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Por Pablo Mieres

El triunfo de Donald Trump en Estados Unidos es una señal muy negativa para el avance de la democracia y el respeto al pluralismo, las libertades y, en definitiva, el avance civilizatorio mundial. Hemos dicho que representa un cambio de la magnitud del que ocurrió a partir de los atentados de las Torres Gemelas en setiembre de 2001. Obviamente la comparación no tiene que ver con la naturaleza del evento, sino con la entidad del impacto que tendrá en la política y las relaciones internacionales mundiales y de Estados Unidos en particular.

En efecto, que haya ganado un candidato que impulsó un discurso de odio, racista, de desprecio al diferente, acosador de mujeres y fuertemente discriminador, es una nueva señal de que estamos viviendo tiempos oscuros. El miedo y el enojo de importantes sectores de las poblaciones de los países desarrollados por vivir tiempos de inestabilidad, incertidumbre y verdadero empeoramiento de sus condiciones de vida, lleva a culpar a los inmigrantes, a los diferentes y se expresa la nostalgia por un pasado mejor, seguramente imposible de reeditar pero que se refugia en figuras y discursos como el que impulsó Donald Trump.

Las derechas racistas europeas levantan expectativas y se suman a una ola política cada vez más preocupante para el progreso del mundo. El tiempo dirá, pero conviene estar alertas.

Sin embargo, el triunfo de Donald Trump también implica otra constatación que va más allá de su discurso horroroso. Implica un fuerte malestar y rechazo de buena parte de la ciudadanía norteamericana con el “stablishment” político. Trump derrotó a toda la conducción tradicional republicana y luego le ganó a todo el “stablishment” de la política de Washington, su sistema de medios de comunicación y el poder financiero. Es decir, Trump fue también un emergente para canalizar el rechazo a un sistema político cuestionado por un importante sector de la ciudadanía.

Acá no hay nadie que promueva un discurso racista, xenófobo y de odio o violencia, discriminador o misógino. Pero hay sí mensajes de cuestionamiento al sistema de partidos y a la propia actividad política. Cuando hay quien se define como un “no político” para hacer política, surgen las similitudes con la propuesta de Trump. Cuando se maneja la idea del “outsider” como una cualidad o se manifiesta que ser empresario es mejor que ser político, se está tocando una cuerda parecida a una de las dimensiones del discurso de Trump, la del mensaje anti político.

Esta es la parte del mensaje que debemos atender los políticos y partidos de nuestro país. Nuestro sistema político se ha caracterizado por partidos fuertes, sólidos y representativos de la ciudadanía. Sin embargo, hay indicios de que esa vinculación está afectada.

Las encuestas indican que los políticos y el Parlamento son las instituciones que inspiran menor confianza a los uruguayos. Cuidado, entonces, porque se puede estar incrementando una imagen crítica sobre la actividad política y sobre los políticos y sus partidos.

Es necesario tomar nota y estrechar los vínculos con la ciudadanía. Con todos los ciudadanos, no sólo con los que son parecidos a nuestros planteos o ideas.

Tenemos una sociedad fragmentada, dividida y muy diferente al viejo Uruguay integrado que conocimos décadas atrás. Esto obliga a que quienes actuamos en política tengamos que sintonizar con realidades cada vez más diferentes y heterogéneas. Ese es uno de los desafíos.

Pero los desafíos más relevantes tienen que ver con la dignidad de la actividad política. Es imprescindible dar señales de auto exigencia. Es fundamental acordar normas más exigentes en materia de contralor de la actividad política y gubernamental. Es básico que las normas de financiamiento partidario sean más estrictas y que haya auditorías enérgicas y permanentes.

Situaciones como la horrorosa gestión de ANCAP y la lamentable respuesta del partido de gobierno defendiendo lo indefendible no ayuda nada a la valoración de la actividad política. La falta de peso de los organismos de contralor como el Tribunal de Cuentas y la Junta Anticorrupción trasmite señales negativas que no dejan contentos a los ciudadanos.

En este plano, lo que ocurrió con Trump debe ser tomado en cuenta con particular atención. Es necesario que quienes hacemos política tomemos nota de los mensajes de la ciudadanía. Esa ha sido y sigue siendo la clave de la fortaleza de una democracia.

 

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