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Por el Esc. José L. Rapetti Tassano

Era el 1° de diciembre de 1864 cuando las tropas del General Venancio Flores se movían por la ribera del Arroyo Sacra, afluente el Río Uruguay. Se iniciaba el Sitio de Paysandú con un número hoy estimado en unos 4.000 hombres al Sur de la ciudad. Con la ayuda decisiva del unitarismo porteño del Gral. Bartolomé Mitre, y la participación activa con ejércitos, buques de guerra, y material de guerra del Imperio del Brasil. Entonces con piezas de artillería, barcos y tropas de otras potencias, se unirían a Flores para terminar con el último bastión antes de seguir a la toma de Montevideo. Con la caída de Paysandú el 2 de enero de 1865 se alejaría a los Blancos del Gobierno por un Siglo, pues el Presidente Atanasio C. Aguirre que en los últimos días asumió por el ilustre Bernardo Berro, sólo tuvo tiempo de quemar los tratados de entrega al Brasil de Andrés Lamas de 1851 en el llamado “Gobierno de la Defensa” al fin de la Guerra Grande.

Al mando de la guarnición de Paysandú el Coronel Leandro Gómez entendió llegada la dramática hora de asumir la más grande responsabilidad, y de conformidad con sus oficiales y personal subalterno dispuso la inmediata resistencia. Se fortificó como pudo las 8 manzanas céntricas de la ciudad, con la Plaza y la Catedral dentro de ellas.

LA PROCLAMA. En su proclama ante la guarnición, que según estimara el historiador Eduardo Acevedo ascendían a 1.086 hombres, sumados los que venían de Salto al mando del Coronel Lucas Píriz, el Jefe oriental entre otras encendidas frases dice que “…. el estandarte de la Patria será sostenido con gloria, recordando al mirarle que somos descendientes de aquellos bravos orientales que nos entregaron la República libre e independiente, como la hemos de legar también a nuestros hijos, libre, independiente y sin mancilla…. Para ella nada os pido, nada os recomiendo, porque arde en vuestro pecho el santo amor a la Patria y el valor tradicional de los hijos del inmortal Artigas.”

El General Flores queriendo evitar el drama envió un mensajero con instrucciones para ser entregadas al Jefe de la resistencia. Allí Flores intimaba la rendición de la Plaza bajo amenaza de iniciar el bombardeo con sus baterías y las que traía la flota del Almirante Tamandaré, el representante imperial brasileño. Lleno de indignación al leer la intimación, Leandro Gómez henchido de valor patriótico escribió de su puño y letra respondiendo negativamente, estampando su célebre frase “Cuando sucumba”.

A su vez, el Almirante Tamandaré hizo la misma intimación, y Leandro volvió a reunir a sus hombres prestándose el juramente de defender la plaza hasta morir.

Comenzó el bombardeo de la ciudad que fue atronador y provocando bajas en sus defensores. Un corresponsal de prensa informaba que cayeron sobre Paysandú el primer día del ataque unas 700 bombas y granadas. La destrucción y la muerte había comenzado para los heroicos defensores de Paysandú.

En el diario del Sitio, figura que el 8 de diciembre el Comandante de la Cañonera francesa “Decidée”, bajó de la nave y fue a ofrecer a los sitiados una mediación y la capitulación. Leandro Gómez estaba en pie con una bandera oriental en la mano, con su Estado Mayor presente, clavó el asta de la bandera en tierra, desenvainaron sus sables, los clavaron cruzados ante la bandera y juraron ante el Comandante francés: “Vencer o sepultarse bajo los escombros de Paysandú”. El Capitán francés conmovido ante aquellos hombres decididos, les estrechó la mano a cada uno, sin palabras, pero por sus mejillas corrieron lágrimas por su honda emoción.

El último Presidente Blanco del Siglo XIX, Atanasio Aguirre recibe una carta de Leandro Gómez. “Si la pólvora se nos acaba, las lanzas y bayonetas están aguzadas, las espadas y facones cortan y entonces el combate será cuerpo a cuerpo, pero Paysandú convertido ya en ruinas, no se rinde; tal es mi voluntad y la de los bravos orientales que me rodean, cuyo valor se reanima mil veces contemplando el pabellón de la Patria que tremola en los edificios más altos de la ciudad”.

Nunca le llegaron a Paysandú los refuerzos enviados desde Montevideo al mando del General Juan Saa. Mientras tanto el Emperador del Brasil, Pedro II envió al Almirante Mena Barreto con un ejército de unos 12.000 hombres. En total asistirían a la masacre de los defensores de Paysandú casi 20.000, hombres de tierra y navales. Estaban surtas enfrente a la ciudad, además de la flota imperial, cañoneras francesas, españolas, inglesas e italianas.

Las trincheras fueron cediendo, las municiones se terminaban, el calor, el hambre, la sangre, la muerte tenían una dura batalla contra el heroísmo de los defensores de Paysandú.

El 31 de diciembre las fortificaciones de Paysandú ya cedían ante el bombardeo permanente. Así entra el nuevo año 1865. La lucha era puerta a puerta, desfallecientes el puñado de defensores va cayendo herido o muerto.

El día 2 de enero por la mañana ya estaba tomada la Plaza, ya no ondeaba el pabellón patrio, ahora en los altos de la catedral ondeaba la bandera del Imperio del Brasil, es que Leandro Gómez había sido hecho prisionero. Faltando a la palabra, fueron puestos ante el pelotón de fusilamiento, primero y para nacer a la inmortalidad a Leandro Gómez, lo siguieron los bravos Comandante Braga, Comandante Eduviges Acuña, Capitán Federico Fernández, y pudo salvar su vida el restante, Capitán Atanasio Ribero por una rara conmiseración del Coronel García en razón la juventud de Ribero. Cuando a las 5 de la tarde entró Venancio Flores, el crimen ya había sido cometido; el Goyo, Gregorio Suárez cargó en su conciencia con la muerte de aquellos héroes.

El ignominioso camino al genocidio del Paraguay estaba libre, ya podía la Triple Alianza terminar su obra de sangre, muerte y desolación de la tierra hermana del Paraguay.

 

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