mieresPor Pablo Mieres

Con la excepción del debate que protagonizamos con Pedro Bordaberry y el candidato de Asamblea Popular, Raúl Rodríguez, en 2009, caracterizado por el hecho de que ninguno de los tres teníamos chance de alcanzar la Presidencia y en el que se negaron a participar José Mujica y Luis A. Lacalle, se cumplen este año dos décadas sin que los uruguayos hayan tenido la oportunidad de presenciar debates entre todos los candidatos presidenciales.

En efecto, en 1994 debatieron Tabaré Vázquez con Julio M. Sanguinetti y el mismo Vázquez con Juan Andrés Ramírez. Antes de eso, tanto en 1989 como en 1984 los debates presidenciales eran parte natural y espontánea de los contenidos de las campañas electorales. En 1989 casi todos los candidatos debatieron con sus adversarios (Jorge Batlle, Luis A. Lacalle, Líber Seregni, Hugo Batalla y Carlos Julio Pereyra), además de otros debates entre los candidatos a la Intendencia de Montevideo. A su vez, en 1984 Julio M. Sanguinetti debatió con Alberto Zumarán, quienes eran los candidatos con mayor chance de ganar la elección.

Por tanto, en los últimos tiempos las campañas electorales uruguayas han perdido un componente básico que implica la posibilidad de evaluar las ideas y propuestas de los candidatos con mayor profundidad, contribuyendo de esa manera a que los ciudadanos puedan discernir su opción electoral con mayores elementos y fundamentos.

Se les ha escamoteado a los ciudadanos la posibilidad de observar el desempeño de los candidatos presidenciales en el contexto más exigente posible que es el intercambio de opiniones e ideas entre los diferentes adversarios. Es indudable que los debates presidenciales constituyen el escenario más exigente para los candidatos, puesto que no están hablándoles a sus partidarios, como ocurre en los actos políticos, donde es muy sencillo recibir la aprobación y la alabanza, sino que deben explicar y rebatir las críticas directas de sus adversarios demostrando de esa forma la coherencia y viabilidad de sus propuestas.

Lo cierto es que en buena parte de los países democráticos, la realización de los debates presidenciales es algo natural y evidente. Incluso hay países en los que esta instancia está regulada jurídicamente y se lleva a cabo con total naturalidad.

Sin embargo, en Uruguay se ha convertido en una ausencia reiterada que afecta, sin dudas, la calidad de la campaña electoral.

En efecto, el bombardeo publicitario y la parafernalia del marketing político se convierten, entonces, en la principal referencia de información ciudadana. Quedan solo los reportajes en los medios, en los que según la agudeza y exigencia del entrevistador de turno, se podrá o no apreciar la solidez de las propuestas de los diferentes candidatos y partidos.

Si nos quejamos del enorme riesgo de que las campañas electorales modernas se conviertan cada vez más en una disputa superficial en donde pesan más las formas que los contenidos y las imágenes que las propuestas, la ausencia de debates aumenta sustancialmente este desequilibrio, dejando un hueco significativo con respecto a la discusión más honda de los contenidos concretos.

Justamente, el problema es que cuando los focos publicitarios se apagan y el sonido ensordecedor de jingles y discursos se termina, quedan las realidades concretas definidas por el voto ciudadano. Y esas realidades concretas son las que determinan luego la suerte de los mismos ciudadanos, a la hora de la definición de las políticas y de las decisiones públicas que afectarán la vida cotidiana de un país.

Por eso es importante que el debate tenga su lugar en las campañas. Para equilibrar un poco la pérdida de contenidos profundos que las nuevas lógicas de las campañas electorales imponen en el mundo de hoy de la mano del avance de la tecnología y del desarrollo de las estrategias de comunicación política.

El modelo de debates presidenciales que se aplica en Chile o España es una referencia interesante. En vez de realizar debates de a dos candidatos que se convierten en “pulseadas” que se reducen a una lógica deportiva de ganador y perdedor, el formato de presentación conjunta de todos los candidatos presentando sus ideas y propuestas ante la ciudadanía en igualdad de condiciones, permite una visualización más concreta y realza el aporte de contenidos y el cotejo comparativo de ideas.

Por eso la posibilidad de que sea ANDEBU, institución que nuclea a buena parte de los medios de comunicación de nuestro país, la que actúe como anfitriona de un ciclo de debates presidenciales es una alternativa que ayuda a viabilizar esta opción.

Lo importante es que no pase una nueva instancia electoral sin que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad de resolver con mayores elementos y fundamentaciones.

La disposición a debatir lejos de ser un derecho del candidato es, a nuestro juicio, un deber; puesto que si le estamos pidiendo a la gente el voto, es decir su confianza, es una obligación estar dispuesto a rendir cuentas de nuestras ideas y propuestas discutiendo con respeto y altura con nuestros adversarios.

Es hora de debatir para recuperar uno de los componentes más valiosos de la profundidad de una campaña electoral. Los ciudadanos de este país se lo merecen.

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