“La Cacerola no se mancha”, por Rodrigo Blas

Mamá siempre adoró y cuidó sus ollas con mucho esmero.
No eran grandes ollas, unas de aluminio de esas clásicas que tenemos todos y otras de algún viaje al Chuy, única forma de comprar cacerolas en aquella época donde todo costaba muchísimo, incluída la libertad. Había también unas bien viejas ya pidiendo el retiro. Vivíamos en San Rafael en el medio del bosque. En tiempos donde todo era más lejos, San Rafael era más lejos aún. Los habitantes permanentes no éramos más de 50 y concentrados en 8 o 10 familias. Los Ayusto, Lujambio, Bonnet, Akai, Ferraro, Peña, Rey, Barran (no vivían ahí, pero atendían el supermercado que primero fuera de mis abuelos), Sanguinetti, los Méndez y los Eguzquiza un poco más lejos
No asomaba la democracia, pero sí crecía la protesta, golpear las ollas o cacerolas era casi la única forma de manifestarse que encontraron los uruguayos, cuya reunión estaba prohibida.
No era fácil conseguir la olla, la vieja no quería que se golpearan aún aquellas todas viejas y abolladas. Con la comisaría a dos cuadras y a una y media el milico Ferraro, daba un poco de miedo meter el cacerolazo a riesgo de que nos denunciaran (y supongo que eso asustaba más a mamá que la posibilidad de abollar la olla).
Pero a la hora convocada el cacerolazo llegaba, en el medio del monte, casi solo para nosotros, a medida que se acercaba la democracia se sumaban ollas vecinas.
En el golpe de la olla iba encerrado un grito de libertad, por Wilson, por aquellos que los olimareños habían transformado en canción por un tío torturado, contra el atropello, el prepo y la desconsideración. Por todo eso y mucho más, muchísimo más.
Muchísimos uruguayos guardan aquel recuerdo, estoy seguro que aún recuerdan la cacerola utilizada, el lugar donde la golpeaban, el comentario cómplice al otro día en el almacén con el vecino golpeador, la mirada sobradora por sabernos del lado correcto al vecino que no golpeaba por miedo o acomodo (orgullosamente blancos decía Wilson).
Estoy seguro que esos golpes de olla que gritaban libertad significaban la esperanza de muchos, la rabia de algunos y que cada golpe nos acercó más a la libertad, primero en nuestro espíritu y finalmente en las urnas.
Estoy seguro que recordando aquello, el otro día muchísimos uruguayos (la mayoría) se negaron a golpearlas. Del otro lado del golpe había un gobierno legítimo, constitucional, peleándose con la más fea, rascando un tarro vacío para responder lo mejor y más rápido posible, para atender, tranquilizar curar y prevenir a su gente. Un Gobierno presente, al frente de la trinchera y con un capitán serio, comprometido, preocupado, ocupado y sobre todo presente, muy presente.
Estoy seguro que a las 20.50 más de uno se arrimó a la olla pensando en cacerolear y recordó aquella olla, la de la libertad, la lucha codo a codo, la de democracia y de los oprimidos y la dejó de lado
Seguramente pensó en el acierto “la cacerola no se mancha” y tenía razón.

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