre sectores de pensamiento dogmático, autoritario, de signo estatista y propenso a la exclusión de quienes piensan diferente y una izquierda tolerante, pluralista, democrática y abierta a las novedades de la evolución del mundo. Marxistas vs socialdemócratas.

En casi todo el mundo una y otra izquierda compiten en la lucha electoral, presentándose como alternativas diferentes. Incluso en la “ola de gobiernos de izquierda” fue posible distinguir gobiernos propios de la izquierda tradicional de escasas credenciales democráticas, lideradas por el chavismo, de otros gobiernos como el de la Concertación Democrática en Chile que se caracterizó por una lógica mucho más institucional y con una orientación económica sensata.

Pero aún dentro de cada país, se han expresado en forma separada. El PSOE e Izquierda Unida o ahora Unidos Podemos en España; el PS y el PC en Francia y podríamos seguir, porque los ejemplos abundan a lo largo y ancho del mundo.

En Uruguay, sin embargo, se reivindicó y aún muchos siguen reivindicando, la bondad de un acuerdo de unidad entre las izquierdas que, sin duda, tienen importantes diferencias ideológicas, programáticas y estratégicas. Así ha sido desde la vieja crisis del Frente Amplio de los ochenta hasta el presente.

La ansiada llegada al poder primero y luego la bonanza económica reinante, postergaron la expresión de las enormes diferencias de manera conflictiva; aun hoy el espejismo del poder sigue funcionando como anestesia para algunos dirigentes de los sectores moderados. La diferencia es que ahora el proyecto del Frente Amplio presenta inocultables señales de agotamiento, lo que hace inocultable y muy visible la apabullante hegemonía de una izquierda sobre la otra, con sus lamentables consecuencias.

Es tiempo de nuevas opciones para que una izquierda socialdemócrata exprese un cauce diferente capaz de generar un nuevo entusiasmo entre los uruguayos.

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