“Se hundió el Tacoma”, por Ricardo Garzón

Las órdenes del Capitán Enrique Olivera Calamet, “El Marqués”, restallaban como latigazos en el puente de mando del “Tacoma”, mientras el viejo barco de carga, secuestrado por el Uruguay a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, enfrentaba a duras penas vientos superiores a los ciento cincuenta quilómetros por hora en el Golfo de Vizcaya.
En Montevideo, en tanto, varias radios capitalinas difundieron la noticia de que el Tacoma se había hundido en Gascuña, vencido por vientos que habían llegado al punto 12, máximo de la escala “Beaufort”.
Al caer la tarde del 4 de marzo de 1968, quien esto escribe se apersonó al Capitán Olivera, vaya hoy a sabarse para qué, quien con cajas destempladas lo envió a su camarote, con la recomendación expresa de que ni se asomara a cubierta.
El violento temporal sacudía como un juguete al viejo barco, auxiliar del Graf Spee, obligándolo a fortísimos cabeceos, mientras el agua, con entrada sobre estribor, barría la cubierta y escotillas, en tanto las olas se estrellaban en las ventanas del puente de mando, la parte más alta del carguero.
La zafadura del ancla de estribor cuando arreciaba el temporal, “soltó” al océano 250 metros de cadena que quedaron colgando con un peso superior a los cuatro mil kilos, mientras una sucesión de cortocircuitos obligó a cortar la electricidad en la cubierta de proa.
Las órdenes del Capitán Olivera Calamet, impartidas en la primera línea de la zona de riesgo, estimulaban a la tripulación en peligro al cumplimiento estricto y a la obediencia ciega de las instrucciones recibidas.
Desde el comedor, y entre las olas que tapaban todo, apenas se divisaba a los marineros que arriesgaban sus vidas, sin vacilar, en penosa y arriesgada travesía a la cubierta de proa, a la luz de un “fósforo” de linternas. En tanto, la cadena del ancla sin control, golpeaba contra la estructura del casco, haciendo temer que de un momento a otro rompiese la hélice o el timón, averías que hubiesen aparejado el hundimiento del barco.
Los registros del puente, en la noche, acusaban los vientos más fuertes, en tanto el capitán disponía reducir la penosa velocidad del buque.
Al entrar la noche, una caída de tensión de la energía paralizó el giro compás con el que se gobierna la nave. Se logra reactivarlo, pero minutos después se estropeó definitivamente, razón por la cual el Tacoma debió utilizar el compás magnético.
Viento y oleaje aumentaban en intensidad, cuando chisporroteos y fogonazos en la cubierta de proa obligaron a la sala de máquinas a cortar el suministro de electricidad. Para colmo de males, se zafaron de la cubierta inmensos bloques de granito que Uruguay enviaba en exportación a Alemania, desastre que aparejó que toneladas de piedras gigantes destruyeran sin pausa todo lo que encontraban a su paso.
Fue necesario reducir a su mínima expresión la velocidad del barco, que cayó sobre babor atravesándose al mar.
A media noche, y luego de probar sin éxito distintas maneras de virar el ancla, el capitán ordenó encender luces de “barco sin gobierno” mientras la cadena seguía golpeando implacable sobre el casco.
La mayoría de los pasajeros, aterrados, rezaban el rosario, en tanto otros prefirieron esperar el desenlace final en sus respectivos camarotes.
Cuando los intrépidos marineros uruguayos lograron llegar a la proa del Tacoma, pasada la medianoche, la orden de Olivera Calamet fue terminante: “corten la cadena de estribor.” Sobre la madrugada, el temible Golfo de Vizcaya se tragó los cuatro mil quilos del ancla y los 250 metros de gruesa cadena.
A duras penas, y ante el asombro de los londinenses que se paraban a orillas del Támesis para verlo pasar, el 8 de marzo, de costado y al paso, como un elegante caballo de circo, el viejo Tacoma, herido de muerte, entró dignamente en Londres.