“Crónica de otros tiempos: la lengua del canciller”, por Ricardo Garzón

Decíamos ayer: con el Ministro de Relaciones Exteriores ido de mambo, desmedido y desubicado, llega tarde la disposición presidencial a su equipo de gobierno de mantener cautela y no inmiscuirse en los asuntos internos de Brasil.
No le debe haber hecho gracia a Bolsonaro que el Canciller Rodolfo Nin Novoa, imprudente a carta cabal, haya lanzado al mundo un día antes de las elecciones brasileñas: “esperemos que las encuestadoras le erren como les han venido errando históricamente”, refiriéndose en concreto a los sondeos que pronosticaban que Bolsonaro sería el candidato más votado.
No conformes, nada menos que la Vicepresidente de la República, Lucía Topolansky, calificó de “desgracia” la votación de Bolsonaro, y que el resultado era un retorno a lo dictatorial”. Consideró que Bolsonaro es parte del problema en el que estuvo inmerso Brasil en los últimos años, y aseguró que el candidato no valora el sistema democrático…”
Ante tan rotundas como desgraciadas e imprudentes opiniones, que volvemos a desnudarlas para que se advierta la payasada en que se ha convertido la Cancillería, Nin Novoa no tuvo empacho en convocar ayer, jueves, al embajador brasileño para pedirle explicaciones sobre las declaraciones de Bolsonaro con respecto a la reciente etapa electoral cumplida en nuestro país, en lo que tiene que ver con su preferencia por uno de los candidatos. “Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago”.
Tamaña pasayada no tiene antecedentes en la fértil historia de las relaciones diplomáticas del Uruguay, venidas a menos por la irrupción de estos improvisados gobernantes que exhibe la república en estas horas aciagas.
También decíamos ayer que la Ministra de Educación y Cultura, -otro pelotazo en contra-, había depuesto una chicana política señalando, sin nombrar a nadie, que en las futuras elecciones uruguayas podía haber un Bolsonaro.
La Ministra de Turismo, Liliam Kechichián, hoy flamante senadora, había vomitado en las redes: “Tremendo Brasil!!! Me duele!!!” Agregando: “lo que sucede cuando la política deja de ser limpia y trasparente y cuando la ética se mancha. Viene lo peor disfrazado de antisistema.” Acto seguido, convocó a defender la democracia y la libertad.
Le vale la pregunta, senadora: ¿a qué le llama libertad? ¿Al populismo? En rigor, este ismo constituye un impedimento al desarrollo generacional de las sociedades. Es el riñón enfermo y condenado de un movimiento nacido en 1990, Foro de San Pablo, fundado por el Partido de los Trabajadores de Brasil (Lula) y Fidel Castro, y constituido para reunir, solapado y travestido en las cúpulas, al zurdaje latinoamericano para hacerse del poder político en América Central y del Sur.
¡Claro que sabe, ministra senadora, que con Hugo Chávez en Venezuela se constituyó el primer gobierno de izquierda en América Latina, y primer gobierno de un partido miembro del Foro de San Pablo, a imagen, semejanza y doctrina de la desaparecida Unión Soviética!
A rueda siguieron Lula y Tabaré Vázquez, entre otros, -mentiroso contumaz el “oriental”-, dividido en dos el Uruguay por la gracia frenteamplista de profundizar la grieta orientada firmemente a separar a los “buenos de los malos”. “Llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”.
Hoy el Uruguay ha quedado en el medio de dos gobiernos diametralmente opuestos, aguas embravecidas que requieren talento para navegar. A esto debe sumarse que habrá que restituir la gobernabilidad y la democracia representativa a un continente que se emborrachó con los espejitos de colores y la corrupción más desenfrenada que se haya visto desde el Río Bravo hasta la Patagonia argentina.
Otros funcionarios del gobierno, acicateados por los dichos irresponsables del Canciller Nin Novoa, ligero en lenguas, se animaron a inmiscuirse en los asuntos internos del Brasil, facilitando que Bolsonaro haya mojado sus pies en las recientes elecciones uruguayas.
Además, es grave e irreparable, todo un atrevimiento, que la Vicepresidente del Uruguay haya calificado de “desgracia” la votación de Bolsonaro. Es una irreverencia, una insensatez, una insolencia que no tiene antecedentes en la historia política y diplomática del país.

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