“Cuestión de agendas”, por Hoenir Sarthou

La agenda pública de los últimos días es suculenta: la renuncia de Talvi, la LUC, la elección departamental, los mil puestos de trabajo de la Intendencia de Montevideo, un escándalo que afecta a la familia Viglietti, Cabildo Abierto (siempre en el candelero), los coletazos de la “Operación Océano”, un policía que habría usado una picana-linterna contra un detenido que estaba esposado, y, como música de fondo inexcusable, alarmantes noticias sobre los avances mundiales de la “segunda ola” de COVID.
La semana próxima, con la misma música pandémica de fondo, seguramente seguirán en el tapete las elecciones, la LUC y Cabildo Abierto, en tanto los otros temas serán sustituidos por nuevos escándalos, declaraciones, denuncias e incidentes.
Es muy difícil pensar sin distinguir lo importante de lo intrascendente, lo constante de lo momentáneo, el argumento de la anécdota. Porque, si no, todo se mezcla, todo se iguala y nada importa.
El domingo me llamó una amiga, frenteamplista no demasiado conforme con el FA, pero acercada ahora, desde la derrota, a uno de sus sectores. Dijo estar muy preocupada por dos temas sobre los que habían estado hablando en una reunión de su sector político.

-¿Qué te preocupa?- pregunté.
-Está todo muy feo – dijo ella-. Y me preocupan dos cosas.
-Si, de acuerdo -contesté-. ¿Cuáles son las dos cosas?
-¡Ay, nene! -parecía sorprendida-. ¿Cuáles van a ser? Cabildo Abierto y la LUC.
-¡Mirá vos! -le dije- A mí me preocupan más la cuarentena de la OMS y la instalación de UPM2.
-¿Más que los milicos, o que la LUC y el gatillo fácil? -preguntó incrédula.
-Bastante más -contesté.
Ella hizo unos segundos de silencio y por fin contraatacó:
-Pero la LUC nos recorta muchos derechos.
-Ah, ¿Y la OMS no?
-Bueno, sí, pero es diferente.
-Si, es mucho más grande.
Ella volvió a hacer silencio. Luego retomó la conversación preguntándome por mi familia.

Después de cortar, me quedé pensando, con la sensación de que esa charla, en que mi amiga me había adelantado la agenda de su sector para los próximos meses o años, condensaba la raíz de muchos desacuerdos en el Uruguay de hoy. No es tanto que discrepemos en los temas concretos, sino que nos preocupan temas distintos.
En tiempos de globalización galopante, parece haber dos grandes formas de ver la realidad.
Una es acomodar la mirada para situar el horizonte dentro del Uruguay. Entonces, las alianzas y peleas entre figuras políticas, las declaraciones encontradas, el “Fulano dijo” y “Mengano le contesto”, y los debates sobre temas locales, parecen ser el Universo.
La otra mirada implica asumir que -como no ocurría desde hace casi dos siglos- Uruguay, pese a su relativa pequeñez en territorio y población, está inserto en planes económicos y políticos que tienen por horizonte gran parte del mundo.
No es que seamos importantes. De hecho, no lo somos en absoluto. Pero hay planes que nos comprenden, nos guste o no.
La instalación de UPM, Montes del Plata, y de una serie de otras plantas de celulosa es un proyecto pensado fuera del País hace más de tres décadas. Un proyecto que no se limita al Uruguay sino que comprende a la región, incluidas partes de Brasil, Argentina, Paraguay y Chile. Es la región la que fue señalada por los tecnócratas del Banco Mundial como territorio apto para la plantación de árboles y la producción de pasta de celulosa. En tanto otras regiones del mundo están destinadas a producir el papel y consumirlo (en el caso, China). Cualquier análisis que prescinda de este dato de la realidad será incompleto y arribará a conclusiones insuficientes sobre el problema.
Sólo partiendo de esa base se puede entender que los últimos ocho gobiernos, de muy distintos partidos -unos con júbilo y otros con la cabeza gacha-, hayan cumplido a rajatabla las exigencias del modelo forestal-celulósico, incluida la firma de ese contrato vergonzante que es el de UPM2. Y que ninguno se haya atrevido a exponer las verdaderas razones por las que se ve obligado a hacerlo.
Con la declaración de pandemia por el coronavirus ocurre algo similar pero a mucho mayor escala.
En medio de la guerra comercial y de poder entre EEUU y China, una poderosa patota de millonarios inversores occidentales -con fuerte influencia financiera, en la OMS, en la industria farmacéutica, en telecomunicaciones y en otras áreas – parece haber apostado al caballo chino.
Significativamente, la declaración de pandemia y la cuarentena están arrasando la economía de los EEUU y de los países occidentales, cuyos gobernantes, dependientes del voto popular, no pueden ser insensibles al miedo de sus ciudadanos, problema que no tiene el gobierno chino. De modo que no habrá que sorprenderse si, al declararse el fin de la pandemia, la potencia dominante en el mundo deja de ser EEUU y pasa a ser China, asociada a capitales transnacionales que decidieron apostar sus fichas al Celeste Imperio.
Mientras esas cosas ocurren, en Uruguay -cubiertas las caras por el simbólico bozal pandémico- discutimos sobre Talvi, Viglietti, los mil y un cargos de la IM, la LUC, Cabildo Abierto y las elecciones departamentales.
No es que esté mal. Esas cosas también importan. Sólo que adquieren una dimensión y un significado distinto si se intenta observar la totalidad del tablero.

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