Ignoro cuánto tardará la mayor parte de la población del planeta en asumirlo, pero a estas alturas ya es posible pasar raya y sacar algunas conclusiones sobre el más insólito fenómeno de este siglo: la declarada pandemia de coronavirus y a sus extrañas circunstancias y consecuencias. Voy a hablar de hechos, no de suposiciones.
Prácticamente toda la información internacional sobre el tema es poco confiable. La existencia y origen del virus son nebulosos, al punto que no se sabe a ciencia cierta si es un fenómeno natural o fue manipulado.
Los datos mundiales sobre contagio y muertes tampoco son confiables, puesto que los test que se usan son inespecíficos, por ende poco certeros, de modo que es inexacto decir que un caso de positivo al test equivale a un contagio de coronavirus. Por eso hay tan alto porcentaje de positivos asintomáticos. Sin embargo, la OMS recomendó –y muchos sistemas de salud aceptaron- catalogar como casos de coronavirus a todos los que dieran positivo al test, y considerar muerte por coronavirus a la de pacientes que presentaran síntomas similares a los atribuidos al coronavirus.
Las cifras internacionales con que nos abruman los medios de comunicación no tienen sustento real. Son, más bien, resultado de pronósticos irresponsables sobre propagación y mortalidad de la enfermedad y de políticas tendenciosas de diagnóstico y de conteo, reforzados por una cobertura mediática más sensacionalista que informativa. A las pruebas me remito: en Uruguay, donde no se aplicaron medidas especialmente estrictas, los contagios y las muertes fueron mínimos. Somos un país chico, en el que todos nos conocemos, y es muy difícil mentir aquí sobre las circunstancias de una muerte. Probablemente por eso nuestras cifras son tan bajas.
Lo que digo resultará chocante para muchos lectores. No importa. Tiempo al tiempo. No estoy escribiendo para el ahora, ni para ese falso “sentido común” construido con estadísticas amañadas, prensa obediente y miedo. La verdad tiende siempre a salir a la luz.
El tratamiento del virus según la OMS: ¿recuerdan cuando el drama era la falta de respiradores? Bueno, médicos italianos, contrariando a la OMS, hicieron autopsias a fallecidos por coronavirus. Así se supo que la enfermedad causaba trombosis y no neumonía. O sea que la medicación y los tratamientos invasivos que se aplicaban eran ineficaces para la enfermedad y muy agresivos para los pacientes. En Italia y en España se internaba y aislaba compulsivamente a los pacientes para someterlos a tratamientos drásticos lejos de sus familiares. ¿Alguien responderá por las muertes de esos ancianos, afectados por otras enfermedades, que fueron aislados y sometidos hasta su muerte a tratamientos durísimos e inadecuados? Porque lo grave no es el error técnico, sino el autoritarismo soberbio con que se impuso lo erróneo.
Sobre esas bases absolutamente inciertas o falsas se vienen remodelando el mundo y nuestras vidas desde hace seis meses para imponer la “nueva normalidad”. No sé cuál es su finalidad última, pero sí son visibles algunos de sus rasgos y efectos más inquietantes.
La “nueva normalidad” ha sido un “tsunami” en nuestras vidas. La distancia física, el encierro, la reducción de encuentros personales, los efectos de esas cosas en la salud física y psíquica, la anormal asistencia a clase de los niños, el uso de tapabocas en toda instancia pública, tienen un común denominador: el miedo. Nacen del miedo y engendran más miedo, en un círculo vicioso insaciable. Por otra parte, guardan muy poca relación con la experiencia concreta de los uruguayos con la enfermedad. En seis meses han muerto menos de cincuenta personas por Covid19. Entonces, la alerta responde a miedo mediáticamente inducido y a protocolos de nula constitucionalidad y dudosa racionalidad (¿por qué es necesaria distancia en el teatro y no en el ómnibus, o el tapabocas en las oficinas y no en los restaurantes?). Hay algo que los psicólogos podrán explicar mejor que yo. ¿Qué efectos tienen el estrés y estado de alerta constantes ante un peligro que no se concreta? En lo visible, redunda en más miedo, distancia social, desconfianza hacia las personas y tendencia a someterse irracionalmente a mandatos impersonales que se relacionen con la seguridad.
En lo económico, los efectos están a la vista en todo el mundo: desocupación, reducción de los ingresos, cierre de empresas y restricción de servicios. Pero no todos los intereses económicos son afectados. Algunos están logrando ganancias nunca vistas. El sistema financiero, en un mundo obligado a endeudarse, la industria farmacéutica, que está recibiendo sumas ingentes para descubrir la vacuna y ganará más cuando la venda, y las empresas de telecomunicaciones, de las que Estados y personas nos hemos vuelto dependientes, son los grandes beneficiarios de la “nueva normalidad” en materia de concentración de riqueza.
Otro aspecto esencial de la “nueva normalidad” es el recorte de las libertades individuales y el mayor control social. Las políticas pandémicas se impusieron en el mundo al margen de los procedimientos constitucionales y legales. Dado el miedo creado por los pronósticos y los datos de la OMS, difundidos por los medios de comunicación, los gobiernos se vieron obligados a imponer las restricciones recomendadas por la OMS. El encierro obligatorio, la limitación del derecho de reunión, la imposición del tapabocas, la penalización de la infracción a medidas sanitarias, se complementan ahora con el control y la censura que ejercen las redes sociales y dispositivos virtuales, que eliminan artículos y videos, sancionan a usuarios, y capitalizan, en pos de más dinero y más control, la marea de información personal que circula por vía virtual. Todos lo estamos viviendo. Cuanto más dependemos de los medios virtuales para comunicarnos, trabajar, informarnos o divertirnos, más saben sus administradores sobre nuestros intereses, actos, contactos, gustos, ideas y creencias, y más posibilidades tienen de moldear mediante algoritmos la información que recibimos, para orientar no sólo nuestras futuras decisiones económicas sino también nuestros sistemas de ideas y creencias.
La pandemia aceleró procesos que ya venían dándose (el poder global del sistema financiero, el peso de la industria farmacéutica sobre la OMS y sobre las políticas mundiales de salud, el vaciamiento de los sistemas democráticos, el recorte de libertades, el teletrabajo, la telecomunicación, la dependencia de los medios virtuales y el control a través de ellos). Esos procesos, en condiciones normales, habrían llevado décadas. Pero se están cumpliendo en meses, gracias al miedo y al autoritarismo sanitario. En buena medida, la “nueva normalidad” es eso: la aceleración global de procesos económicos, tecnológicos y políticos que, en condiciones normales, habrían generado resistencia e insumido mucho tiempo. Ese tiempo y esa resistencia habrían permitido evitar o negociar los aspectos más inhumanos del asunto, cosa que no ha sido posible en las actuales condiciones de miedo, aislamiento y sumisión.
Es claro quiénes impulsan y se benefician de las políticas pandémicas y de la “nueva normalidad”. El sistema financiero, la industria farmacéutica y los gigantes de las telecomunicaciones están acumulando cantidades ingentes de poder y de dinero, al tiempo que se permiten acogotar económica, política y mediáticamente a los gobiernos que se les resistan. Entre los Estados, hay uno que notoriamente se beneficia: China. Con carácterísticas propias en materia de control tecnológico y de libertades individuales, y ahora muy asociado a la industria farmacéutica occidental, es muy probable que la crisis económica y política generalizada en el mundo occidental termine por consolidadar el liderazgo global de China.
Quienes diseñaron e impulsan la “nueva normalidad” no la conciben como una etapa transitoria. Como su nombre lo indica, la idea es normalizar nuevas estructuras de poder y nuevas pautas universales de convivencia.
Es un signo de los tiempos que nuestro sistema político prescinda de ese hecho -salvo para considerar un lamentable proyecto de ley que se propone castigar con cárcel la infraccion de normas sanitarias- y siga enfrascado en disputas domésticas, por desafueros, leyes de urgencia y candidaturas municipales, mientras que desde afuera se decide cómo debemos vivir, respirar (literalmente), trabajar, endeudarnos, tratar a nuestros enfermos, educar a nuestros niños, informarnos, comunicarnos y hasta divertirnos.
En el mundo (Alemania, Inglaterra, Argentina, España, etc.) surgen cada vez más voces y más movimientos públicos de rechazo a la nueva normalidad. En Uruguay, pueden entrar al grupo público de Facebook “No a la nueva normalidad”. Cabe preguntarse si los impulsores del engendro no intentaron morder un bocado demasiado grande. Es pronto todavía para decirlo.
Cierro con un comentario personal: hay una medida de resistencia al alcance de todos. El tapabocas es el símbolo de la “nueva normalidad” (su valor simbólico es inconmensurable), por lo tanto, no usarlo, siempre que se pueda, es un símbolo de igual fuerza y de sentido opuesto. Vengo haciéndolo desde hace meses y lo recomiendo. No sólo por el aire puro.

Esta columna fue publicada originalmente en el Semanario Voces

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