“Y todos los que faltan”, por Danilo Arbilla

No se dio ese “día de después” sobre el que tantos analistas, con ese original título, habían avanzado con sus elucubraciones. Parece que son por lo menos cuatro o cinco días, hasta que la Corte termine de contar y proclame a Luis Lacalle Pou como presidente electo de los orientales. No quiero presumir, pero creo que en este pronóstico no le erro.
Lo que debe preocupar a Lacalle no es este día después, sino los 1918 que van de hoy al final de su mandato. Los primeros, según se informa, los dedicará a formar su gabinete. Quizás después entonces, con su gabinete conformado y todos sentados en torno a una misma mesa, que supongo que se dará no obstante las prevenciones de Talvi, comenzará a analizar las cosas por el principio.
Es clave no equivocarse en esta etapa. Lo primero es desentrañar el por qué de ese repunte del FA y esa caída de la coalición multicolor. Y hacerlo sin trampas al solitario y con espíritu autocrítico. Si se va a concluir que se debió a las declaraciones de Manini y a la explotación que de ellas hizo la izquierda con la colaboración de los periodistas de casi todos los medios y algunos miembros multicolores, estamos fritos. Puede servir como excusa de apuro para encuestadores, pero creer que este hombre, con un video que distribuyo el jueves por WA, por más viralización de que se hable y sobre lo que hay mucho de fábula, pudo mover y cambiar el voto de 90 mil o 50 o 10 mil electores, es de locos. Y si no es así, cuidado.
Mira Cristina, que con el mayor nivel de rechazo en las encuestas, puso al nuevo presidente argentino. Lo que hay que analizar es aquello de que “el FA es capaz de ganar con una heladera como candidato”. Si esa es la explicación del fenómeno, habrá que pensar que lo que pasó fue que muchos en octubre votaron con la intención de darle un tirón de orejas y una advertencia al FA, pero sin ser partidarios del cambio, lo que concretaron con su voto en noviembre. A ellos se le sumaron algunos desertores, sobre los que no hace falta rebuscar mucho. El dato agregado es que el FA, además de ser la minoría mayor en el parlamento, de manejar los sindicatos, de tener colocadas unas varias decenas de miles de gentes en el sector público que son frentistas antes que funcionarios del Estado, mantiene un inexplicable fervor ganador en la calle.
En cuanto a la “caída” vale recordar aquello otro de que “el FA está para perder (ya en el 2009, y en el 2014) pero lo que ocurre es que no hay nadie enfrente que le pueda ganar”. Habría que considerarlo seriamente. Esa vez si perdió, pero por muy poquito. La tarea es investigar y medir sin autoengañarse el grado de liderazgo y poder de convocatoria personal por un lado y la solidez de la coalición como tal por el otro. Se auscultan muchos ruidos cada tanto todavía. Pueden ser interferencias de afuera o de quinta columnas. Es una oportunidad, parecería, de fortalecer el liderazgo, de decir vamos con esto y al que no le guste que no se siente a la mesa.
El presidente electo tiene que afirmar al máximo su respaldo, para dar el siguiente paso de los días de después (que serán 30, 90 o 120) que es conversar con el FA. Y no son pasos fáciles. Un primer escollo: también el FA tiene una interna complicada que no se borra con los vivas ni los saltos del domingo. ¿Con quién va a hablar Lacalle? ¿Con Mujica? Y éste, a quien le pide que lo acompañe: ¿a Orsi, a Topolanski o al Pacha Sánchez? ¿Habla con Andrade? Y ¿Andrade está autorizado a hablar en nombre del Partido? ¿Habla con Astori, con uno por uno? Ahí está un primer problema. En fin, no son fáciles los días que vienen; incluso tienen que ir pasando para obtener respuestas a tantas de las interrogantes que están planteadas en este “antes de”.

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