Columna de opinión: “Es posible reducir la inequidad educativa”, por Pablo Mieres

El Instituto Nacional de Evaluación Educativa presentó su informe, tal como corresponde por ley, a pesar de la presión del inefable e inamovible Presidente del CODICEN, Wilson Netto (“el Varela del siglo XXI” según la otra inefable e inamovible Ministra de Educación) que quería evitar que se conociera su contenido. Justamente, al hacerse públicos los resultados quedó en evidencia por qué el jerarca de la ANEP quería impedirlo.
En efecto, el análisis del INEED pone de manifiesto nuevamente el grave fracaso educativo de este gobierno. Los indicadores de resultados sobre el egreso de nuestros niños y adolescentes continúan estancados y son notoriamente trágicos. En materia de egreso de enseñanza media estamos entre los países más atrasados de América Latina y la gestión de esta Administración no ha mejorado esta grave situación educativa.
Pero lo más grave es que la desigualdad en los aprendizajes entre los estudiantes de contextos más excluidos y vulnerables con respecto a los estudiantes de los contextos sociales más altos sigue siendo muy grande. Es decir que el sistema educativo, lejos de ser, como debería, un camino de igualación de oportunidades entre los estudiantes más pobres y más ricos, por el contrario, es un disparador y potenciador de desigualdades.
La desigualdad en los aprendizajes educativos es, no sólo una tragedia en sí misma, sino que además es un triste pronóstico sobre las oportunidades futuras de que los adolescentes más excluidos puedan salir adelante. Están construyendo una hipoteca sobre el futuro de las nuevas generaciones. Demasiado grave, demasiado inaceptable.
Ya sólo este dato es más que suficiente para confirmar la tragedia educativa a la que nos ha sometido esta conducción.
Particularmente grave es, además, que esto ocurra en la gestión de un gobierno que se dice de izquierda, puesto que uno de los principales objetivos consiste en promover la equidad y la justicia social. Al contrario, los gobiernos del Frente Amplio no han logrado reducir las enormes inequidades, afectando el futuro y las perspectivas de miles y miles de jóvenes.
Nuestro país no se merece que estas cosas pasen. Este es un país en el que los niños y los jóvenes son pocos y no hay crecimiento demográfico explosivo. Más bien, todo lo contrario, y, sin embargo, esta conducción educativa ha sido rotundamente incapaz de generar mejores oportunidades para los más débiles.
Lo más grave es que lejos de reconocer este evidente y angustioso fracaso, la conducción de la ANEP cuestiona el informe y lo califica de “incompleto, incoherente y que poco aporta”. La soberbia y la certeza de que pase lo que pase, nadie los va a tocar se ha convertido en una constante de un gobierno que hace rato que ha perdido el sentido de la realidad.
El gran problema, más allá de los debates políticos y de los ruidos de la campaña electoral, es el futuro de las nuevas generaciones. Este dato que indica un pronóstico terrible sobre las oportunidades de inserción laboral de los jóvenes más pobres, va en sentido inverso a la búsqueda de la reconstrucción del tejido social.
La reforma educativa es una urgencia ineludible, por eso nosotros impulsamos como uno de los pilares fundamentales de nuestro programa de gobierno, la transformación de la educación.
Pero es particularmente importante que esa reforma educativa sea efectivamente profunda. Y una de las dimensiones esenciales de la transformación es construir un funcionamiento que permita el mayor apoyo del sistema educativo a los niños y adolescentes más débiles, vulnerables y excluidos.
Por eso queremos transformar los centros educativos en verdaderas comunidades, en donde los docentes puedan permanecer en forma estable en un mismo lugar, de forma tal que conozcan a sus alumnos y los acompañen para evitar la deserción. Una comunidad educativa es un espacio de comunicación y de personalización y este contexto es imprescindible para que se produzcan los aprendizajes.
Necesitamos transformar la estructura del sistema educativo para que exista un trayecto continuo desde la educación preescolar hasta la culminación de la educación básica a los quince años, sin rupturas ni “saltos mortales” que dejan por el camino a los más desposeídos.
Cuestiones tan sencillas como el “sistema de elección de horas” en la Enseñanza Media debe cambiar para que los docentes más capacitados no terminen dando clases a los estudiantes de nivel socioeconómico más alto y los docentes con menor experiencia o con menor calificación den clase a los estudiantes más marginados. Hay que incentivar que el sistema sea integrador y no excluyente y desigual.
Hay que generar las condiciones para que la enorme mayoría de los docentes sientan que su esfuerzo y vocación tienen resultados positivos, para ello hay que cambiar profundamente las reglas de juego y la estructura del sistema educativo.
Pero, para que ello ocurra es imprescindible cambiar la conducción educativa. Esta es una de las cuestiones más relevantes que se resuelven el próximo 27 de octubre en las urnas a través del voto ciudadano.
Entre los que defienden sin argumentos una conducción que ha sido responsable de este trágico fracaso y los que creemos imprescindible una profunda reforma de la educación por el bien de nuestros niños y jóvenes.