calentarlonjas (Copiar)

Como una inyección de pueblo en el sofisticado Gorlero de temporada, la fiesta del tambor, en una noche ideal se presentaba como una fiesta de luces, sonidos, colores, gracia, gurises, viejos, maduras, en pleno carnaval.

Quién diría que en la primer comparsa, entre sus primeros integrantes en el desfile que se abría, la muerte rondó artera con uno de sus fogueados portabanderas.

A metros de culminar y luego de advertir uno de los viejos que en 50 metros finalizaba el desfile, cayó como fulminado uno de los muchachos, boca arriba, buscando en dos o tres bocanadas, un aire que se escapaba como su vida.

22 y 55 eran, dos muchachas turistas, médicas o con conocimientos se tiraron sobre el lubolo caído a empezar la reanimación infructuosa.

Lentamente sus compañeros se arrimaban, y el tambor, al compás del drama sonaba languideciendo hasta callar, como un corazón negro que se apagaba.

Aparecieron los cadetes con poco conocimiento de primeros auxilios y por radio pidieron apoyo. Lentamente las comparsas que venían detrás callaban y sus colegas se arrimaban a preguntar.-

Nervios de los jefes de comparsa con la policía que se amontonaba y apoyó a los 10 minutos con una camioneta.

Las doctoras masajeaban el pecho sin resultado y la vida se pelaba.

Pasaban los minutos.

Espectadores buscaban frenéticos un desfibrilador en los comercios vecinos, sin resultado, parece mentira.

Ambulancia, ni se veía ni se había previsto para apoyar los festejos.

Una moto policial arrima el desfibrilador a los 20 minutos.

Las médicas seguían con las maniobras, cada vez más desesperadas.

Se siente la sirena de la ambulancia de la Asistencial, que vino desde el Sanatorio de Roosevelt a Gorlero, haciéndose cargo, y anónimamente las doctoras del primer momento se sumergieron entre la gente.

10 minutos más de maniobras profesionales en la camilla a nivel de Gorlero y luego adentro por casi 20 minutos.

Los compañeros y las vedetes habían mudado su alegría por la rigidez de rostros y músculos, como a tono con el caído.

Termina la maniobra y con una integrante de la comparse de copiloto, parte la ambulancia a plena sirena, con un aplauso de la gente de desahogo.

Los chicos, repiques, banderas y estandartes, plumerío, arriados que habían servido para aislar como alambre de púa a los curiosos, se levantaron a media asta y arrancaron calle abajo hasta el final de Gorlero.

La comparsa la siguió, callada, con apenas el suelo acariciado por el yute de las alpargatas y entonces sucedió.

Un sonoro aplauso, proveniente del alma del carnaval de la gente, turistas o no, bramó al paso de la comparsa en reconocimiento al carnavalero de siempre y orgullosa y formada se dirigió al final del desfile y al comienzo de la esperanza, de una vida que se recuperaba.

Fue el aplauso de Gorlero, más lindo que sentí durante toda la vida y entendí cada vez más el espíritu de Paez Vilaró y su inspiración de 90 y pico de años.

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