Por Mirtana López

“Lo único que repara una situación perversa es la verdad.” (*)

“No hay ningún medio –por más que no nos quieran mucho- que no diga que esto es un triunfo de los argentinos. Es un triunfo de todos.” En medio de las lágrimas –de los demás porque ella se controla de forma admirable -, Estela de Carlotto enmarcó el resultado de los 36 años de búsqueda de su nieto. Es el décimo cuarto suyo, que comenzará a ocupar el lugar que lo esperaba. Es el nieto 114 al que “Abuelas” permitió encontrar su identidad. Esas palabras sintetizan toda la humanidad que demostró en esas más de tres décadas. No es su triunfo, ni el del movimiento; es de toda Argentina. Y tiene razón.

Con estos acontecimientos, la historia que llamamos reciente se ha salido de sus cauces en el Río de la Plata. No ha querido seguir realizando con lentitud su proceso de alumbramiento sino que pegó unos corcovos, inició varios alzamientos, desacralizó algunas verdades y brindó con generosidad mucho material a sus futuros estudiosos. Cuando acontece, cada una de estas impensadas erupciones revela algún secreto más oscuro que el anterior y nos muestra la vileza del entramado construido para mantener el silencio. Al tiempo que nos despierta por si estábamos cayendo en la aceptación del olvido, por si concedíamos algo “a dar vuelta la página para mirar el futuro” o, sencillamente, a colaborar con la escritura de la historia para que, esta vez, el relato oficial no descuide tantos sucesos significativos.

La aparición de Guido y su avasallante cobertura mediática, nos hizo recordar el libro de Juan Gelman y Mara La Madrid: “Ni el flaco perdón de Dios. Hijos de desaparecidos”. La mayor parte de los artículos que lo integran pertenecen al año 1995 y toman la forma testimonial del relato de quienes sufrieron las barbaridades de la dictadura militar argentina cuando apenas habían sido concebidos, en la niñez o en la primera adolescencia. Volver a hojearlo es encontrar por vía indirecta la grandeza del poeta desde que se permite una cita de Adolfo Bioy Casares como acápite: “En nuestro país el olvido corre más ligero que la historia”. Pero es también encontrarse con Estela de Carlotto, en dos páginas tituladas “Ocultar no sirve”, que comienzan así: “Lo veíamos venir. Nuestros hallazgos de nietos en poder de apropiadores eran relativos y pasaban los años y nosotros estábamos apuradas porque no queríamos que nos sucediera lo que ahora nos está sucediendo. No queríamos que nuestros nietos comenzaran a buscarnos a nosotras, que el camino se construye a la inversa; no queríamos que ellos sufrieran más. Esa búsqueda es dolorosísima, nosotros somos adultas y sabemos más o menos canalizar el dolor. No queríamos que estos chicos, ya tan lacerados, tuvieran que empezar ellos a rastrear a sus papás, a su familia, a preguntarse quiénes verdaderamente son”. (Agosto de 1995).

En este mismo libro, la pedagoga Adriana Puiggrós participa de un diálogo sobre “Historia y Memoria”. Allí plantea que para los Hijos de desaparecidos es casi imposible reconstruir su historia. Al igual que como describió Lévi-Strauss la forma en que el pensamiento salvaje iba armando con pedacitos una historia más parecida a una película de ciencia ficción que un viaje al pasado, para ellos sería construir “una nueva memoria y un espacio de utopía”. “A los chicos de ‘Hijos’ no hay que construirles el relato. Que nadie les escriba la historia. Del tema sí hay que hablar, y mucho. Como pregunta. Como paradoja. Como el viejo relato de los Amautas. En las culturas tradicionales no se escribe pero se relata. Siempre se relata. Hay gente aquí que ya no puede relatar ni escribir la historia, hablar con el pasado. Esos están fritos. Esos apelan a Massera. Votan a Menem.”

Recordemos que esas palabras fueron expresadas en 1995. Hace 20 años. Pero no nos resulta muy difícil actualizarlas. Como tampoco nos exige un gran esfuerzo el trasladarlas a esta orilla del Río de la Plata porque se contextualizan solas.

Hoy, en este Uruguay en el que tantos estamos dolidos porque los avances en la investigación sobre los desaparecidos se enlentece hasta la desesperación, en el que tantos pensamos en Luisa Cuesta, estamos oyendo la voz de alguien que hace tesoro de su juventud y de su proyección de futuro. Para ello aconseja aplicar como un buen proyecto aquello que Bioy Casares constató como un defecto en su definición del transcurrir del tiempo social: El olvido no puede ganar a la memoria. Porque con la memoria democráticamente nutrida se conformará la Historia verdadera.

Entonces es que podemos contextualizar y parafrasear lo que dijo Puiggros en el 95. Cuando este joven –medianamente- Lacalle Pou, niega el pasado o pretende que lo olvidemos para conformar un futuro `por la positiva´, “está frito”.

Esperemos que así sea en la votación de octubre. Por ahora sus intervenciones lo alejan cada vez más de poder escribir la historia o del relato auténtico y vivificador con que el pasado alimenta el futuro. Quienes somos abuelos, no podremos entender su actitud de negarnos un nieto. Quizá los nietos no puedan perdonarle que no contribuya con la abuela Estela.

 

(*) Estela de Carlotto

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