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La edila nacionalista Marcela Fernández, que actúa como tercera suplente de un edil afín al jefe comunal, dio cuenta en el legislativo de varias “historias de vida” de personas que hoy viven en la calle en la ciudad de Maldonado. Aunque apenas tuvo tiempo de leer varios relatos escalofriantes de hombres y mujeres golpeados por la desgracia, la legisladora abogó por que alguien los escuche y los ayude a salir de su penosa situación de soledad y extrema pobreza. Varias de esas personas sufrieron en carne propia torturas y vejaciones de las que habitualmente solo se pueden ver en algunas películas de terror.

“Mi exposición de hoy se denomina: ‘Nuestra óptica desde el afuera’. Quiero aclarar que los testimonios de vida, que aquí están escritos son vivencias humanas, algunas de las cuales explican por qué (ciertas personas) son llevadas a una situación de calle y demás”·, comenzó la legisladora. “Aquí no agrego nombres, por supuesto ‒los tengo uno por uno‒, para proteger a cada uno de estos seres humanos, proteger su identidad, ya que principalmente las personas del refugio tienen temor a ser expulsadas a la calle sin hablar, si se les nombra o si hablan”, aclaró.

“Empiezo diciendo que la sociedad muchas veces prejuzga sin saber el porqué de lo que pasa, sin saber por qué un ser humano tiene que llegar a lo más bajo de su ser para revolver un contenedor, pedir un pedazo de pan o buscar un lugar donde pernoctar. Juzgamos la ropa si está sucia, cómo se habla y todo lo demás, pero jamás (preguntamos) el porqué y qué lo llevó a dormir bajo un cartón tapado con nailon en una plaza”, afirmó. “Siempre dije: ‘Vive así porque quiere’ o ‘el gobierno les da’, o ‘No busca la solución’. Esta es una cuestión de humanidad y de que todas las cosas tienen su raíz y que a nadie le gusta vivir en situación de extrema pobreza. A todos nos gustaría que fuera diferente. A diario vemos cómo la gente sobrevive y sin dar vuelta la cara vemos cómo revuelven contenedores niños, adultos y ancianos, y esto no es culpa de este gobierno; si lo fuera, no tendría pelos en la lengua para decirlo. Pero sí es culpa del gobierno que implementa planes sociales, acapara votos como si fueran números y después no tiene seguimiento alguno de las personas. Las personas crean cierta dependencia que después es muy difícil de sacar. Aquí quedan en el medio los que no tienen planes, los que sí quieren emprender pero muchas veces no pueden y también muchos otros”, aseguró.

“Muchas personas con las que hablo a diario en la calle me dicen: ‘Nos mienten, nos usan, seis meses antes de las elecciones nos dan un chorizo y promesas. No nos quieren educar. Prefieren más que seamos burros y vulnerables’. Así aparecen, después, con una computadora o con una tarjeta con dinero para alimentación y después de un tiempo solo fuimos un número porque no hay seguimiento. ‘Queremos capacitarnos para saber y ser mejores personas’, dicen.  La mayoría descree de la política, sobre todo de la política social, que es la que más se tendría que trabajar, pero es muy fácil ganar haciendo proyectos con seres humanos para lograr los votos y que después todo quede encajonado y en vez de ser seres humanos hayan sido solo números”, agregó.

De mal en peor

Acto seguido, la edila comenzó a leer los testimonios insólitos que recogió de las personas que encontró en situación de calle y entrevistó.

“Tengo 49 años. Mi niñez fue el mejor recuerdo de mi vida. Al ser adolescente, con 16 años, mi madre me corrió a la calle ya que quedé embarazada de un hombre de 31 años. Vivimos un tiempo muy corto en tranquilidad hasta que se volvió agresivo y posesivo al extremo de no dejarme salir a la calle. Asimismo, resolvió ponerme en cautiverio en un sótano. Allí me ataba, me golpeaba y me violaba poniéndome un revólver en la cabeza reiteradas veces, cortando los vínculos con mi hijo. Bajaba al sótano con arroz, con un poco de atún y un vaso de agua y cuando no quería comer me tomaba de los pelos y me metía la cabeza en el plato. En invierno ponía botellas de agua fría en la heladera, me desnudaba, me acostaba en cartones, me ataba y volcaba todas las botellas de agua fría arriba de mi cuerpo. En uno de los tantos golpes atada forcejeé y me pegó con la parte de atrás del arma, haciéndome una herida muy grande en la cabeza.

En invierno me sacaba afuera. Sacaba la ropa del ropero y ponía un latón con jabón en polvo y me hacía lavar, mirándome desde adentro de la casa. Cuando terminaba de lavar y colgar la ropa la descolgaba y la pasaba sobre el barro. Me entraba y me quemaba con colillas de cigarrillo en reiteradas veces. Un día se olvidó de cerrar la puerta del sótano, como pude me desaté y corrí por mi hijo de 8 años. Busqué mis documentos, le robé dinero y totalmente desesperada me fui a Colonia, me tomé un Buquebús y me fui a Argentina. Allí estuve en la Terminal de Once, porque viven otros uruguayos. Vendí curitas y aspirinas para sobrevivir mi niño y yo y durmiendo en la calle. Tenía una hermana en Paysandú con la que me contactaba continuamente y un día me llamó y me dijo: “Ven para aquí que alquilé”. Conseguí dinero y me fui a Paysandú y al llegar noté que había algo extraño, estaba bien, pero fui a la comisaría, ya que mi hermana me había tendido una trampa diciéndole al que era mi expareja que yo iba para allí. La Policía me ayuda, lo encuentra y lo detiene. Después de todo un tiempo y de recuperarme, empecé a estudiar para supervisora y reponedora de góndolas. Después conseguí trabajo y conocí a otro señor con el que me vinculé y fuimos pareja y me embaracé de nuevo. Estuve con él unos años, separándome ya, porque tenía problemas de timba.

Un día, al salir del supermercado aparece un auto con dos hombres, uno conduce, el otro me agarró a la fuerza y me llevaron a un campo y me violaron. Gritando y preguntando ‘por qué y por qué’, contestaron ‘esto fue un mensaje del que mandaste preso’. Allí comencé con ataques grandes de pánico y me fue difícil retomar mi vida, que estaba totalmente descompensada.

Conocí a una señora que me ayudó a mí y a mis hijos, la cual me ayudó dándome techo por trabajo, dejándome sin dormir hasta la madrugada y teniendo que descuidar a mis hijos muchas veces. La pareja de mi hijo menor se entera y vuelve a Maldonado con su ayuda, prometiéndome que cambiaría. Yo trabajaba y él me sacaba hasta el último peso para timbeárselo y me separé.

Mi hijo mayor hizo pareja, mi hijo menor tomó para el lado de las drogas y para robar, lo cual me dediqué a ayudarlo. Reiteradas veces, una y otra vez robando y drogándose y agregando a todo esto alcohol. Cae preso y me voy a Montevideo con mi madre, la cual después de un tiempo fallece y me vuelvo a Maldonado. Ya mi vida era una tortura, debido a todo el sufrimiento que pasaba. En una de las visitas a la cárcel sufro tres convulsiones y un paro cardiorrespiratorio y quedo en estado de shock quince días. Allí busqué dónde vivir y me fui a parar a Los Eucaliptos y de allí, por miedo a todo lo que pasaba, salí a la calle sin rumbo. Dormí cuatro meses en la Terminal de Maldonado, de día me iba a la Plaza de Maldonado y al llegar a la noche volvía a la Terminal. Un día, deprimida, fui al baño de la Terminal e intenté suicidarme, quedando llena de sangre. Entró una señora que me llevó al Hospital, me cuidó y derivó al refugio.

Aquí he vivido desde entonces, a veces he sacado fotos cuando nos destratan, pero me han amenazado con que si no me callo iré a la calle de nuevo. Los días de lluvia mi salud está en juego, pero la única contestación que recibo es… ‘Es bastante, aquí tienes una cama y un plato de comida’. La sociedad nos discrimina, dice que nos habituamos a aquí y eso no es verdad, estamos aquí porque la necesidad nos ha llevado a estar aquí.

Mi salud me impide progresar, me hace sentir impotente estar así, pero tengo que seguir día a día bajo la lluvia, tormenta y sol, sobreviviendo y, en verdad, no me gustaría ocupar una cama aquí ya que solo lo hago por la suma necesidad que padezco”.

Otros

“Tengo cincuenta y cuatro años, fui criada en el Iname, yo y un hermano, el cual fue adoptado por una familia. El Estado nos sacó de nuestra casa, ya que éramos violados por hombres que mi madre metía en su casa. Me casé dos veces, en el segundo matrimonio sufrí mucho tiempo violencia doméstica, habiendo registros de esto en la Comisaría de la Mujer. Tuve una vivienda, producto de una sucesión, en la cual se metió gente y no he encontrado forma de recuperarla. Al no tener un hogar no puedo tener a mi hija conmigo, no teniendo trabajo tampoco puedo alquilar. Yo soy costurera y con una máquina sé hacer maravillas”.

“He llegado aquí al refugio porque estaba alquilando, me quedé sin trabajo y no podía pagar más. Se me han acumulado enfermedades, muchas veces paso frío y me veo discriminada por la sociedad. Cada vez que llevo un currículum, cuando ven el domicilio que dice ‘el refugio’, me contestan que no hay cupos. Como una comida sola a diario, pues me mantengo con un mate y pan y a veces con cosas que me dan.

Lo principal para mí es conseguir un trabajo para hacer una vida más digna, normal, alquilar y vivir con mi hija, ya que sufro mucho por no tenerla. Esto es inhumano para mí, quiero que llegue el día de estar mejor”.

-“Tengo cuarenta y nueve años. Mi niñez y mi adolescencia fueron buenas, mi madre muy trabajadora, mi padre falleció cuando era pibe, me casé joven y me divorcié. Opté por las drogas y por el alcohol por decisión propia y eso me trajo consecuencias. He hecho cosas de las cuales me arrepiento muchísimo y me he recuperado y solo quiero salir adelante. La calle no es buena consejera para nadie, así como tampoco la droga ni el alcohol. El sistema discrimina al indigente y eso me hace sentir muy dolido, tengo Epoc y problemas en el corazón y observo todos los días lo que me preocupa más, que son los viejitos descuidados, que ellos sí no pueden hacer nada, por cuanto uso este lugar transitorio hasta encontrar solución a mi vida. Aquí es como un régimen y tenemos que cuidar nuestro lugar, si no, nos toca la calle. En realidad, en vez de que seamos números, me gustaría más que fuéramos humanos”.

Alcoholismo

“Tengo veintisiete años. Mi niñez fue muy difícil. Con doce años me fui de mi casa porque mi madre era alcohólica y no lo soporté. Mi hermana hacía tortas fritas y las vendía, con tal de que mi madre no se mandara macanas. Con dieciséis años me hice una casa precaria, rompiendo el vínculo con mi familia, en el Kennedy. Cumplí diecisiete años, me ennovié, y cuando mi hija cumplió tres años opté por las drogas y por trabajar en lo que fuera. Estuve internado en El Jagüel, y siempre estuve solo para comprarme todo. Sé que soy joven, puedo salir adelante. Dejé la pieza del Kennedy a mi pareja porque así no estaba tirada, ya que ella se droga demasiado. Mi hija está con mi madre, que dejó el alcohol, y, gracias a Dios, todo lo que a mí no me dio es un orgullo que se lo dé a mi hija. Yo siempre busco y busco un lugar, porque aquí en el refugio me atraso y, la verdad, ver tanta injusticia no me hace bien. Quiero una oportunidad. Ahora nomás vendo medias, pero quiero una oportunidad para estos viejitos que están enfermos. Aquí no veo humanidad y, con la mano en el corazón, por todo lo que he vivido, ya no podré ir. Quiero oportunidad para los que quedan”.

-“Tengo treinta y siete años. Me crié en Brasil, Porto Alegre. Mis padres se divorciaron hace veinte años; mi padre quedó en Brasil, mi madre vino con nosotros para Uruguay. Tengo otro hermano y hermana, con los cuales no tengo vínculos: con mi hermano, porque la droga lo ha llevado por malos pasos, y con mi hermana, porque siente discriminación hacia mí. Estuve en pareja con un muchacho, ya que soy gay, y agarré HIV. De allí que mi madre me dice que tengo que irme de mi casa. Deambulo en la calle, tengo una pensión con la que me sustento algunos gastos, pero no me da para completar para un alquiler. Estoy intentando conseguir un trabajo urgente ya que no me gusta estar aquí; hay personas que lo necesitan más que yo, que soy joven. Mi vida ha sido penosa, pero cada vez que amanece sobrevivo un día más”.

-“Tengo treinta y dos años. He pasado una niñez muy difícil. Soy epiléptica, no puedo trabajar ni hacer tareas. Tengo dos hijos que el INAU me los sacó por mi enfermedad. Estoy aquí todo el día, no puedo moverme, y bajo la lluvia fría o tormenta permanezco aquí. Solo la gente del refugio que queda afuera me ayuda y me cuida. Esto no es humano para mí, pero no sé expresarme más”.

-“Tengo sesenta y siete años. Nací de una empleada doméstica que disparó del campo cuando descubrieron que estaba embarazada. Cuando nací, tuve como cuna un banco de la Plaza Lafone, en Montevideo. Mi padre: un gaucho con una pobreza extrema, trabajador de la industria frigorífica que para matar la pobreza trabajaba en la faena clandestina para que tuviéramos para comer. Tuve una pareja y tengo varios hijos; algunos están fuera del país, y con algunos otros tengo contacto, pero es difícil cuando uno llega a viejo que pueda tener contención. Me he alejado, ya que mi situación económica ha sido inestable”.

“He trabajado en un montón de lugares y siempre he sido muy familiero. Cuando no tengo nada, revuelvo contenedores y vendo cosas. He insistido por trabajo, pero la edad ya no me permite hacer muchas cosas. Yo alquilaba, incluso quedé debiendo un mes y medio en el último lugar donde estuve, perdiendo muchos de los recursos para sobrevivir: me encontré sin dinero, sin dónde ir, y por no molestar a nadie vine a parar aquí. Estoy iniciando trámites para la jubilación, pero los años que me quedan, según ellos, no me dan. La necesidad, la angustia de sentirme viejo y abandonado por mi propio país es lo peor que me ha pasado”.

-“Tengo cincuenta y seis años. Mi niñez fue decadente: no tuve padre, por lo cual mi madre se hizo cargo de todos nosotros como pudo. Todos agarramos por diferentes caminos, ya que somos nacidos en Salto. Yo me vine para aquí y jamás tuve pareja, pero jamás pude tener hijos. He trabajado en muchos lugares, pero al estar solo, sin amparo y familia, cada vez me descompenso más. Me hago tratar por médicos, pero no tengo posibilidad de trabajo. Vivo en la calle, siempre en lugares diferentes. Si llueve, me pongo donde no me moje tanto, y, si no, me voy a las plazas donde me resguarde. A veces como un poco si me dan, a veces casi nada. Conozco a un señor que me deja bañarme y me regala ropa cuando tiene, ya que en la iglesia antes daban, pero ahora no dan mucho. Es muy feo”…

Vulnerabilidad

“Quiero redondear diciendo que los más vulnerables ‒niños, ancianos y personas con discapacidad y diferentes patologías crónicas‒ necesitan de nosotros, de nuestra parte humana”, dijo la edila. “Necesitan, principalmente, que se los eduque, se los escuche y se los ayude según nuestros medios; que se sensibilice y que se aplique nuestra total empatía. Creo que a ninguno de nosotros nos gustaría calzar los zapatos de estas personas: ni bajo lluvia ni con frío ni con hambre ni en ninguna de estas situaciones”.

La legisladora concluyó su exposición y la Junta siguió rutinariamente con su sesión ordinaria.

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