“La cancillería: el lado flaco de Lacalle Pou”, por Danilo Arbilla

Al escribir este artículo, día miércoles, se anunciaba como inminente el cambio de titular de la Cancillería, con el alejamiento de Ernesto Talvi y la llegada de Francisco Bustillo, actual embajador en España y muy cercano al presidente Luis Lacalle Pou.
El hecho es que la Cancillería se había transformado en un problema para el gobierno; afectaba hasta la propia y buena imagen del mandatario.
“Últimamente – me dijo uno de los hombres que rodea al presidente- ya era como una especie de grano en la punta de la nariz y se hacía preciso resolver el tema de una vez”.
Las desavenencias surgieron desde el principio, – designaciones, propuestas de nombres- pero quedaban disimuladas por la pandemia o se atribuían a las rencillas y problemas internos entre los colorados. Me aseguraron que Lacalle quedó muy tocado, por alguna “intransigencia” del líder de Ciudadanos. También comenzó a molestar en el entorno presidencial el reiterado discurso de Talvi, remarcando sus principios y conducta y su convencimiento manifiesto de que él iba a imponer una nueva cultura política. La Cancillería parecía una institución autónoma con un manejo independiente del gobierno.
“Ese fue el problema de Talvi – me explicó el allegado a Lacalle- que no entendió que él era un ministro del Gobierno, designado por el presidente, jefe de ese gobierno y de todo el gabinete. Él siempre lo manejó como si fuera una relación interpares – de líder político a líder político- olvidándose que Lacalle era el Presidente y sin tener en cuenta además lo que cada uno efectivamente representaba”.
“Con el coronavirus y Talvi ocupado con los ‘varados‘ y el ‘ crucero infestado‘ y salir en TV todos los días, se hizo algo más llevadero, pero vueltos a la realidad que corresponde a cada uno, afloraron diferencias”. “Y Talvi hablando y tuiteando como figura independiente del gobierno o como jefe de la mayor fracción del Partido Colorado y de sus diferencias con Sanguinetti y el sanguinettismo”. “El tema Venezuela fue el primero de política exterior que manejó y terminó en un papelón” concluyó mi contacto.
Y pienso que fue así. Cuando el Canciller dijo “estamos tejiendo y bordando muy cuidadosa y esforzadamente la posibilidad de jugar un rol relevante en la salida democrática en Venezuela…” y que “…estamos dispuestos a trabajar para que haya un diálogo entre las partes que permita una salida democrática”, sorprendió a todos.
Dados los antecedentes no parecía que ese fuera el camino y menos que fuera el “camino prometido” durante la campaña electoral.
Y el tropiezo no fue más grande porque a los poquitos días Nicolás Maduro nombró un nuevo Consejo Electoral, con gente suya y desconociendo la Asamblea Nacional e intervino dos partidos de la oposición. Si Maduro se hubiera demorado dos o tres semanas, vaya a saber uno cuántas declaraciones y “contactos internacionales” hubieran pasado bajo los puentes. Maduro los salvó: a Talvi y al presidente también, con el cual según el Canciller estaban “alineados”. Así, como pares.
Tampoco ha gustado en la Torre Ejecutiva los anuncios de Talvi de última hora, hablando de pasos “históricos” dados en la Cancillería y de un plan para los cinco años. Todo lo que, aparentemente, la presidencia desconocía
“Le puso la vara muy alta al próximo canciller; habló de proyectos, de cosas a hacer, dio su conferencia, pero lo embretó a su sustituto, y eso no es cortés”, se me dijo.
Y como próximo Canciller – el embretado- ya se daba por seguro que sería Francisco Bustillo. Uno hombre que fue muy respaldado por Tabaré Vázquez, dicen los memoriosos. Amigo y de confianza del Presidente y también muy amigo del presidente argentino Alberto Fernández.
Fuentes diplomáticas – y no de la Cancillería donde puede haber “picas”- más algún analista dijeron no era la mejor decisión.
Hubo quienes, en cambio, señalaron que era muy oportuna, sobre todo en estos momentos en que las relaciones con el vecino país están bastantes tirantes a raíz de la decisión del gobierno uruguayo de apoyar al candidato de EEUU a la presidencia del BID. Parece que Fernández tenía su propio candidato: Gustavo Beliz.
Pero por muy amigo que uno pueda ser de Fernández parece harto difícil tener una conversación sensata con él. Hace unos días, sin ir más lejos, en una videoconferencia con Lula prácticamente le declaró la guerra a Trump y no tanto por la nominación de Mauricio Claver al BID, sino más por los problemas de la refinanciación de la deuda, que no camina y el gobierno de EEUU no apoya como Fernández pretende. Ya de paso le dio palos a Bolsonaro, dijo que su aliado es el mejicano AMLO, defendió los sellos bolivarianos- Unasur, Celac, Prosur- y habló con nostalgia de Chávez, Correa, Pepe Mujica, Vázquez, Evo e incluyo además a Lagos y Bachelet.
La primera noticia que tuve de eso fue por un video con la parte en que habla de sus colegas progresistas. Esto es joda, pensé; o un Fake News para estar más a tono con los tiempos. Le faltó decir que “se lo había contado un pajarico”. Pero era todo cierto.
Decididamente se hace difícil conversar con Fernández y llegar a algún arreglo en serio. El cambia continuamente y va de un lado para otro.
En realidad, en lo que hace a Argentina más que de Alberto, habría que ser amigo de Cristina y Máximo Kirchner.
Y, además, no habría por qué anclarse en Argentina, que nadie sabe adónde va ni en qué va a terminar. Mejor sería ser amigo de Putin, Xi Jinping, Trump y eventualmente Joe Biden, y hablar ruso, chino e inglés.

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