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Pablo Mieres

Una de las noticias más positivas de los últimos tiempos fue el lanzamiento de la iniciativa EDUY 21 que conjuga a un gran número de especialistas en educación de nuestro país que provienen de orígenes políticos e ideológicos muy diversos. A tal punto que unos acusaron a esta iniciativa de ser una “jugada de la derecha” y otros señalan que es una “trampa desde la izquierda para conjurar el grave descontento existente”.

Ni una cosa ni la otra. Simplemente una conjunción de esfuerzos para devolverle al país la esperanza de que es posible la transformación educativa. Transformación que es, para nosotros, la tarea más importante que está pendiente en nuestro país desde hace ya décadas.

Mucho se ha hablado de que el Frente Amplio y, en particular, el Presidente Tabaré Vázquez incumplieron una promesa de campaña electoral al impulsar un ajuste fiscal después de asegurar que no habría aumento de la carga tributaria en su gobierno. Sin embargo, el Dr. Vázquez incumplió una promesa más decisiva aun para nuestra sociedad y el futuro de nuestro país.

En efecto, Tabaré Vázquez recorrió el país prometiendo a todo el que quería escucharlo que iba a promover una profunda transformación de la educación. Es más, acuñó la famosa frase de “cambiar el ADN de la educación” e identificó su propuesta con la figura de Fernando Filgueira que proponía un verdadero y profundo cambio que sintonizaba (matiz más, matiz menos) con el conjunto de los mayores exponentes educativos de todos los partidos.

Sin embargo, Vázquez ha incumplido su más importante promesa electoral. Dejó todo como estaba, renunció al cambio educativo, aunque pretenda disfrazar algunas medidas puntuales y menores con aquella propuesta abandonada del cambio profundo de la esencia misma de la educación nacional.

Por el contrario, echó a los que sabían o los puso en un lugar tan secundario que los obligó a retirarse y dejó al frente de la política educativa a los mismos que dirigieron la educación en el período de gobierno anterior. Es decir, más de lo mismo, es decir una terrible inercia declinante que lo único que ha traído es un creciente deterioro cada vez mayor de la educación de nuestro país.

Gravísima responsabilidad política. El presidente pidió el voto a los uruguayos para cambiar la educación y ahora defiende un pernicioso “statu quo”, liderado por los que no piensan ni proponen ningún cambio. Gravísima responsabilidad hacia los niños, adolescentes y jóvenes que transitarán por el sistema educativo sin recibir una educación de calidad, actualizada e imprescindible para prepararse adecuadamente para la inserción en la vida adulta.

¿Existe alguna chance de que pase algo positivo con la política educativa en este período de gobierno? Por cierto que no. Los que están al frente de la política educativa de este gobierno o no saben o sólo están dispuestos a hacer más de lo mismo. Además no mandan porque los gremios docentes tienen tanto poder que las actuales autoridades ni siquiera pueden decidir que los profesores de enseñanza media elijan sus horas cada dos años en vez de anualmente; ni eso son capaces de decidir. Ni hablar de cambios más profundos, no los tienen en agenda pero, si los tuvieran, no los harían porque no quieren lío con los gremios docentes.

Entonces, cuando ya no existe la más mínima posibilidad de que este gobierno haga nada que signifique un cambio de la educación, surge esta conjunción de esfuerzos esperanzadora y positiva.

En efecto, ya hay que pensar en los próximos tiempos. Y esta articulación valiosa, con un nítido contenido generacional, valiente, inteligente, tolerante y pluralista se convierte en la nueva esperanza para la educación de nuestro país. Se convierte en un nuevo motivo de apuesta a un país exitoso en el siglo XXI. La propuesta no es de un partido en particular, ni de un grupo específico. Es un esfuerzo transversal. Es, como dijo uno de sus impulsores, una propuesta política, pero no partidaria. Nadie debe adueñársela, todos debemos apoyarla y aprovecharla.

Seguramente, sus contenidos, sus iniciativas, sus acumulaciones que incluyen a gente de todos los orígenes, como Fernando Filgueira, Juan Pedro Mir, Renato Opperti, Denise Vaillant, Javier Lasida, Pablo Da Silveira y tantos otros, serán un alimento indispensable de las propuestas programáticas que estarán arriba de la mesa en el debate del próximo tiempo.

Es una pena que se haya decidido, por motivos políticos que no entendemos, perder cinco años más de un tiempo precioso para recuperar a la educación de nuestro país. Pero eso ya ha ocurrido y es una enorme responsabilidad de los que hoy gobiernan.

Lo que ahora importa es construir las propuestas que aseguren que, gobierne quien gobierne en los próximos tiempos, la transformación educativa efectivamente ocurra, de una vez por todas.

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