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Por Pablo Mieres (*)

 

El episodio de la presentación de los resultados de las Pruebas PISA en Uruguay fue bochornoso. Pero el bochorno no se debió al problema de no haber considerado el cambio metodológico ocurrido que hacía desaparecer la supuesta mejora en los puntajes.

El bochorno fue el triunfalismo absurdo del discurso de las autoridades del CODICEN y de un montón de dirigentes del Frente Amplio que salieron presurosos a amplificar el supuesto logro, convirtiéndolo en una especie de demostración definitiva del “éxito” de la política educativa de este gobierno.

El aire de suficiencia y el absurdo sobredimensionamiento de un resultado que aparecía como levemente favorable, demostró hasta qué punto las actuales autoridades del sistema educativo no están a la altura de sus responsabilidades.

La situación se agravó hasta el ridículo cuando, además, se comprobó que ni siquiera existía una mejora. Que lo que había ocurrido era resultado de un cambio en la metodología aplicada para ponderar los casos de preguntas no respondidas. En efecto, hasta esta edición los casos de no respuesta se castigaban en los puntajes de manera más negativa que en la edición actual y como en Uruguay el número de preguntas sin contestar era muy elevado, las diferencias en los resultados fueron significativas en las tres dimensiones evaluadas.

Ciertamente la ANEP debió haber tenido en cuenta el cambio metodológico que impedía comparar los resultados 2012 con los resultados 2015 porque había existido un cambio que afectaba, más que a ningún otro país, a Uruguay. Al controlar el cambio metodológico la mejora se evaporó definitivamente.

Estamos igual que antes, Seguimos estancados, es decir que seguimos muy mal. Seguimos en el grupo de los peores. Seguimos con graves problemas de aprendizaje. Esa es la conclusión central que nos trae el resultado de las Pruebas PISA. Lo único que se puede decir en su favor es que, al menos, no volvimos a caer significativamente, el deterioro se detuvo, pero lo hace en un punto muy negativo.

Por otra parte, ¿se podía esperar una mejora de los aprendizajes con respecto a tres años atrás? ¿Qué había cambiado en el sistema educativo para que existieran mejoras relevantes? Absolutamente nada. Creer en que las Pruebas PISA traerían una mejora sustantiva era creer en magia. Y si hay algo que no se resuelve con magia es el aprendizaje de los muchachos.

Si nada se había hecho para transformar la educación, nada debe esperarse sobre eventuales mejoras de aprendizaje.

La ausencia de advertencia sobre el cambio metodológico fue un error evidente, aunque se dice que quienes redactaron el Informe no advirtieron debidamente sobre estos aspectos. Pero ciertamente, el mayor error es “sacar pecho” y tratar de convertir tales resultados en un significativo cambio de tendencia de la educación en nuestro país.

El error convirtió la declaración soberbia en mayor ridículo; pero el mero hecho de salir a “gritar un gol” que, incluso con los datos originales, no ameritaba es lo más grave de todo.

Las autoridades educativas no están impulsando ninguna reforma significativa. Las autoridades educativas ni siquiera han podido cambiar la simple medida de que los docentes elijan sus horas cada dos años en vez de hacerlo todos los años; hasta allí llega su intrascendencia.

Las eventuales propuestas de cambio se dilatan y están acompañadas de eternos procesos burocráticos interminables mientras los niños y adolescentes de este país transitan por el sistema educativo fracasando y frustrándose.

Las autoridades educativas sólo representan inercias cada vez más decadentes. Los que sabían y querían transformar la educación o los echaron, como a Juan Pedro Mir, o se fueron porque constataron que nada podían hacer, como Fernando Filgueira.

Mientras tanto, las autoridades de ANEP seguramente optarán por echar la culpa al equipo técnico por no haberles advertido del cambio metodológico y buscarán salir indemnes, cuando en realidad son los verdaderos responsables del estado actual de la educación y de haber pretendido convertir una levísima mejora (que ni siquiera era tal) en un punto de inflexión de la política educativa.

Vamos a interpelar a las autoridades de la educación, pero no por este episodio sino por su rotunda omisión en su responsabilidad de cambiar la educación de este país.

 

(*) Presidente del Partido Independiente

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