mieresPablo Mieres

Nosotros hemos señalado que el crecimiento económico no es desarrollo humano. Hemos dicho que durante esta década excepcional se ha dado un robusto crecimiento, pero que este crecimiento no se ha transformado en desarrollo humano. La prueba rotunda de esta verdad es el estado catastrófico en que se encuentra la educación de este país, así como la crisis de la seguridad pública y el retroceso en la atención de la salud.

El gobierno saliente le pidió a la gente el voto para construir “un país de primera”; del “gobierno honrado” más vale no hablar en estos momentos. Sin embargo, transcurrido el período de gobierno resulta evidente que el desarrollo humano está pendiente. Vayan al respecto dos testimonios directos desde el interior del país.

Hace ya dos o tres semanas, en nuestra gira de campaña, recorrimos algunas localidades del Departamento de Durazno. Ya en la salida debemos consignar que tuvimos la suerte de que no lloviera porque los caminos y rutas internas del Departamento de Durazno están en estado calamitoso, igual que hace diez años. Primera señal contraria a la de un país desarrollado.

La infraestructura, la base física del crecimiento tiene un atraso pasmoso que no es congruente con el impresionante crecimiento del tránsito de camiones y vehículos en general que son el reflejo directo de nuestro crecimiento económico.

Pues bien, cuando finalmente llegamos a Blanquillo nos encontramos con que en esa localidad, los ciudadanos “pagan para pagar”. En efecto, no tienen un solo lugar donde hacer efectivo el pago de la cuenta de luz, teléfono, agua o cualquier otra cosa. No hay una sola oficina que se encargue de cobrar las cuentas de estos ciudadanos (avísenle a los “cerebros” que impulsaron desde sus escritorios del centro de Montevideo la ley de inclusión financiera, capaz que salen a conocer lo que pasa efectivamente en el país real).

El lugar más cercano en donde existe alguna oficina para cobrar las cuentas de la gente está en La Paloma (30 kilómetros) o Sarandí del Yi (alrededor de 65 kilómetros). Entonces, cuando los vecinos tienen que pagar una cuenta, además le tienen que pagar unos pesos extra a alguien de la zona para que lleve los recibos y pague por ellos. De ripley, ¿no?

Pues así es la realidad actual en esa localidad.

Pero esto no es nada. Visitando las localidades del Departamento de Lavalleja nos enteramos que en Pirarajá, localidad situada en el eje de la Ruta 8 rumbo a Varela y Treinta y Tres, los ciudadanos no pueden tener una situación de emergencia sanitaria fuera del horario de oficina porque la ambulancia solo la maneja un chofer que hace un estricto horario de ocho horas en días hábiles.

Si a algún ciudadano de Pirarajá se le ocurre tener una emergencia de salud fuera de ese horario y tiene que trasladarse al Hospital de Minas, deberá contar con algún vecino con vehículo que esté dispuesto a trasladarlo los aproximadamente cien kilómetros de distancia que separan a Pirarajá de Minas.

Pero allí no queda la cosa. ASSE tiene asignado un médico a Pirarajá, pero hasta ahora nadie ha logrado que el médico atienda en esa localidad. El médico vive en Mariscala (treinta y cinco kilómetros de Pirarajá) y atiende por teléfono las consultas médicas.

Completito el panorama, ¿no?

Seguramente, las autoridades que lean esta crónica saldrán apresuradamente a resolver estos insólitos problemas. Pero el problema es cuántos casos como los de Blanquillo y Pirarajá existen en el país. El otro día después de contar estos hechos se me aproximó una compañera de Piedras Coloradas del Departamento de Paysandú y me señaló que a ellos les pasa lo mismo.

¿País de primera? Estas son algunas de las cosas que hay que resolver para hablar de desarrollo humano.

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