mieresPor Pablo Mieres

Hace cinco años, cuando terminó el ciclo electoral anterior, varios dirigentes políticos señalamos que era necesario reformar algunos aspectos del actual sistema electoral, pero durante el actual período de gobierno el tema quedó en un segundo plano y salió de la agenda política.

Sin embargo, cuando ya se cumplen casi dos décadas de la última reforma constitucional, conviene analizar seriamente la necesidad de realizar algunos ajustes en las reglas de juego vigentes.

En primer lugar, habría que discutir la pertinencia de las elecciones internas simultáneas, con criterios únicos y obligatorios para todos los partidos. Resulta desproporcionada la importancia que, en términos de movilizaciones, publicidad y gastos, se le otorga a estas elecciones cuando en realidad su objetivo es simplemente la elección del candidato único de cada partido y la integración de sus convenciones partidarias.

Desde nuestro punto de vista habría que dejar en libertad a cada partido para que realice la elección interna de su candidato según sus propios criterios. Obviamente, todos los partidos deberían cumplir con criterios democráticos que deberían ser aprobados y fiscalizados por la Corte Electoral. En este sentido, cada partido debería realizar sus elecciones mediante el voto secreto y completando su elección antes de un plazo máximo establecido en la normativa.

Pero, cada partido debería tener la libertad de determinar la fecha y la forma de elegir el candidato, sea a padrón abierto o entre afiliados o con afiliación en el momento de votar, etc. Nuestro país se ahorraría importantes recursos y se dimensionarían estas elecciones de acuerdo a la relevancia y el alcance que efectivamente tienen.

En segundo lugar, sobre los criterios de regulan la realización de la segunda vuelta presidencial, desde nuestro punto de vista, convendría modificar dos aspectos.

El primero de ellos es el ajuste del umbral definido para el triunfo de un candidato en primera vuelta. Nuestra normativa establece que el candidato más votado solo puede evitar la segunda vuelta si alcanza la mayoría absoluta de votos emitidos. Esto significa que no alcanza con que el candidato más votado tenga más votos que todos sus adversarios juntos, sino que además debe ganarle también a la suma de los votos en blanco y anulados.

Esta mayoría es la más elevada del mundo y es excepcional. De hecho no existe ningún otro sistema de segunda vuelta en el mundo que establezca una exigencia tan alta para el triunfo en primera vuelta.

Por otra parte, esta regla de juego combinada con el sistema electoral existente para la adjudicación de las bancas en el Parlamento, determina que exista un espacio de alrededor de dos o tres puntos porcentuales en los que un partido puede alcanzar la mayoría absoluta de los cargos en el Parlamento, pero a pesar de ello se debe disputar la segunda vuelta.

Parece más sensato rebajar el umbral de exigencia para el triunfo presidencial en primera vuelta hasta hacerlo coincidir con la mayoría parlamentaria en las dos cámaras legislativas.

También debería reducirse el tiempo actualmente establecido entre la primera y la segunda vuelta presidencial. En el mundo el tiempo promedio es alrededor de 24 días, mientras que en nuestro país (dependiendo del calendario) puede ser 28 o 35 días.

Resulta demasiado extenso el tiempo de campaña para la segunda vuelta presidencial, sería más razonable reducirlo a tres semanas, tal como ocurre en varios países, como por ejemplo Brasil.

En tercer lugar, la extensión del ciclo electoral genera un evidente cansancio tanto entre los candidatos y partidos como entre los votantes.

Con las actuales reglas de juego, enseguida del 30 de noviembre todos los partidos deberán abocarse a elegir sus candidatos a Intendentes, ediles, alcaldes y concejales para los que hay plazo solo hasta los primeros días de febrero.

Luego tenemos una nueva campaña (la cuarta en un año) durante los meses de febrero, marzo y abril, para elegir las autoridades departamentales y locales en los primeros días de mayo. Una verdadera locura, una suerte de maratón electoral que lo único que genera es desgaste en los actores políticos y molestia entre los votantes.

Algunos proponen volver a la simultaneidad en el tiempo entre las elecciones nacionales y departamentales, permitiendo el voto cruzado. Sin embargo, la ganancia de la separación en el tiempo ha sido muy importante, puesto que permite que las agendas y los temas departamentales ingresen en la agenda y se les de la importancia que corresponde.

Más bien sería mejor pensar en una mayor separación en el tiempo, estableciendo las elecciones departamentales para la mitad del período del gobierno nacional.

Si tomamos en conjunto las sugerencias propuestas, obviaríamos las elecciones internas y tendríamos una elección nacional con segunda vuelta en plazos más breves y luego, dos años y medio después, se realizarían las elecciones departamentales y locales.

Finalmente, conviene revisar nuestro sistema de votación. Resulta insólito que sigamos manteniendo un sistema en el que los partidos deben imprimir sus propias hojas de votación y dependan de su capacidad organizativa para distribuirlas entre los votantes. No existe un sistema de este tipo en ninguna parte del mundo.

Tenemos que cambiar hacia un sistema de votación en el que, sea mediante voto electrónico o no, la Corte Electoral suministre los instrumentos de votación y garantice que la forma de ejercicio del voto sea ecuánime y equitativa para todos los partidos, sin que ello dependa de la capacidad financiera u organizativa de estos.

De ello dependen nada menos que las garantías del voto de los ciudadanos.

Ojalá aprovechemos el primer año del próximo período de gobierno para alcanzar un consenso amplio que nos permita definir ajustes que mejoren nuestro funcionamiento político y electoral.

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