Columna de opinión: “Impunidad, ineptitud y corrupción”, por Ricardo Garzón

Bajo el gobierno del Frente Amplio creció y se desarrolló de manera significativa, con perfiles firmes y ciertos de impunidad, ineptitud y corrupción, la actividad del narcotráfico en todo el territorio nacional.
A tal punto, que me pareció lo más conveniente dejar detrás un montón de años que desdeño; desempolvar la pluma, subirme a un avión, bajarme en Medellín, y volver a los años 80 y 90 para recorrer las rutas urbanas, suburbanas, campesinas y selváticas del narcotráfico.
Sus ramificaciones en los tiempos han tenido origen en el barrio Medellín Sin Tugurios, (también conocido como “Pablo Escobar”), y en multitud de asentamientos humildes y periféricos de Colombia, que constituyeron, con México, Universidad Mayor del Delito.
En el presente uruguayo, en todo el país, la figura del sicario se agranda a límites insospechados, incontenibles, como lo atestigua la persistente información periodística que ofrecen diariamente todos los medios de comunicación.
Uruguay se ha convertido en un centro docente avanzado del narcotráfico, y desde sus cárceles atestadas e inhumanas se tutela y orienta toda la actividad.
Se aprovecha la condición social del marginado para captarlo con plata fácil, en un camino sin retorno hacia el delito en sus múltiples manifestaciones.
Se trata de chicos desocupados que deambulan sin rumbo, y que por conflictos familiares, hambre y sin recursos, abandonan sus estudios y revistan fuera de la sociedad. Los menos, están en busca de trabajo; hacen filas, llenan formularios, acuden a entrevistas y exámenes, pero sólo reciben negativas.
La abrumadora y prácticamente diaria clausura de empresas en todo el país alienta el delito y la criminalidad.
Suman miles los desertores de la Educación, a la luz de que no conseguirán trabajo relacionado con sus estudios, ante los cada vez más relegados, espantosos y obsoletos programas educativos de la hora en todos los niveles de enseñanza.
Expectantes, los devotos del narcotráfico, al influjo de la memoria enaltecida de Pablo Emilio Escobar Gaviria y del Chapo Guzmán, se han entronizado con campo propicio y viento a favor en los hogares y centros de reclusión de toda la América Latina.
Han sido venerados y exaltados como el Corazón de Jesús, por empresas que multiplican las series y películas que trasmiten a toda hora a través de Internet, vía telefónica, tabletas y televisores. Los han presentado y exhibido al mundo como modernos Robin Hood, dado que los capos mayores han construido viviendas, campos de fútbol y barrios enteros con el dineral mal habido procedente de la comercialización de las drogas.
Los caseríos comunitarios de Medellín y Cali conforman ejemplo continental, al igual que las resonantes y nunca acabadas contiendas familiares del narcotráfico en barrios suburbanos de las capitales uruguayas, con precisión en las ciudades de Minas, San Carlos y Chuy, entre cientos de otras en todo el país.
Los Escobares y Orejuelas, para citar dos en miles, en la cúspide del delito y fortuna que se mide en billones de dólares, han sido requeridos para el encuentro inesperado con celebridades de la televisión y del deporte.
Han accedido a espléndidas mujeres participantes en desfiles de modelos y certámenes nacionales y mundiales de belleza. Las adolescentes, vírgenes, constituyen la frutilla del postre, el plato más apetecido de los líderes de los cárteles.
Hurgando en la pandemia, políticos, jueces, periodistas, militares, modelos y actrices de cine han sido captados por el narcotráfico, con peso formidable en los pueblos centro y sudamericanos. Las fiestas a todo trapo con las prepago, -que de la mano del capo acceden a una vida rumbosa y fastuosa-, y la importación de prostitutas de todo el mundo y al más alto nivel, completan el panorama que se reduce finalmente a dos opciones: plata o plomo.
Aquí hizo carne la corrupción, extendida con millones de dólares a la referida compra de los gobernantes, militares y jueces, incluso a nivel de las presidencias de las repúblicas, parlamentos y cortes supremas de justicia en varios países del continente americano.
Multitud de series de televisión a nivel continental interesan a millones de espectadores que se deslumbran con los lujos asiáticos de la mafia, con sus mujeres, con sus viviendas, con sus aviones, sus autos, y el romántico rol de la lámpara de Aladino que hace al descubrimiento de las caletas.
La propaganda subliminal induce al televidente a mimetizarse con el bandido, a participar de sus juergas; a desear que pueda escapar de las pinzas tendidas por las fuerzas del orden, y que en los enfrentamientos armados con la policía y ejército el resultado les sea del todo favorable.
¿Qué otra cosa ansía fervorosamente el espectador, (El Patrón del Mal) en la redada final que acaba con la vida de Pablo Escobar, que éste pueda escapar del cada vez más estrecho cerco policial y militar, incluida la guerrilla?
Son varias, pues, las películas y series de televisión que ensalzan y exaltan la figura del narcotraficante, filmadas en paraísos de vegetación inigualable y escenarios fastuosos de la Colombia profunda. Los capos quedaron prendados de las actrices, y cayeron en manos de las autoridades y mafiosos rivales por imprudencia.
Sin ir más lejos, el Chapo Guzmán, cautivado por la actriz Katty del Castillo, bajó la guardia y fue capturado por descuidado y temerario luego de su sonada fuga de un penal corrupto de “máxima seguridad” mejicano.
Popeye lo había advertido: “si toca un celular es hombre muerto”.
A vuelo de pájaro, hoy están en las redes: El Patrón del Mal, Narcos, La Reina del Sur, Dueños del Paraíso, El Cártel; Escobar (Paraíso Perdido), La Prepago; Chapo (El escape del siglo), Sin tetas sí hay paraíso, y Alias el Mejicano.
Todas estas series constituyen un himno al narcotráfico, himno que entona y canta mayormente la juventud desposeída y pobre de los barrios humildes de Latinoamérica, y que, por supuesto, abarca al Uruguay en toda su dimensión.
Esta juventud “nini” (que ni estudia ni trabaja), que abandonó sus estudios; que fue directamente afectada por la conmoción y destrucción de las estructuras educativas, hogareñas y familiares, y que tiene como modelo conseguir plata fácil, ha ido penetrando masivamente en la comercialización de marihuana, cocaína, heroína y otras sustancias destructivas.
La deserción estudiantil en sus tres niveles, pues, ha facilitado captar potenciales vendedores y consumidores de drogas. Desde aquí, el vuelo al asalto diario de comercios, bancos, cajeros, viviendas, enfrentamientos armados, rapiñas y asesinatos, demanda un solo paso.
La autoridad ha sido desbordada. La inseguridad es el estado normal de la república. Reina el caos.