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Por Pablo Mieres

Hay una cosa que es muy clara, no alcanza con que el Frente Amplio muestre notorios y variados síntomas de cansancio, agotamiento y, sobre todo, de exceso de apego al poder por el poder como si fuera un fin en sí mismo. Que el proyecto del Frente Amplio esté agotado y que, además, esté defraudando en su prédica histórica sobre los principios y valores que deben orientar la acción política, no es suficiente para que opere la alternancia.

Es necesario que exista, además, una opción alternativa capaz de generar entusiasmo y propuestas que provoquen confianza y credibilidad en un número suficiente de ciudadanos para producir el cambio político. Faltan tres años, lo que es mucho y poco tiempo a la vez.

El desgaste del Frente Amplio en el gobierno no es sólo una percepción de dirigentes, todas las encuestas coinciden en que, comparado con el respaldo que ese partido obtenía cinco años atrás, ha perdido diez puntos porcentuales y más de quince con respecto a su votación de octubre de 2014.

Si a este panorama se agrega la gran incertidumbre sobre cómo se dilucidará la candidatura presidencial en el partido de gobierno y, además, las notorias y crecientes desavenencias internas existentes, todo indica que la elección de 2019 tendrá un importante componente de incógnita. La idea de que puede haber un final de ciclo se ha instalado en el debate político, tanto entre los que estamos en la cancha como entre los analistas.

Pues bien, sin embargo, no se puede considerar a la oposición política como un fenómeno homogéneo o único, capaz de sumarse como si todos fuéramos la misma cosa. No hay oposición, sino que hay oposiciones; no existe un líder de la oposición, ni tampoco existen líderes de la oposición. Existen múltiples partidos y líderes de diferentes oposiciones.

En efecto, se pueden identificar, al menos, tres espacios opositores.

Está la oposición que representa Unidad Popular, es decir una opción a la izquierda del Frente Amplio, que cuestiona a este partido por abandonar los postulados clásicos de la izquierda más ortodoxa, promoviendo una mayor intervención del Estado y un fuerte cuestionamiento al funcionamiento capitalista, entre otras posturas.

En la otra punta están las alternativas que representan las opciones mayoritarias de los partidos tradicionales, a la que se podría sumar la opción que promueve Novick, que proponen una opción ubicada hacia la derecha del espectro ideológico, con mayor énfasis en el papel del mercado, menor énfasis en las políticas sociales y fuerte acento en una propuesta que cree en la mayor penalización como camino de recuperación de la seguridad.

Finalmente, está la oposición que debe ofrecer a los ciudadanos una alternativa de cambio, con énfasis en la ética de la política, con una fuerte e indiscutida afirmación del Estado de Derecho y el apego a la institucionalidad por encima de amistades o preferencias ideológicas, abierta al mundo, con políticas sociales sólidas y maduras, dejando jugar a los actores empresariales en el mercado con libre competencia, pero con un Estado atento a corregir las inequidades que genera la mera libertad económica.

Lo importante es que este tipo de postura está presente en sectores y dirigentes que hoy están en el partido de gobierno, en nuestro Partido Independiente y en los dos partidos históricos. La construcción de una alternativa socialdemócrata representa la tercera oposición. Como se sabe, en eso estamos nosotros trabajando.

Por todo lo expuesto, no se puede hablar de la oposición, sino de las oposiciones. Le haría mal al país presentar la idea de que las alternativas opositoras son todas lo mismo. No lo somos.

El Uruguay necesita un sinceramiento. Que los que pensamos igual votemos juntos, que existan opciones claras, distintas y coherentes. De eso se trata lo que está en debate en estos años. No la sumatoria de “todos contra el Frente”, no el disimulo de las diferencias entre las opciones alternativas.

Es más, no sería bueno para el país caer en otra conducción heterogénea y contradictoria, como es actualmente el Frente Amplio. Las oposiciones deben ofrecerle a la ciudadanía toda su riqueza y diversidad; eso es parte del proceso de alternancia que nuestro país, más tarde o más temprano, deberá transitar.

Luego, el tiempo y el voto de la ciudadanía dirá qué articulaciones deberán ocurrir para el ejercicio del gobierno. Pero ese es otro tiempo.

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