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Por Pepi Goncalvez

Estos primeros cien días de gobierno departamental deberíamos recordarle al Ing. Enrique Antía que le ganó las elecciones departamentales al Frente Amplio y por un buen margen. Eso debería constituir el respaldo necesario para gobernar y proyectar sus planes de futuro sorteando los problemas habituales de un cambio de rumbo en la gestión: recursos escasos, “herencia maldita”, compromisos electorales, etc.

Un hombre con su experiencia sabe que hay respuestas para todos esos asuntos en la gestión y en la acción política. Una intendencia como la de Maldonado tiene una vitalidad económica, y de recursos en general, que habilita a moverse aun en terrenos resbalosos. Tampoco debería tener miedo a endeudarse como ya lo hizo.

Da la sensación que el intendente de Maldonado no entró en la contienda electoral porque sintió que es mejor una gestión del Partido Nacional sino por pura revancha. Su esfuerzo se centró únicamente en desplazar al Frente Amplio del poder. En ese clima de confrontación con lo anterior, dedica más energía a la caza de brujas (que son derivadas si tienen suerte a San Carlos, paraíso de la izquierda, o enterradas en “Siberia”, la ex Cylsa) que a llevar adelante un proyecto propio. Hay poca ilusión en este regreso, la sonrisa de la campaña se convirtió en un gesto hueco y amargo. Perdió la alegría cuando ganó. Allá quedó aquella suerte de Papá Noel que sonreía en los barrios y prometía trabajo. En su lugar hay un inquisidor despótico que tiene al funcionariado bajo la lógica del terror. Aquellos que se decían adherentes al Frente Amplio hoy dan votos de fe nacionalista y se rasgan las vestiduras frente a la esfinge de Aparicio. Más allá de los militantes nacionalistas que trabajaron denodadamente en la campaña, está siempre la duda de cuáles de esos correligionarios que se dicen votantes del Partido Nacional son verdaderos y cuáles son falsos. En un ambiente de persecución, el cuerpo se acomoda para no pasar mal en estos cinco años.

El despido de doscientos cincuenta trabajadores y el desmantelamiento de sus cooperativas sociales, el ingreso a cargos de confianza de más de doscientos amigos partidarios, la promoción con generosos ascensos a seis de los nueve dirigentes de Adeom, los conflictos permanentes entre figuras de las agrupaciones de su partido en diferentes ámbitos políticos, no permiten ver una estrategia que supere a la simple restauración.

Se ha perdido el entusiasmo, se han desinflado los globos celestes y el regreso del trabajo y la seguridad no se han podido cumplir más allá de la cohorte directa que recibe los beneficios. No hay proyecto o el proyecto no es más que tener en las manos la Intendencia. No hay un destino, un programa, una idea que pueda unir a todos esos blancos que celebraron la noche del 10 de mayo. Lo único que queda es la lógica del “sálvese quien pueda”. Cada uno cuidando su silla y en lo posible, mostrando los dientes al que está en la de enfrente.

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