Alejandra González Soca: “una obra es un diálogo no sólo conmigo misma, sino con la mirada de otros y otras”

“Me interesa proponer, comunicar, generar y generarme preguntas, buscar, explorar dentro y fuera”; compartimos una interesantísima charla con la artista visual, psicóloga y docente, nacida en Maldonado

Plan Ceibal. Alejandra González Soca en Montevideo, Uruguay, Foto de Matilde Campodonico

Un vestido de novia del que brotan infinitas semillas, caras de tierra que van mutando su forma a la vera del río, cuerpos de lana inspirados en poemas de Delmira Agustini. Estas son algunas de las interesantísimas instalaciones de Alejandra González Soca. Piezas vivas, germinadas, hechas en diálogo con otros/as y con la naturaleza. “Ser artista significa ser una especie de articuladora entre el mundo interno con sus procesos, ya sean conceptuales, afectivos, corporales y un hacer en y con el mundo.”, dice la artista visual, psicóloga y docente, nacida en Maldonado. Y afirma: “me he dado cuenta con el tiempo que la conexión con los otros y con el espacio hacen a la construcción de mis obras”. Compartimos una interesantísima charla con ella, donde profundizamos en su proceso creativo, el lugar de la mujer en su obra y cómo ve el arte en Maldonado, entre otros temas.

-¿Qué significa para vos ser artista en pocas palabras?
-Es complejo sintetizarlo, pero ahí va: ser artista es una forma peculiar de concebir el mundo y de actuar en él, de tener la oportunidad de generar sentido, sin una utilidad productiva evidente, de generar conocimiento desde otras áreas del saber. Para mí, ser artista significa ser una especie de articuladora entre el mundo interno con sus procesos, ya sean conceptuales, afectivos, corporales y un hacer en y con el mundo. Me interesa proponer, comunicar, generar y generarme preguntas, buscar, explorar dentro y fuera. Desde donde lo vivo, ser artista consiste en generar un tejido con todo esto e ir conectándolo por tramos al mundo material desde una intención que, en mi caso, vincula aspectos como el espacio, los vínculos con otros humanos y no humanos y la participación.

-¿Recordás la escena de Alejandra de chica conectando con el arte por primera vez?
-Recuerdo escenas de Alejandra Niña conectando no sé si con el arte, sino con la exploración y la experimentación. Me encantaba generar en esos experimentos materialidades diferentes. Mezclar la tierra con frutas y flores, y armar una especie de pasta que después inclusive me la comía (se ríe). Me gustaba contar historias a mis amigas y amigos, y ficcionalizar un poco parte de lo que contaba para generar otras situaciones. Me recuerdo más de adolescente, la sensación de trabajar en la calle, en una pintada. Recolectar todo tipo de pinturas y materiales para poder ir y estar horas y horas trabajando y conectando con una imagen de Picasso que me había encantado: El Arlequín Pensativo. Tratando de ver qué pasaba con ese arlequín y qué pasaba conmigo y hacer mi propio ser pensativo ahí. Junto con otras expresiones de compañeros que si las recuerdo eran como más medio grafiteras, medio palabras, pero todo convivía en el disfrute.

-¿Naciste en Maldonado, ¿tenés alguna imagen del Maldonado de tu infancia —algún paisaje, lugar, aroma o sabor — que sientas que resuena en tu búsqueda artística o tus obras… o te dejó algún tipo de influencia?
-El mar, el agua, los bosques. Juntar Marcela cerca del agua, de la playa, en Semana Santa, un viernes…Tengo como esa necesidad de ese horizonte tan amplio e interminable; de tener el agua cerca. Ese espacio entre el bosque y el mar es algo que resuena mucho y que tiene que ver con un arraigo, que luego de vivir muchos años en Montevideo y de haber estado en otros lugares, es como que se volvió de nuevo una necesidad. Me doy cuenta que necesito aterrizar y reconectar con este territorio ya no solo metafóricamente, simbólicamente o a través de la obra, sino vitalmente.

-¿Cómo te llega la idea de una obra?
-Hay muchas formas en que una pieza va apareciendo, se va develando. En general, va dando como vueltas, va circulando, a veces es como una intuición que se vuelve prueba, y en la prueba muchas veces me pasa que como tengo un taller y tengo mucho intercambio con otras personas, con otras miradas, doy clases, entonces escucho. Escucho qué pasa con esas materialidades, con esas primeras cosas que van apareciendo. Y muchas veces ahí empiezo hacer pruebas y reformulo. Porque me parece que es un vaivén, es un diálogo que no es solo conmigo misma. No es un diálogo entre una idea y una construcción o una elaboración. Es un diálogo que me interesa que integre la mirada de otros y de otras, desde un lugar constructivo, aunque la pieza pueda parecer no participativa en su estado final. Me he dado cuenta con el tiempo que la conexión con los otros y con el espacio hace a esa construcción.

-Pareciera como que algo va germinando dentro tuyo…
-Antes de trabajar con una pieza que como una planta vive, se desarrolla y muere, seguramente conviví con sus semillas que vinieron de distintos lugares. Pueden ser parte de mi alimento, pueden pertenecer a otra planta a la que le seguí la historia… Llevo un tiempo esas semillas hasta el momento que les pido permiso y se integran a un armario, a un grabado, a una nueva forma.

-¿Cómo llegás a los temas con los que trabajás?
-Mis trabajos tienen algo de esos juegos de cajas chinas o de mamushkas, esas piezas que se van abriendo una dentro de otra. En general, voy como conectando y voy retomando. No es un proceso lineal donde en un momento algo pasó y se generó una pieza, y esa pieza es la final. Tampoco es una repetición. En general, voy hacia adelante y después al retomar elementos con los que ya he trabajado, estos ya no vuelven igual de la misma manera. Yo he cambiado, cambia el contexto y cambia la situación.Y también cambia la materia, según su contextualización.

-En este conectar y retomar, ¿tenés algo últimamente que se esté volviendo un germen de una futura muestra, instalación, etc?
-Sí, ahora estoy volviendo a producir una gran instalación donde trabajo con vestidos rituales. Voy a trabajar con vestidos de quince y de novia, esto fue una instalación que se llamó Hilo Partido (2014) y después de la instalación, se devolvieron los vestidos a sus dueñas, que no fueron modificados de ninguna manera. Yo quería eso, vestidos vividos, con historias. Y en realidad, lo más rico de esa recolección fueron todas las historias que se fueron conectando y que fui recibiendo, y que también de alguna manera cargan la pieza de esos cuerpos rituales. Entonces, después del 2014, esta pieza vuelve a través de un pedido y es también una oportunidad de volver a activar esas conexiones y convocar y escuchar qué pasa cuando se convoca. ¿Y cómo responden las convocatorias? Siempre es un riesgo. Porque estoy pensando en hacer una pieza depende de la respuesta de otras.

-Pensando en tu obra Germinal (2011) —una pieza que consta de un molde de zapato realizado en tierra con semillas en el que se ve el proceso de crecimiento de los brotes—, ¿cómo pensás este cruce entre arte y naturaleza?
-Son como piezas que cobran vida y siguen su ciclo dentro de la propia instalación o del propio objeto. Y no solo siguen su vida, sino que también trasmutan en otras piezas. Algo similar pasa en Jardín de Ofelias (2012) donde planto mis rostros con brotes y ramas, y esos rostros van perdiendo su forma original y tomando otra forma, la forma entramada con la semilla que va rompiendo ese molde o “preforma”. Ese tipo de obra siento que regala algo de lo impredecible. Porque la pieza puede germinar o no. Si bien hay un montón de pruebas, de estudios, cuáles son las semillas, cómo, en qué lugar, qué tiempos, hay algo que siempre varía. Y esos “errores” son parte también de la dinámica de la pieza.

-Entonces si la obra está “viva”, ¿sentís que se abre un diálogo con ella?
-Cuando una pieza está viva, aparece algo de lo impredecible, de ciertas incertidumbres acerca de los resultados. Es imposible pretender controlar todos los factores para que se genere exactamente lo que uno buscaba. Ahí creo que está la riqueza. En esas pequeñas variaciones del resultado, que te dan la posibilidad, tal vez, de encontrar otros caminos. Otras miradas. De alguna manera, ahí es cuando la pieza te habla, te pregunta, te interpela. A mí me pasa mucho y ese es el lugar que busco.

-En muchas de tus obras hay un trabajo con la mujer —acercarse, desarmar, mirar, sorprenderse, editar, etc.—, ¿qué te convoca de este universo?
-Sí, en muchos de mis trabajos aparece el ser mujer, mi mirada desde el ser mujer y también la mirada de otras mujeres. Me interesa “el ser mujer” en sus diversas propuestas, y desde un accionar que muchas veces no es visibilizado. Por ejemplo, me acerqué a mujeres rurales y trabajamos sobre la poesía de Delmira Agustini. Generamos un trabajo con lana —que es el saber de estas mujeres— y exploramos a través del tejido los poemas. Transformamos la poesía en tejido, en cuerpos de lana. Yo creo que ahí está mi propuesta. O cuando entrevisto a mujeres que trabajan con plantas y me abren sus universos y los puedo compartir a través de mi práctica artística, y ellas pueden ser parte tanto como yo de la obra. Ellas son un pilar fundamental a partir del cual yo puedo construir los ejes de la obra. Así también entra la mujer en el proceso de construcción de la obra: lo hago con otras.

-¿Tiene que ver con generar ciertos espacios de visibilidad?
-Creo que mi hablar de la mujer y del ser mujer tiene que ver con encontrar esas mujeres con las que conecto, con las que puedo construir, que a veces tienen una posición silenciosa, una posición tal vez fuera de los centros y volverlas foco, volverlas en diálogo foco. No, soy yo tampoco una iluminada, sino, más bien, una conectora.

-¿Alguna lectura que te haya inspirado últimamente?
-Hace poco leí “Canto yo y la montaña baila” de Irene Solà, una escritora catalana, y sentí como una conexión profunda con el mundo fantástico que narra la novela, donde la autora hace hablar a todos y cada uno de los elementos. Desde la piedra, el animal, la mujer, el hombre, las montañas, las casas, los objetos. El libro te muestra una mirada de cada uno de ellos y así se va componiendo un universo rico y tridimensional. Creo que por eso me gustó tanto, porque de alguna manera ese es el acercamiento que intento hacer en mi trabajo. Construir una instalación con muchas capas de significados, desde los cuales se pueda acceder a la pieza y encontrar el propio.

-¿Cómo ves el arte en Maldonado?
-Parte de volver a vivir acá tiene que ver con el movimiento, el flujo. Lo que más me interesa es eso: que los lugares se vuelvan más abiertos, más porosos. Que haya un flujo de los artistas de todo de Uruguay, de toda la región y de distintos lugares que puedan entrar y salir, retroalimentarse desde un nivel no tan local, pero a su vez, global. Acá en Maldonado hay una riqueza de personas artistas y no artistas, de distintas disciplinas, que han elegido este lugar para vivir. Este lugar fuera de la capital, donde supuestamente muchas de las cosas se activan, y con la cual uno no tiene por qué estar disociado; son cosas diferentes o fenómenos diferentes. Acá se están abriendo muchos espacios, que permanecen durante todo el año, y a los que creo que está buenísimo que les demos un lugar, todos. No solo los artistas o la gente interesada en el arte. Estaría genial que se vuelvan lugares cercanos para la gente, para el público. De esa manera, también, se estimula el movimiento y las miradas. No todos somos iguales. No necesitamos ser iguales, el desafío es encontrar espacios para dialogar, para crecer. Creo que vivir acá ya nos regala una conciencia que tiene que ver con ser y estar en la naturaleza.

-¿Nos recomendás algún artista de por acá?
-Hay un montón de artistas, escondidos en estos bosques, cerca del mar y a lo largo de toda la costa y el país, haciendo unos trabajos alucinantes. Converso, dialogo con ellos cada vez que puedo, busco pretextos para hacer algo nos permita construir y ver sus obras y sus procesos. No voy a decir ninguno en particular, porque sería súper injusto. Los que me conocen saben que estoy en contacto con gran variedad de de artistas, no solo visuales. De diversos palos, escritores, músicos… Me interesan mucho otras disciplinas que están haciendo una mirada hacia el arte diferente. Las Ciencias, la historia, la antropología, la botánica. Esos son los temas que me interesan, pero sé que hay muchas posibilidades de generar una trama mucho más rica y amplia que la que solo se fija en una disciplina. Y creo que a esta altura ya casi es imposible hacerlo de otro modo.

Julieta Troielli – @azarero

Alejandra González Soca (Maldonado -Uruguay, 1973), artista visual, docente y curadora. Máster en Arte y Cultura Visual y Licenciada en Artes Visuales por la Universidad de la República. Psicóloga con Posgrado de especialización en Psicología infantil y del Adolescente por la Universidad Católica.
Ha exhibido sus proyectos tanto en Uruguay como en el exterior, incluyendo: el Museo Nacional de Artes Visuales, Espacio de Arte Contemporáneo, Museo Juan Manuel Blanes, Centro de Exposiciones SUBTE, Montevideo, Museo Histórico Cabildo de Montevideo, Centro Cultural de la República el Cabildo, Asunción, Espacio de Arte, Universidad de Lanús, Buenos Aires, Museo Casa del Risco, ciudad de México, Museo Qorikancha, Cusco, Perú, Casa Memorial Salvador Allende, La Habana, entre otros.
Recibe reconocimientos como: Premio Programa de Intercambio de Residencias Artísticas, Beca para la Creación Justino Zavala Muniz, Premio Fondo Concursable para la Cultura del Ministerio de Educación y Cultura, Premio Patrocinio Comisión Bicentenario, Premio Festival Videoarte INMEDITERRANEUM11 y primer premio Encuentro de Intervenciones urbanas, Casablanca, Paysandú. Artista invitada en la VII Bienal Internacional de Arte Textil Contemporáneo. Seleccionada para: el 48° Premio Montevideo de Artes Visuales, II Bienal Internacional de Asunción, 59°,55°y 56° Premio Nacional de Artes Visuales, Montevideo, Uruguay.
Realiza residencias en: Comunitaria, Provincia de Buenos Aires, Curadora, Santa Fé, Argentina, Centro de Estudios en Arqueología, Artes y Ciencia del Patrimonio, Universidad de Coimbra, Portugal, Bomeroom, Ciudad de las Artes, Córdoba, Argentina.
Profesora en la Licenciatura en Artes Visuales y Licenciatura en Educación de la Universidad Católica del Uruguay. Desde 1999 cuenta con su estudio taller Casa B. Actualmente vive y trabaja entre Maldonado y Montevideo.