Florencia-SaderPor Florencia Sáder

Miedo, rabia, frustración son las emociones del cerebro de reptil, la mas atávica versión del ser humano, que empujan el fenómeno Trump en los Estados Unidos. De esto se trató la conferencia del psicólogo y consultor político carolino Daniel Eskibel en la IX Cumbre Mundial de Comunicación Política que se está llevando a cabo los días 8, 9 y 10 de junio en la ciudad de Buenos Aires. Doscientos expositores, dos mil quinientas personas de toda América Latina se dieron cita en Puerto Madero en la Universidad Católica de Buenos Aires, para escuchar los secretos detrás de una de las profesiones en boga en estos momentos: la del consultor político. En un mundo en el cual es cada vez mas difícil atraer y sostener el interés de las personas, la figura del analista y estratega que acompaña al político en su aventura electoral se va consolidando como una voz especializada, imparcial, capaz de traer la dosis necesaria de objetividad en un mundo inflado de egos y subjetividades.

“El problema más grande que tengo en las campañas es la soberbia, la soberbia del candidato” decía la veterana consultora mexicana Gisela Rubach. “Hay muchas voces que susurran en el oído del candidato” decía también Gisela, y mientras lo decía, me imaginaba esas voces, adulonas algunas, interesadas otras. Es humano, todos queremos escuchar lo que nos place, nadie quiere escuchar que no estamos haciendo las cosas bien. Cuesta creer que Donald Trump, esté haciendo las cosas bien para alguien, ya que evidentemente su discurso está llegando a un segmento de la población que lo sigue acompañando, cuando ya dejó de ser gracioso. Según la charla de Daniel Eskibel, los votantes de Trump son hombres blancos de mediana edad, con una educación por debajo del promedio que se sienten fuera del sistema, o sienten que su posición en la competitiva sociedad norteamericana se ve amenazada. Tienen en alta estima valores como la autoridad, ven en un hombre como Trump una versión mejorada de sí mismos con quien les gusta asociarse para sentirse un poco más seguros. La culpa de que se hayan quedado afuera del sueño americano, o perciban que éste está seriamente amenazado es de los otros, los diferentes, y Trump no tiene pelos en la lengua cuando llega el momento de hablar de los diferentes, los supuestos culpables de algunos de los males endémicos que aquejan a una sociedad infectada por una “corrección política” que ya raya en lo ridículo. En este escenario, el mediático empresario del peluquín surge como una figura nueva, fresca y conocida a la vez, ya que su cara y su insolencia casi juvenil hace rato que es conocida por los norteamericanos. Desde nuestro rincón del mundo nos cuesta entender un fenómeno como el de Trump. Nosotros tenemos el propio, el del Pepe Mujica que que logró niveles de popularidad sin precedentes para un presidente de un pequeño país como el nuestro. Las conferencias y, más que las conferencias, la realidad nos sirve para entender qué poco hay de racional cuando llega el momento en que el votante se enfrenta a una urna. Emociones, miedos, frustraciones, identificación, transferencia, están presentes en ese acto solitario en el cual tenemos por un breve momento la ilusión de que estamos eligiendo al que para nosotros es el mejor, o el menos malo. Lo racional queda empequeñecido frente a la andanada de emociones que vinimos acumulando durante y antes de la campaña que tienen su culminación, su liberación en el voto. Solo así se puede entender a Trump y otros fenómenos.

 

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