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Por Pablo Mieres

Reconozco que escribo desde la indignación. Resulta insoportable la idea, a esta altura inevitable, de que pasaremos cinco años más sin que se produzcan los profundos cambios que requiere nuestra educación. Resulta horrible imaginar que cinco nuevas generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de este país, transitarán por el sistema educativo sabiendo que lo que allí ocurra no será, como debería, una adecuada preparación para el éxito y el desarrollo vocacional en la vida adulta.

Nos duele la educación desde hace más de veinte años. A comienzos de los noventa Germán Rama nos impactó con sus estudios realizados desde la Oficina de la CEPAL. Estábamos muy mal. A partir de 1995 se realizó un proceso de reforma serio pero inconcluso, que dejó algunas pistas que todavía hoy se siguen reivindicando como los pocos logros aislados de un sistema que funciona muy mal.

Hace unas semanas decíamos que el panorama de la educación era desolador, sólo quedaba un pequeño espacio para la expectativa de lo que el gobierno presentaría en su propuesta presupuestal. Pues bien, ayer se presentaron las propuestas para el supuesto “cambio del ADN de la educación”. Patético, nada de nada. Apenas algunas ideas sueltas acompañadas de una meta ambiciosa: “que todos los niños de 3 a 17 años estén vinculados a alguna propuesta educativa”.

Una simple meta de cobertura que no está acompañada de una profunda reforma, apenas un paquete deshilachado de ideas sueltas que seguramente tendrán muy poco impacto en una situación de devastación. Suena grotesco plantear esa meta en medio de un año lectivo que ya tiene como saldo una pérdida de días de clase que probablemente alcanzará un nivel de récord histórico, con el consiguiente y ya confirmado incremento de la deserción. Es decir, lo contrario de la meta nominalista anunciada.

Novedades sueltas, medidas aisladas, continuidad de la inercia. Nada del vigor requerido para una transformación profunda, nada de la energía creadora requerida para “dar vuelta la pisada”, nada de liderazgo para promover la credibilidad en un cambio que revierta la tendencia negativa que vivimos desde hace décadas.

En Secundaria se anuncia que habrá elección optativa para los grupos entre diferentes planes de estudio. Sabemos que Secundaria ha instalado, de manera casi histérica, un Plan de Estudios atrás de otro (Plan 2006, Plan 2009 y Plan 2013). Se informa que habrá opción para tomar uno u otro, sin evaluación, sin definición de parte de las autoridades, sin orientación, sin rumbo ni liderazgo. Parece que da lo mismo una u otra opción curricular. La nada.

Se anuncia la extensión del tiempo pedagógico incrementando la cantidad de liceos de tiempo completo y de tiempo extendido, pero nada se plantea desde el punto de vista de los cambios indispensables en los modelos de gestión de los centros educativos, ni tampoco sobre la imperiosa reforma de los contenidos de aprendizaje. Es obvio que permanecer más tiempo en un lugar que no funciona seguramente no traerá como consecuencia mejores resultados; probablemente ocurra la inversa.

En Formación Docente se anuncia, por fin, el cambio de la currícula de la formación de nuestros docentes, pero (¡¡oh sorpresa!!) esto ocurrirá luego de un proceso de consultas que culminará en 2020. Sí, sí, leyó bien, dentro de cinco años. Al margen de los ritmos del mundo y de las necesidades de los propios nuevos docentes y de los estudiantes que seguirán aprendiendo con docentes formados en planes de estudio perimidos.

Vale dejar la constancia de la correcta definición del énfasis que pondrá Primaria en el proceso de lecto-escritura, competencia básica en la que hemos registrado retrocesos impresionantes. Sin embargo, si no se produce un urgente proceso de reciclaje de los maestros y maestras en esa área, que no aparece mencionado, resulta muy difícil que se obtengan resultados. En efecto, es un secreto a voces que los docentes tienen graves problemas de redacción y faltas de ortografía. Nada se dice sobre la necesidad urgente de reciclar a nuestros maestros para que puedan enseñar bien a leer y escribir.

Y dejamos para el final la frutilla de la torta: “un nuevo Congreso de la Educación”. El mentado cambio de ADN de la educación se completa con la convocatoria a un instrumento que ha fracasado (como no podía ser de otra manera) en reiteración real. Hacer una “gran convocatoria” (que por supuesto como no puede ser de otra forma, estará acompañado de la correspondiente suspensión de clases) para debatir entre los actores movilizados (todos ellos contrarios a cualquier cambio educativo) y llegar a conclusiones más o menos irrelevantes o contradictorias con las necesidades de reforma educativa.

Es sorprendente cómo se aferra el gobierno del Frente Amplio a dos o tres consignas mágicas que repiten desde que llegaron al gobierno en 2005, sin perjuicio de su total fracaso: un equis porcentaje del PBI para la educación y la realización de un Congreso de Educación. ¿Pero no se dieron cuenta todavía de que tales consignas representaron un gigantesco fracaso? ¿Qué tendrá que pasar en este país para que se entienda que una reforma educativa es algo muy diferente de lo que se propone?

Están condenando a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a entrar al mundo adulto sin la preparación que exige el siglo XXI.

Le dijeron otra cosa a la gente el año pasado cuando había que pedirle el voto, les hablaron de un gran impulso de transformación en el campo educativo. NADA, SOLO INERCIA DISFRAZADA DE CAMBIO. Grave responsabilidad que no estamos dispuestos a olvidar.

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