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En este momento se desarrollan cuatro exposiciones de interés. La primera, por la importante cantidad de obras, es de José Trujillo en las tres salas de la Casa de la Cultura. Como siempre se trata de obras impersonales, aunque de factura valiosa, sobre todo los retratos, incluidos los autorretratos, que considero de interés mayor por su técnica y su intensa expresividad. Sorprende el pasaje del nombrado, a la abstracción, cosa poco definida pero de interés por el intento.

En el Espacio Cultural Miguel Ángel, Enrique Castells se afirma en su decidido fauvismo, con una contundencia feliz, pocas obras pero muy parejas y de hechura impecable afirmando en una paleta múltiple, alejada de la monocromática que empleó en un tiempo. No hay duda que llegó a logros definitivos de calidad.

En el Mazzoni, la inagotable Linda Kohen (cada vez más joven) presenta a modo de instalación una obra exigente a la que no se accede con facilidad porque bordea lo filosófico. Se compone de dos figuras masculinas de espaldas que abren o encierran a cincuenta y tres pequeñas (como una baraja), algunas densas en valores estéticos y otras limitadas a un mínimo de elementos de una buscada pobreza franciscana. El título y la advertencia son un buen apoyo para penetrarla.

La cuarta que sale al encuentro del “visitante” es la de Andrés Alvira, en su local propio de Dodera 933. Como Trujillo, pasa a lo abstracto con obras de tamaño mediano o muy grande, resueltamente, diría gozosamente, porque su trabajo está embebido del entusiasmo de vivir y claro, nos conquista por la armonía, el color y la factura de apariencia sencilla, pero que no lo es, producto de la madurez y producto de la búsqueda de lo esencial y profundo.

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