elbaul

 

Por el Prof Ricardo Pickenhayn Mazzoni

Con una sala colmada de expectante público y por segunda vez, en este verano, se repitió el éxito de la obra “El Baúl” dirigida por Horacio “Tato” Suárez.

El mérito no es doble, sino triple, porque, en primer lugar, esta representación marca el reinicio de la actividad teatral carolina en la emblemática “Sociedad Unión” entidad que con su hermoso edificio, recién remodelado, acaba de inaugurar la etapa inicial de su ambicioso proyecto definitivo.

También es relevante porque este espectáculo particular fue creado por un joven talentoso carolino al que auguramos, ya desde hace bastante tiempo, como un referente fundamental en el ambiente del futuro teatro nacional.

Por último, apreciamos el fruto de su heterogéneo grupo de noveles aspirantes; mismo que ha sabido hacer frente al difícil reto de interpretar una compleja obra dramática en donde los actores (algunos adolescentes) fueron partícipes del propio libreto que los expone en audaces monólogos.

“El Baúl” propone una mirada introspectiva hacia los propios traumas humanos. La soledad y el desamparo son el denominador común de estos referentes que cuentan su historia a partir de la desgarradora vivencia de su intimidad.

Lo creativo de la puesta en escena está pautado, en el comienzo, por un “cuadro vivo” que -ya está- en el escenario, desde el inicio y recibe al público conformando una inquietante imagen congelada.

La versatilidad de la escenografía consiste en módulos desplazables que los propios actores van armando durante el transcurso del drama como si se tratase de un particular puzzle constructivo.

Estos son algunos de los aspectos que hacen de este espectáculo un todo renovador que palpita desde la espontaneidad de un sutil lenguaje.

El aspecto visual es un fundamental ingrediente del teatro de vanguardia; tanto como su distinta versión de contar el relato.

Fue, en París, a principios de los años sesenta, cuando se comienzan a adoptar las revolucionarias pautas de la “nueva novela” o “anti-novela”, en busca de encontrar ese “Santo Grial”: la verdadera ontología del arte escénico.

Esta particular y controvertida negación de las formas pre-establecidas originó el advenimiento de algunos raros exponentes como Alfred Jarry (con su “Ubú Rey”) quien fuera también creador de todo un movimiento estético-filosófico denominado: “Patafísica”.

Tal “Collège de Pataphysique” (el cual nos propone -básicamente- transgredir lo banal y cotidiano) tuvo su versión uruguaya a través del “Esterismo” de José Parrilla; singular adelantado, amigo de Onetti (el cual otorgó el nombre al movimiento a partir del referente “Ester” en uno de sus cuentos) y el “loco” pintor “Cabrerita” del cual vimos -en 2015- aquella excelente obra -en su memoria- en esta misma sala del Unión (por cierto, un personaje que bien podría ser otro integrante más en este paradigmático “baúl” del Tato).

Parrilla era cuñado de Guido Castillo (la “voz” rebelde del Taller Torres García) y curiosamente Horacio Suárez (años mediante) tuvo -también- formación e interés por el Arte Constructivo.

Su particular forma de “componer” el escenario, tiene el propósito de crear sólidas estructuras de arquitecto. La acción, entonces, se manifiesta de forma fluida pero existe un riguroso funcionalismo que se gesta de manera dinámica y fractal.

Otro factor netamente plástico es la cuidada elección del vestuario (a cargo de Lucía Márquez) cuyo “tono” uniformizado recuerda la sobria paleta de grandes pintores como Goya o Velázquez.

Esa aparente frialdad cromática se enciende por intermedio de las puntuales luminarias que aportan flashes de color cuando el drama lo amerita.

El descarnado alegato que exponen los personajes se apoya en sendas proyecciones fílmicas que muestran, en blanco y negro, aquellas otras instancias que resulta innecesario poner en la piel de los actores.

La violencia es tratada de forma casi subliminal, dejando en el espectador disímiles interpretaciones para aquellas historias de dolor.

El teatro amateur tiene el “doble-filo” de ser un género muy difícil y frecuentemente ingrato. Tantos meses de esfuerzo y dedicación para tan pocas representaciones. Pero, más allá de todo este sacrificio estas manifestaciones son, en definitiva, el principio de otra era de formación artística que se avecina.

Alguna vez Shakespeare debutó humildemente con su “Hamlet” en el tablado de alguna una villa ignota y seguramente no vaticinó que su obra trascendería por siglos.

La ingratitud del presente, a veces, no permite que nos demos cuenta que lo que vimos en un viejo teatro del interior puede ser el inicio de algo muy grande en el futuro.

Benditos aquellos que participan de las gestas de siembra (en las que aún no se sabe de la posibilidad de una abundante cosecha). Es muy fácil aplaudir lo ya reconocido, el no jugarse por causas de futuro incierto. Por ello incentivamos a toda la gente de la región para que acuda y se “juegue”a valorizar lo nuestro, para que “pague su entrada” (con todo el compromiso espiritual que ello significa) y apoye este fresco renacimiento de la Cultura que tanto necesitamos.

La ajustada crítica podrá decir que a estos jóvenes les “falta mucho” (y seguramente habrá de tener razón) pero ellos tuvieron la valentía de subir al escenario y enfrentarse al público (que por ser, en parte, conocido no es sinónimo de complaciente).

Cada año será más difícil, cada nueva obra un desafío, pero estamos seguros que de estos muchachos nacerá otra forma de ver. Un nuevo modo de comunicarnos en tiempos venideros. Un lenguaje maduro; que es el que pide, a gritos, este adolescente siglo XXl.

Ficha

El baúl” (ese lugar al que todos pertenecemos, incluso sin saberlo)

El garage” (Compañía de Investigación Teatral). Dirección: Horacio “Tato” Suárez.

Elenco y textos. Rafaela Rojas- Bruno Correa- Abigail Barrios- Macarena Cháves- Juan Pablo Conde- Pedro Hernández- Katalina Pereira- Mauro Silva – Irene Pereira.

Equipo Técnico creativo: Vestuario Lucía Márquez- Escenografía: RC Diseño- Efectos audiovisuales: Sebastián Dinegri. Dirección General: Horacio “Tato” Suárez.

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