Lafronda

Por Ignacio Olmedo

Se ha dicho bien que el pasado es siempre presente; de ahí la importancia de hundirnos en él para conocernos al entender nuestras raíces. Yo no nací aquí, pero el haber vivido por más de sesenta años hace de mí uno de nosotros.

La experiencia de la presentación de “La fronda. Informe sobre Maldonado y los fernandinos del Novecientos”, de Gustavo Lafferranderie, constituye por su profundidad y riqueza algo solamente comparable como acontecimiento cultural a otros dos hitos de la zona ahora y en los tiempos venideros: la instalación del Museo Nicolás García Uriburu y la adquisición del órgano de la catedral. Uno, con la característica de inamovible, el otro por el tiempo que lo limita; esta La Fronda que se ha escrito está sujeta a larga vida (está dedicada a dos niños, sus lectores venideros).

La historia como género alejadísimo de la ciencia tiene mala fama merecida desde el momento en que la escriben los vencedores. En sí es patrañosa y desconfiable por lo que inventa, sobrevalora o calla.

Me significó mucho, hace unos años, estando ya harto de libros plagados de interminables listas de nombres y fechas, haber oído en San Carlos una charla conjunta del historiador Beyau y del sociólogo Torcuato di Tella. Ambos comentaron cómo la disciplina de cada uno los había ido acercando. El historiador para entender mejor un acontecimiento, el sociólogo para comprender un hecho. Es decir, el hombre y su circunstancia. Y esa es la visión que encontramos en esta obra de historia local.

“La Fronda” -término mayormente usado en terrenos más propios de la lírica- nos adelanta que la narración tiene un vuelo literario y gran riqueza de aciertos de lenguaje, con naturalidad, como un adorno oportuno y no forzado. Cabe aclarar que el autor es corrector de oficio y que da seguridad y fluidez a lo narrativo. Pero lo que importa lo que es el rector de la obra es el cúmulo de fuentes. Llevó años, que van cuidadosamente anotados: avisos de periódicos, notas, libros y hasta algunos “vivientes” que dieron sus testimonios orales. Un trabajo de hormiga; mejor dicho, de ratón de bibliotecas.

No puede negarse que con afecto, humor y elegancia, el libro pone a hechos y personas en su debido lugar. Es en fin, una obra profunda y extensa. No hay que asustarse por su volumen: el autor sabe entretener y enseñar con humor agradecido.

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