“Ahora o nunca”, por Ricardo Garzón

“Los uruguayos son leones de circo; aguantan los latigazos hasta que se comen al domador”. Cadena Caracol

No, no se sacan chispas. Son todos iguales, y quienes no son iguales son parecidos. Así se presenta ante la opinión pública el sistema político uruguayo, con senadores y diputados que son en su inmensa mayoría desconocidos para el ciudadano.
Producidos por políticos avezados afectos al manoseo del sistema electoral, arriban como rueda de chorizos al Palacio Legislativo. Nadie los conoce; sus nombres y apellidos no suenan para la ciudadanía, engañada vilmente por la cúpula que confecciona las listas sábanas y repartija de cargos.
El deterioro intelectual de las legislaturas es pavoroso. La chatura envilece a todo el sistema; el país está dividido en dos, y las rencillas intestinas de los unos y los otros dejan perpleja a la sociedad civil.
La plata no alcanza; la conducción económica hace maravillas, con un presidente de la república que mantiene en la borrasca el timón de la nave averiada. La oposición se relame: todo parece hecho a medida para el triunfo en las urnas del partido comunista. Pretenden llegar al gobierno a caballo de la democracia representativa, y ejercerlo para la tribuna electoral bajo el paraguas de la dictadura del proletariado, conformando un Estado obrero. Una clase sobre otra, trabajadores sobre la burguesía.
Mintieron a sabiendas, y se preparan para el festín. Oposición y sindicatos están manifiestamente unidos, alzados y calzados. Guerra sin cuartel al gobierno, “ahora o nunca”.
Las redes sociales, afines al conventillo político y periodístico, han terminado de desnudar el sistema político uruguayo. Ponen diariamente sobre el tapete informativo los diferentes actos de corrupción política que se vienen sucediendo con manifiesta impunidad a través de los tiempos, y descubren minuto a minuto que el andamiaje político viene traicionando desde larga data el voto ciudadano.
A la pandemia del coronavirus, debe agregarse el estado de pobreza infinita y generalizada que traducen las canastas y proliferación de ollas populares en todo el territorio, en tanto los señores feudales de la legislatura cobran mensualmente sueldos que van desde los 360 mil a 500 mil pesos mensuales.
Un Estado limosnero da de comer salteado a más de un millón de pobres que viven en condiciones deplorables, y que asisten, vencidos e impotentes, sin arte ni parte, al derroche persistente y continuado de los dineros públicos.
Este mal manejo de la plata de la gente involucra a todo el espectro político, aunque quepa reconocer que los actos de corrupción existieron desde el despertar institucional del país. Es mafia de toda la vida, enaltecida y exaltada, que compró su impunidad a la prensa grande, diarios y televisión. Vendieron el rico patrimonio para su pervivencia: autocensura sostenida y ominoso silencio.
Empalmaron la baraja, se repartieron el botín, y siguen repartiéndose el botín. Millones de dólares compraron ese silencio.
Las noticias “incómodas” al poder, se difunden disfrazadas. El despilfarro de los dineros públicos destruye el país, y compromete pagos a los que deberán hacer frente las generaciones venideras.