mieresPor Pablo Mieres

El grito de guerra resonó como cierre del acto que celebraba los 44 años de vida del Frente Amplio. Sin duda, ese es el ánimo y la actitud vital de buena parte de la conducción frenteamplista luego de haber logrado mantener el gobierno con mayoría parlamentaria por tercera vez consecutiva.

La tensión preocupada ante un riesgo importante de perder el gobierno que generó alarma y temor se transformó ahora en euforia, entusiasmo y, sobre todo, en un sentimiento exitista que sorprende.

No hay duda que desde el partido de gobierno se busca maximizar el impacto político del triunfo del 26 de octubre y generar la sensación de omnipotencia perenne, como si ese triunfo garantizara el “siglo frenteamplista”. No es otra cosa la construcción del discurso del presidente electo al señalar, con inteligencia y oportunidad, que así como el batllismo construyó el Uruguay del siglo XX, el Frente Amplio es quien construirá el Uruguay del siglo XXI.

El paralelismo está disponible. Hasta en la imagen de una segunda presidencia de quien formula esta idea. Las fechas son casi idénticas y la sensación de país próspero también ayuda a tejer la comparación.

Un gobierno que arranca con la euforia de un triunfo que resultó ser contundente, pero que pocas horas antes aparecía como muy difícil y esquivo. Un gobierno que aprovecha el impacto simétrico sobre el bloque de blancos y colorados que luego de imaginar un escenario de alta competitividad con posibilidades reales de sustituir al Frente Amplio en el gobierno, sufre el impacto mortal de un resultado electoralmente menor al de cinco años atrás y sin capacidad de disputar ciertamente una segunda vuelta ya decidida desde el mismo día de la primera vuelta. Con el agravante adicional del fuerte deterioro electoral del Partido Colorado que sumó desde entonces a la fecha un episodio de desgaste tras otro, como efecto inevitable del contraste electoral sufrido.

El partido de gobierno no ha perdido el tiempo y ha utilizado todos sus instrumentos para aumentar y agigantar su triunfo, al punto de distorsionar su magnitud real. Si uno se dejara llevar por los discursos parecería que el Frente Amplio en octubre pasado obtuvo un resultado fantástico que, incluso, superó su marca de elecciones anteriores.

Lo cierto es que, sin descanso, ha buscado el desgaste de los partidos que no estamos en el gobierno. Cualquier lectura medianamente inteligente sobre la propuesta de coparticipacíón ofrecida deja una imagen poco favorable sobre los partidos invitados, promoviendo la idea de que “se peleen por el reparto de cargos”, al mejor estilo de la vieja política.

A su vez, la inmediata campaña para las elecciones departamentales muestra al Frente Amplio desplegando al máximo sus posibilidades, dejando de lado con total desparpajo sus viejas reglas de candidaturas únicas, para generar los “rastrillos” electorales más amplios y abarcativos posibles en el afán de ganar todos los gobiernos departamentales que se pueda.

Sabe el Frente Amplio que tiene delante una oportunidad inesperada y quizás única para avanzar en la obtención de un número mayor de gobiernos departamentales.

O sea, “vamos por todo” no es una consigna casual sino que expresa la voluntad de poder del Frente Amplio en esta etapa.

Sin embargo, la cosa no es tan fácil.

En primer lugar, la euforia nace de un equívoco, que seguramente los más lúcidos dirigentes del gobierno ven con claridad aunque no quieran reconocerlo. El equívoco es que el Frente Amplio no creció en las elecciones nacionales recientes, en todo caso obtuvo casi exactamente el mismo respaldo electoral que cinco años atrás.

El equívoco indica además que, desde 2004 no ha logrado obtener el voto de la mayoría de los uruguayos. De hecho, tanto en 2009 como en 2014 lo acompañó el 48% de los uruguayos. El equívoco implica que la mayoría parlamentaria no es resultado matemático del voto de la mayoría de los uruguayos, sino que es producto de la aplicación de un determinado sistema de asignación de bancas que proyecta un plus al partido mayor. La mayoría parlamentaria no es entonces el reflejo directo de una mayoría electoral, aunque esa votación sea ciertamente muy importante.

El equívoco oculta que en realidad, el Frente Amplio perdió representación parlamentaria con respecto a cinco años atrás, en la medida que si bien mantuvo los 50 diputados, perdió un senador, bajando de 17 (a comienzos del período anterior) a 16 en este período que comienza.

Por lo tanto, sería buena cosa que un sentimiento más realista revisara esta tendencia a construir una realidad de “tierra arrasada” y asumiera que un poquito más de la mitad de los uruguayos no votaron al Frente Amplio.

El otro equívoco que en estos tiempos de cambio de mando puede obviarse, es que las diferencias internas dentro del partido de gobierno son muy evidentes y reales porque tienen que ver con diferencias en las formas de ver el país e imaginar su construcción futura. Por eso, tales diferencias permiten augurar un período en el que abundarán las tensiones políticas internas. Basta mirar la distribución interna de la bancada parlamentaria del partido de gobierno para constatar que no será fácil el manejo de estas diferencias políticas e ideológicas.

Pero, más allá de esto, lo más importante es la discusión sobre la construcción de un proyecto de país. El discurso del 5 de febrero puso el énfasis en el autoasignado papel de constructores del Uruguay del siglo XXI y, en tal sentido, también vale tomar como referencia el proceso de nuestro país hace un siglo atrás.

Justamente, el error del paralelismo consiste en la interpretación sobre cómo se construyó el Uruguay del siglo XX, el famoso Uruguay batllista.

Pues bien, a esta altura existe consenso en la historiografía nacional sobre el hecho de que la construcción del modelo batllista no fue resultado ni obra de un solo partido; por el contrario, el éxito del Uruguay de la primera mitad del siglo XX radicó en la participación plural de los partidos de la época.

Es más, la matriz democrática y plural que dio a luz el Uruguay de hace un siglo fue posible por la acción firme y enérgica de una oposición política que marcó límites al poder y exigió que los cambios sociales fueran acompañados de una férrea construcción democrática con apego a las leyes y las reglas de juego.

El Uruguay batllista nació de la tensión entre los dos partidos tradicionales y el Partido Nacional fue decisivo para dotar al modelo societal de una sólida estructura política democrática y pluralista.

Hace un siglo hubo quienes soñaron e intentaron que el modelo en construcción fuera hegemónico y exclusivista desde el punto de vista político, pero se enfrentaron a la resistencia política de quienes exigieron los límites al poder y la construcción de un sistema de normas institucionales que garantizaron la democracia que conocemos.

Ahora parecen resurgir los sueños hegemónicos. La perspectiva de quince años de mayoría absoluta ciertamente es una tentación exclusivista y genera un “mareo de poder” difícil de resistir.

Sin embargo, afirmamos con total convicción que, también estableciendo un paralelismo con el siglo pasado, acá estaremos los que sin dudas y sin pausa, marcaremos los límites al ejercicio del poder y exigiremos la plena vigencia de la institucionalidad.

Estas cosas se traducen en asuntos muy serios y concretos. La defensa a ultranza de la independencia del sistema judicial, incluyendo el Ministerio Público y Fiscal, la defensa de la más amplia libertad de expresión a través de los medios de comunicación y el fortalecimiento de los mecanismos de contralor de la gestión pública para enfrentar cierta omnipotencia de algunos organismos y entes del Estado.

Sería bueno que los que miran al pasado miren bien lo que ocurrió, no sea cosa que en el afán de asegurar el poder, se olviden del carácter irreversiblemente libertario de nuestro pueblo.

Un proyecto de país en el siglo XXI será inevitablemente, como lo manda nuestra historia, un proyecto pluralista y democrático construido entre todos los actores políticos y sociales. A esa tarea dedicaremos toda nuestra energía.

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