murga

Por el Prof. Ricardo Pickenhayn Mazzoni

 

Hace ya muchos años, comenté la emoción que experimentamos cuando la gran mayoría de los músicos y cantantes de la ciudad de San Carlos se congregaron para conformar un apoteósico homenaje a Los Beatles. Un espectáculo magnífico que aún recordamos.

El entonces descuidado Teatro Unión floreció, tempranamente, para avizorar un futuro mejor: el renacimiento del arte y la cultura que esta ciudad tanto se merece.

San Carlos tiene un potencial único que, paradójicamente, la mayoría suele ignorar.

Desde el legendario sueño arquitecto del modesto Padre Amenedo y su imponente catedral, se sucedieron verdaderos prodigios en representación de todas las musas inspiradoras.

Así, de la misma forma que el incomprendido Cayetano Silva nos regaló la Marcha de San Lorenzo, Carlos Reyles nos llenó de gloria desde la calidad de sus letras. Peralta y Lacy pintaron su mundo entre óleos y tapices. Los viejos estetas de la historia, como Seijo y Ubici, o aquellos grandes letristas como el olvidado Alberto Mastra (que escribió para Gardel), fueron la antesala de grandes directores de coro como lo serían, después, Kidie D’Elía y Paulo Sponton. De esas nobles semillas vinieron los artistas de hoy, mismos que deben de prepararse para dejar huella postrera en este -aún- alicaído siglo XXl.

La cultura no nace de un repollo. Es una sensible estructura que hunde sus raíces en el pasado. Sin esa base nunca habrá futuro cierto por crear.

Esta introducción viene al caso para hablar de una feliz “fatalidad” reciente.

Por cierto, este término “fatal” que generalmente asociamos a algo negativo, tiene sus orígenes en la palabra “fátum” que antiguamente derivaba de “aquel destino que dicta un Dios”. En este caso, el Dios Momo es quien, por voluntad propia, quiso que un grupo de jóvenes, comandados por un genio aventurero, se reúnan para conformar un conjunto revolucionario.

Adelantándose al tiempo que la propia murga expone (y utiliza en su metáfora) “Martes Trece” debutó un lunes y dicen, tras bambalinas, que de tanto entusiasmo se pasó 13 segundos de lo estipulado por el jurado.

Como San Carlos es tan carnavalera, cada quien tiene, en esta fiesta, algún pariente o amigo involucrado. Nuestro caso no es la excepción, pero el motivo de esta reseña no pasa por ese personal orgullo, sino por exaltar la sorpresa de encontrarme con un espectáculo inusual digno de comentar.

Reconozco que no tengo tradición murguera pero sí sensibilidad musical. Mis tíos abuelos Mazzoni tuvieron un curioso enclave lírico (en Maldonado) que se manifestó (por décadas) en el Museo Mazzoni y al que honoríficamente llamaban: “el Sodre”.

Por otro lado mi padre (carolino residente) fue músico, compositor, cantante de cámara y director del Departamento Artístico del Teatro Colón de Buenos Aires. Desde niño participé de toda esa magia y pude conocer personalidades increíbles.

Por ello me atrevo, sin tener experiencia particular en este género, a recalcar algunos aspectos de esta nueva murga que salen de lo común. Es notable cómo su director: Pedro Gonzalez, ha logrado crear un clima metafórico que alude, en este caso, a la fluidez del tiempo. Por cierto, Einstein decía que el pasado y el futuro son como dos orificios extremos en la página del universo. Nuestro presente se encontraría en el medio y por ello, todo nos parece tan distante. Pero si doblamos la hoja en forma de “S”, tomamos una aguja (quizás la de la vida) y atravesamos estos puntos como en el signo de “$”, veremos que pasado, presente y futuro están indisolublemente unidos.

Toda cosa es según el cristal con que se la mira. Cambia; todo cambia  y lo “anormal” , por momentos, pasa a ser “normal”.

Los relojes de “Martes 13” navegan, a contramano, entre lo “cotidiano y tangible” hacia un superrealismo que, por momentos, nos parece recrear la grandeza del género operístico de las primeras vanguardias.

Una sutil escenografía que recorta sucintas imágenes blancas en la oscuridad, sirve de telón para destacar el vivo croma de los coreutas. La crítica social (imprescindible en una murga) está repartida entre las distintas opiniones posibles. Pero lo más importante del mensaje de Pedro González es su síntesis de la memoria universal. La alucinante propuesta de Martes 13 nos transporta hacia la esperanza de soñar con un mundo mejor. Conduciéndonos a través de la “espiral” de los recuerdos, propone que afrontemos la posibilidad de un futuro revolucionario.

Todo arte merece una evolución. Por más que permanezcan los principios elementales del carnaval, la murga; como género especialísimo, debe de proyectarse hacia algo renovador.

La ventaja del alcance de estas manifestaciones populares es, precisamente, que son una poderosa herramienta para invitar a la gente hacia horizontes más introspectivos.

La infraestructura del Carnaval ha mejorado con la tecnología (la actual iluminación y el sonido de este concurso, son impresionantes) pero nunca debe de perder la magia artesanal que la hizo posible desde tiempos pretéritos.

Martes Trece nos recuerda que la esencia de la murga debe -siempre- ser el arte. No caigamos en hacer de ella un gastado “modelo para armar” (tomando fragmentos cautivadores y demagogos para rearmarlos convenientemente):

“Agarras un montón de palabras carnavaleras las mezclas y obtendrás una inmensa cantidad de opciones sin quemarte la cabeza” (afirma -irónicamente- una voz acusadora en la letra de la “13”).

A pesar de su intangibilidad, las palabras perduran, con su simbólica abstracción, en el tiempo. “La camiseta se destiñe, la bandera se aja, el trofeo se herrumbra, el coro se calla las luces se apagan, la noche se aclara, el telón se desarma y la gente se marcha” (sentencia la respuesta en la “contra-cara” de los murguistas).

 

San Carlos comienza a despertar de un largo sueño de Bella Durmiente. Debe de volver a aquella esencia de “punta de lanza cultural” que la caracterizó en el pasado. El Teatro Unión y el Teatro de Verano, tendrían que ser sus buques insignia para proyectar las artes escénicas. Talentos jóvenes (y nuestros) como Pedro González, Federico Rodríguez los hermanos Agriel o el Tato Suárez son firmes exponentes de lo que vendrá. Esperamos mucho más de ellos.

Dejo para el final, estas estrofas emblemáticas de “Martes 13”:

 

 

En cada leve movimiento del reloj

se marchita una flor en el tiempo.

Que volverá a la vida si logra renacer

En el jardín de los recuerdos

Los hombres pasan, la vida pasa;

hasta la muerte, a veces, pasa

Y solo su recuerdo quedará.

 

Contenido publicitario