Columna de opinión: “Ser, o no ser… o parecer”, por David Rabinovich

 

En política y por lo tanto en economía. “Es verosímil lo que otro cree por un contexto, por su propia experiencia, por un sistema de pensamiento, por la coherencia entre lo que percibe y la realidad”. La afirmación pertenece al periodista Martín Granovsky del diario argentino Página 12. Algo que nos resulta verosímil puede ser verdadero, claro. Lo verosímil se instala por medio de “la articulación política, las campañas, la pelea por el poder, la realidad y la percepción de la realidad, el poder crudo y el poder encubierto, la persuasión y la manipulación exitosa” aclara Granovsky. Por eso no es raro que nos resulte verosímil una afirmación que dista mucho de ser verdadera.

“No podemos gastar más de lo que ingresa, el país es como la casa de uno. Si gasto más de lo que ingresa, tarde o temprano hay que ajustar”. Suena verosímil sí. ¿Es verdadero? No. La economía familiar y las finanzas públicas se rigen por reglas muy diferentes. Las finanzas personales –si hablamos del 90% de los habitantes- tienen límites establecidos por nuestros ingresos y la capacidad de endeudarnos es muy limitada. La sociedad, organizada en un territorio, es mucho más que campo con gente arriba. La distribución de la riqueza (propiedad) es desigual y está concentrada en el 1% de la sociedad. La distribución de los ingresos sigue el mismo patrón. Basta que la sociedad decida gravar más a los que tienen más, para que lo que “ingresa” a las arcas del estado cambie sustancialmente. Si el 50% del ingreso se lo apropia el 10% de la población ¿por qué no cobrar a ese sector un porcentaje de los impuestos acorde?

Si le suena inverosímil es porque lo posible también es una percepción que se construye.

La derecha se suicida en defensa propia cuando su fundamentalismo neoliberal le impide ver donde desembocan las recetas que promueve. Nunca los empresarios estuvieron más amparados que bajo gobiernos de signo progresista, nunca ganaron tanto, nunca fueron más respetados sus derechos. Sin embargo en Uruguay hay un reclamo permanente, sistemático y acentuado frente al gobierno “progresista”: mejorar la ‘competitividad’, bajar las ‘tarifas’ y –por parte del sector exportador- resolver el ‘atraso cambiario’.

Estrictamente hablando, debería decir rentabilidad donde se lee y escucha competitividad. El reclamo es por ganar más. Las actividades económicas que dan pérdida, o donde se gana poco, son abandonadas por los empresarios, las empresas se funden, cierran su actividad. Los empresarios suelen conservar su riqueza y los obreros suelen quedar muy mal parados.

El cuestionamiento recae sobre las tarifas que cobran las empresas públicas, porque  a las empresas privadas les corresponde otra lógica. Para el bienestar de una sociedad la propiedad social de las organizaciones que brindan servicios y bienes fundamentales es una gran ventaja. ¿Te suena verosímil? Sin embargo en el año 2000, el doctor en economía Ernesto Talvi (precandidato del partido colorado) nos proponía “Hay que pasar raya y decir aquí empezamos de nuevo, afirmando con énfasis: tenemos un compromiso político con la apertura de los servicios públicos, por lo tanto aquí están los nuevos marcos regulatorios para las telecomunicacaciones, la electricidad, los combustibles y el gas ya aprobados por el Poder Ejecutivo necesarios para hacer operativos los nuevos marcos. Hay que dar una dirección para atender consultas de los interesados en operar en el país en cualquiera de estos sectores”.

Lo cierto es que Uruguay ha crecido durante todo el período, mientras en la región países como Brasil y Argentina, de la mano de una restauración conservadora furibunda, han caído en severas crisis económicas.

¿Cómo se instala la idea de que el camino de nuestros vecinos es mejor que el nuestro? Parece inverosímil pero no lo es. Luis Lacalle quiere gobernar como Mauricio Macri y las cámaras empresariales reclaman una política laboral como la de Michel Temer.

El país se salva con el campo o con él perece”. ¿Verdadero, falso o verosímil?

“No hay un solo campo, ni la ciudad es homogénea. El territorio y su gente es un mosaico diverso de potencialidades y realidades”. Pero para la ortodoxia neoliberal “Quienes no exportan, no importan”. Un vocero de los autoconvocados, el Ing. Ag. Eduardo Blasina, considera que “El gobierno… lamentablemente no quiso tomar la oportunidad de mesas de análisis permanente de la competitividad y entonces arriesga a ser testigo de caídas del área agrícola y de pequeñas y medianas industrias lecheras”… “la batalla es por dar un cambio cultural en la sociedad. Y eso ni es fácil ni es gratis.” Eduardo Blasina/El Observador

En medio de toda esta discusión aparece el cuestionamiento al ‘productivismo’. Porque no siempre la llamada tecnología de punta es la más apropiada. Para medir el impacto de una innovación no es suficiente medir la eficacia (si se logra obtener los resultados prometidos) y  la eficiencia (necesidad de recursos necesarios para alcanzar el éxito) de un dispositivo o un método por sí mismo, sino que es necesario tomar en cuenta el  impacto que tendrá el dispositivo sobre el resto de los componentes del sistema. El aumento de la producción tiene límites, la naturaleza impone los suyos y la lógica económica de las rentabilidades marginales decrecientes, otros.

En un pasaje de Dialéctica de la naturaleza, obra póstuma de Friedrich Engels y un círculo de intelectuales se lee: «Sin embargo, no nos dejemos llevar por el entusiasmo ante nuestras victorias sobre la naturaleza. Después de cada una de esas victorias, la naturaleza se venga. Bien es verdad que las primeras consecuencias de esas victorias son las previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, totalmente imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en la Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras». (Fuente: Revista Nueva Sociedad)

Por último quiero señalar que en economía política hay derechas e izquierdas, aunque no siempre son claras las fronteras.

Humberto Eco proponía analizar los avances fascistas en base a varios puntos que los identifican. “El fascismo eterno, según Eco, considera que pensar es una forma de castración. Idolatra el culto de la acción por la acción, rechaza todo pensamiento crítico (…) nos habla de la cultura como sospechosa en la medida en que ella se identifica con actitudes críticas para con el accionar y la política de la derecha neoliberal.” “El fascismo eterno encontrará en la clase media frustrada y en aquellos grupos sociales que se sienten defraudados o humillados por una izquierda claudicante y soberbia, caldo de cultivo para sustentar su poder.” ¿Verdadero, falso o si acaso verosímil?

Por otra parte el periodista argentino Edgardo Mocca, al que tantas veces recurrimos, nos recuerda que “Los milicos del proceso fueron ni más ni menos que el brazo armado de un grande y ambicioso proyecto de reestructuración político-cultural de la nación en la dirección del viejo y siempre renovado proyecto del poder económico de los sectores más concentrados de nuestra economía, en alianza, cambiante y conflictiva pero permanente, con las grandes corporaciones globales. El estado dictatorial fue el agente de una estrategia de poder y no (solamente) una banda de asesinos.”