“Pandemia política”, por Ricardo Garzón

Somos ciudadanos de un país cuyos impuestos se pagan a punta de pistola, con un millón de ciudadanos que malviven por debajo de la línea de pobreza, y otros dos que tienen dificultades para satisfacer sus necesidades básicas más apremiantes, entre ellas la comida y la vivienda.
Somos ciudadanos de un país cuyos servicios públicos roban sin contemplaciones, y que se han transformado en caja desvergonzada de recaudación de la conducción económica, con resultado final que obliga al consumidor a pagar las naftas más caras de la región y del mundo, al igual que las facturas leoninas de la electricidad, gas y teléfonos.
Somos ciudadanos de un país en el cual las entidades financieras de crédito se han multiplicado a gusto y paladar, entreveradas en competir con tarifas de usura aprovechando las necesidades apremiantes, crecientes y básicas de la población.
Somos ciudadanos de un país que nos atiborró de cámaras de vigilancia ciudadana, so pretexto de garantizar una seguridad individual y colectiva que no es tal, al punto que la delincuencia y narcotráfico campean a sus anchas en los 187 mil quilómetros cuadrados de superficie territorial.
Somos ciudadanos de un país que exhibe una estructura docente absolutamente perimida, con deserción estudiantil masiva a partir del tercer año escolar.
Somos ciudadanos de un país cuya corporación política no está dispuesta a resignar sus privilegios, y que ha eludido responsabilidades cuando se ha puesto en tela de juicio el cobro inaceptable de sueldazos y partidas que a lo largo de la historia han transmutado en estipendios descomunales encubiertos.
Somos ciudadanos de un país con epidemia de concordatos, despidos, seguros de paro y desocupación en expansión geométrica.
Somos ciudadanos de un país imposibilitado de pagar su creciente deuda externa superior a 60 mil millones de dólares, y que ve incrementado día a día el déficit fiscal como consecuencia directa de la hartamente denunciada dilapidación de los dineros públicos desde tiempos lejanos, con el agravante de ser azotado hoy por la pandemia universal de un virus.
Somos ciudadanos de un país en el que los sindicatos docentes rechazan el Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos de la OCDE (PISA por sus siglas en inglés), prueba que pone de relieve y desnuda las carencias educativas de los alumnos de 15 años que están a punto de culminar su ciclo secundario.
Somos ciudadanos de un país en el cual se inventan derechos para las minorías, con indemnizaciones que recargan las obligaciones de pago del comprometidísimo Banco de Previsión Social, y en el cual funcionarios designados para ocupar cargos de dirección departamental en el área de la Educación y la Cultura desconocen las fechas que conmemoran la Declaratoria de la Independencia Nacional y la Jura de la Constitución.
En definitiva, somos ciudadanos de un país condenado al sufrimiento por la administración fraudulenta que ha practicado el poder político; por la corrupción generalizada que se advierte en los organismos gubernamentales en cuanto al manejo de los dineros públicos, y por la acción incontenible de los forajidos que se adueñaron de la seguridad ciudadana.

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