“Cosas de poca importancia”, por David Rabinovich

La mañana está fresca. Avanza con lentitud octubre en San José de Mayo. En el cielo azul, muy luminoso, las nubes blancas juguetean con sus cambiantes formas. Pasan rápido, porque lo que se siente como una agradable brisa primaveral en las calles del pueblo, debe ser un viento persistente allí en lo alto.
No hay mucho tránsito por la calle Asamblea y el semáforo al llegar a la esquina, me espera en rojo. Paro. A la derecha hacen fila la escuela, el edificio de la intendencia y la catedral; a la izquierda, la plaza principal retoza al sol. Otros días, en otros tiempos, a estas horas, los niños de la escuela estarían en el recreo. Estarían en la Plaza de los 33. No hace tanto, un día como hoy, este paisaje urbano estaría lleno de túnicas blancas correteando y se escucharía las risas infantiles…
Pero como cuenta un testimonio sobre estos asuntos “En la Plaza se abandonaron los recreos por el riesgo que implicaba la presencia de personas consumidoras, las dificultades para controlar y evitar la dispersión de los alumnos, la presencia de perros…” Por todo eso, desde hace un buen tiempo. los recreos no se hacen en el amplio espacio de la plaza pública. No es que se haya solucionado el problema que tiene la escuela N° 45, José Pedro Varela, apretada entre los edificios de la Intendencia y la División Ejercito II.
La escuela tiene un patiecito muy pequeño para la cantidad de alumnos que alberga y a la hora del recreo si todos salieran ‘al patio’ a correr y jugar se arma un lío que ni te cuento. No es que eso no tenga solución. Pared por medio, la División tiene un espacio que solucionaría bastante las necesidades escolares. Si se pudiera usar. Para ello bastaría abrir una puerta y poco más de una hora por día. Dos recreos de media hora en la mañana y media en la tarde. Pero el ejército no lo considera posible. Maestras y madres “se movieron muchísimo por lograr el patio de la División. ‘Nuestros’ ministros de Defensa, siempre lo negaron. Los argumentos fueron diversos según la época; uno de los últimos (cuando el gobierno nacional sesionó en el departamento) fue que los niños no podían estar allí porque las armas implican un riesgo.” Estos pequeños gestos, que los gobiernos del Frente omitieron, son parte del desánimo y el mal humor en sus militantes, pero es poco probable que sean parte de la ‘autocrítica’ en curso.
El edificio de la División es enorme, de afuera no se percibe movimiento alguno, allí operan unos pocos oficiales y algunos soldados ocupados en quién sabe qué tareas. Los padres de los alumnos han hecho mil y una gestiones con gobiernos de todo pelo. Lo último que recuerdo es una propuesta de ceder todo el edificio a la ANEP a cambio de los recursos para construir otro similar no sé donde ni para qué. Estamos hablando de varios millones de dólares supongo.
Pero no son todas tristezas en este día tan lindo. Cambió la luz y al doblar por Artigas, luego de pasar por el amplio frente militar, sobre la esquina de Evaristo Ciganda la vieja cárcel departamental luce espléndida. Hace algunos meses ha culminado su reciclado total para dar cabida a la UTEC. El edificio espera se inaugurado aunque algún curso ya se dicte allí. Veremos qué carreras se instalan además de las de informática que ya se trasladaron desde el edificio del Instituto Magisterial donde funcionaban. No está claro que recursos habrá para continuar con el avance de la educación terciaria en el interior, pero las expectativas son altas. Claro que con los cursos sólo no alcanza, sería necesario becas para los estudiantes de menores recursos y un hogar estudiantil –municipal supongo- que ofrezca un cupo amplio para los alumnos que viven lejos. Dicen que a la educación se le destinaba un montón de plata y que los resultados no fueron buenos por la impericia de quienes la gobernaban. Más temprano que tarde se verán los resultados de las nuevas normalidades. Porque, en última instancia, la vida no es sólo nacer, morir y algunas cosas que hay y pasan entre esos dos mojones.

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