“Mujica y la 45 “, por Gustavo Toledo

Ya nadie debería tener dudas acerca de que el pasaje de José Mujica por la función pública nos deja como legado no sólo un Estado fundido, la sombra de haber sido cómplices de la dictadura venezolana y la devaluación de la investidura presidencial, sino también -¡y sobre todo!- una cultura popular preñada de ordinariez, frivolidad y relativismo moral. “Como te digo una cosa, te digo la otra”, ¿ta?
Como buen “tupa”, de esos que prefirieren tergiversar la historia antes que asumir su cuota parte de responsabilidad en la destrucción de nuestra democracia y pedirnos perdón por los doce años de oscuridad a los que su mesianismo (y el de los otros) nos condenaron, no sólo no abjura de ese pasado, sino que lo reivindica cada vez que puede. Y en vez de despreciar el uso de los fierros, se ufana de ellos. Como lo hizo en un documental próximo a estrenarse, en el que manifiesta que “es la cosa más linda entrar a un banco con una 45, así… todo el mundo te respeta”.
Si bien nos tiene acostumbrados a este tipo de declaraciones altisonantes, a mitad de camino entre la temeridad y la inconsciencia, no deja de sorprendernos la pulsión destructiva que las anima.
Pensemos que se trata de la misma persona que dijo en su asunción como presidente de la República que los gobernantes deberían ser obligados a escribir planas enteras diciendo “debo atender la educación” y se llena la boca con que hay que atender a los “gurises”, metiéndoles conocimiento en el balero para afrontar el mundo que viene, y al mismo tiempo insiste en decirles a esos mismos gurises que un chumbo es el camino para conquistar respeto.
No faltará quien diga en su auxilio que se trata de una broma, de una exageración o de un exabrupto, aunque los hechos indiquen lo contrario. No se trata de un desliz ocasional sino de un modo de pensar y abordar la realidad por demás tóxico, que no todos advierten cuán extendido está, y que no cesa en su empeño de exportar al resto del mundo.
Ahora bien, lo peor de todo es que de la mano de este señor y sus compañeros de ruta se construyó un relato que hace pie en las seis balas en su cuerpo, los años de Cana, el lenguaje tumbero y esa lógica primitiva y retorcida que reverencia al que tiene la pistola más grande. Si eso lo convierte en carne de diván (o no), como algunos sugieren apelando al viejo Freud, es harina de otro costal. Lo que importa aquí, insisto, es la potencia destructiva que este tipo de declaraciones tiene en una sociedad ávida de respuestas fáciles y mano dura. Esto es, el daño que le inflige a nuestra cultura, corriendo el eje moral del “no robarás” y el “no matarás” al “hacete respetar” como puedas y si es con un chumbo, dale para adelante, que está bárbaro. En una de esas, con un poco de suerte, llegás a presidente, afuera te toman como ejemplo y hasta Netflix te dedica un documental.
Pero no, por más que se insista en lo contrario, una 45 no da respeto sino miedo. Una 45 en la mano, para robar un banco, para atentar contra las instituciones y quitarle la vida a un compatriota, es una afrenta a la convivencia civilizada y la democracia.
Y eso, quien fue elegido diputado, senador y presidente de la República por medio del voto popular y no de los fierros, ya debería haberlo aprendido.