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Pablo Mieres

Alguna vez quedará claro definitivamente el daño moral que el ex presidente José Mujica le ha hecho a la sociedad uruguaya. Alguna vez el mundo que lo aplaude y le extiende uno tras otro, decenas de “Doctorados honoris causa”, se dará cuenta de la “chantada”.

Además del caos administrativo, de su irredimible incapacidad de gestión que tiñó a todo su gobierno, de la existencia insólita de dos equipos económicos, del despilfarro irresponsable que toleró o, incluso, promovió, también generó una profunda afectación del sistema de normas y valores en nuestra sociedad.

Alguien podrá decir que la relación causa-efecto es al revés. Que la sociedad uruguaya admitió y aplaudió (y aun aplaude) y simpatiza con Mujica porque ya existía un deterioro moral previo. Nadie lo sabe, lo que sí se sabe es que su filosofía del “cambalache” fue una señal muy negativa con respecto a la moral pública de nuestra sociedad.

Si el presidente insulta, agravia, se desdice y contradice impunemente. Si el presidente no distingue entre lo que vale y lo que no vale. Si el presidente “putea” como si fuera una gracia. Si el presidente falta el respeto a sus adversarios. Entonces, ¿por qué cualquier ciudadano no va a hacer lo mismo?

Su reivindicación de la austeridad y de la vida sencilla, que es auténtica y seguramente es la que explica tantos reconocimientos internacionales y buena parte de la simpatía y apoyo que obtiene en nuestro país, recubre y oculta la gravedad de su relativismo moral que pretende la idea de que da lo mismo decir una cosa y luego otra con total desparpajo e irresponsabilidad.

Basta tomar al azar cualquier semana de los últimos años para encontrarse con ejemplos contundentes del enorme relativismo moral que representa la actuación y el pensamiento de José Mujica en nuestro país.

Veamos esta semana. Declaró ante la Justicia, por escrito porque se amparó en sus fueros para no ir a declarar personalmente (contradictorio con su prédica de sencillez y de equiparación de todos sin hacer uso de sus prerrogativas o privilegios), contradiciendo lo que él mismo dijo en el Senado un año atrás sobre su responsabilidad en el caso PLUNA. Hace un año había dicho que él era el responsable último de todo lo ocurrido, aunque en tono casi inaudible había agregado (seguramente por las dudas) “pero yo no lo llamé”. Aunque había reconocido su responsabilidad en los acontecimientos. Sin embargo, en su declaración escrita no reconoce esa responsabilidad y se mantiene ajeno a la decisión que ha generado la responsabilidad penal en otros jerarcas, indicando que no conocía los pormenores del famoso aval insostenible a una “empresa trucha”. ¿Alguien tiene dudas de que sabía e incluso de que había pergeñado la tramoya?

Siempre se hace una de más y sus declaraciones a los medios señalando que sabía que el remate iba a durar muy poco y que habría una solución, mostraba que sabía mucho más de lo que reconoció en el Juzgado.

Pero aquí no termina la semana. Los insultos gratuitos a los gobiernos de Argentina y Brasil, usando un lenguaje incalificable (“cagaron arriba de la mesa”) y adjetivando a ambos gobiernos como “repúblicas bananeras” son otra barbaridad propia de alguien que tiene muy poco respeto por el decoro y que, además, actúa con la total irresponsabilidad de quien piensa que su investidura y su representatividad ciudadana no le impiden hacer “lo que se le cante”. Aunque ello implique generarle nuevos problemas a su gobierno.

Finalizando la semana agregó su desprecio por la democracia representativa e hizo un sorprendente llamado a la construcción de una democracia participativa que no sabemos muy bien qué es lo que quiere decir. Sus débiles credenciales democráticas parecen volver a emerger en estos últimos tiempos ante la evidencia de que sus amigos ideológicos están perdiendo terreno en las elecciones recientes en América Latina. Esta reacción parece confirmar que su adhesión al régimen democrático liberal era más coyuntural que profunda, es según quien gane y estaba adjunta al triunfo de los gobiernos progresistas en la región. O sea, el derecho subordinado a la política.

Pero los ejemplos sobre el relativismo moral son innúmeros. El acuerdo con Estados Unidos para traer a los presos de Guantánamo fue humanitario un día y al siguiente fue un canje por naranjas. Su preocupación por la educación es contrastante con su expreso y permanente desprecio por los profesionales universitarios, que bien puede haber contribuido a la sorprendente e inadmisible multiplicación de los casos de “títulos truchos” entre sus correligionarios. Las referencias despreciativas y denostativas hacia sus compañeros de partido en el libro “La oveja negra al poder”, son muestra de su falta de respeto sin límite.

Esta modalidad de actuación de José Mujicaparece haber ambientado en nuestra sociedad un preocupante desprecio por las reglas de juego, por la importancia de la honestidad, la coherencia y el respeto hacia los demás.

El debate de los próximos tiempos no será sólo un debate programático sobre lo que hay que hacer con las políticas públicas y qué proyecto de país debemos impulsar; el debate de los próximos tiempos incluye también una dimensión ética que implica la reconstrucción de ciertos valores sociales que hay que reafirmar. Mujica es uno de los principales impulsores de este deterioro ético.

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