“El Guasón: una polémica posición ante la violencia social”, por Alejandrina Morelli

En la cultura del comic Batman fue siempre el héroe, el salvador que cumple la condición esencial para serlo: llevar a cabo hazañas extraordinarias en beneficio de la sociedad, “actos heroicos” para salvar a personas en peligro en la misteriosa ciudad Gótica.
Como contrapartida el Guasón fue el villano, el malo de la película, que en la ficción no tenía más cometido que poner a prueba al héroe, permitirle lucirse, y terminar masticando la bronca de su derrota en solitario, aislado del mundo, acorralado tanto por su enemigo como por la sociedad, y sobre todo por nosotros, el público que podíamos irnos a dormir tranquilos porque, una vez más, Hollywood, y en forma más amplia lo “políticamente correcto”, nos daban el mensaje tranquilizador: los buenos triunfan sobre los criminales desalmados.
En cambio esta versión de Joker o el Guasón, que propone el director norteamericano Todd Phillips y que acaba de ganar el León de Oro del Festival de Cine de Venecia, nos muestra, al final, una imagen exactamente inversa: el demente, el agresivo, el asesino de las calles de ciudad Gótica baila y sonríe de verdadera felicidad empoderado por las masas que lo llevan en andas como al líder. Su risa ya no es histérica, ya no es compulsiva, ya no es expresión del más profundo dolor. Su risa es de felicidad plena y está dibujada, no con pintura roja de payaso sino con sangre, porque con sangre llegó a dónde está ahora.
¿Cómo se dio vuelta el tablero?¡cómo pasamos de admirar a Batman a regocijarnos con esta risa plena del Guazón?
Algunas organizaciones sociales contra la violencia social pusieron el grito en el cielo, algunos críticos consideraron el film como una incitación al crimen y la policía tomó sus recaudos en el estreno. Esta vez, como tantas en la sociedad real en la que vivimos, “gana” el antihéroe.
Lo admirable es la habilidad con la que el director norteamericano da vuelta el foco de la cámara y se conecta con la historia, humana, y nada sobrenatural, de un hombre despreciado por la sociedad, ignorado, vapuleado e insultado. El otro, ese del que nadie quiere saber nada.
La cámara dejó de centrarse en el bueno de Bruce y se preguntó por los motivos que llevaron a Arthur -así se llama el Guasón en la película- a concentrar en sí mismo tanta violencia y agresividad.
La transformación del personaje que lleva a cabo la dirección es asombrosa y exigió un trabajo de más de seis meses mano a mano, con el protagonista, Joaquín Phoenix, sin duda candidato al Oscar en la próxima edición.
Pero el in crescendo hacia la tragedia no es solo por parte del protagonista. En la primera escena se escucha por la radio que ciudad Gótica está invadida de basura por la huelga que iniciaron, un par de días atrás, los recolectores (Una temática de la que no hemos sido ajenos por estos lares).
En esas primeras escenas nuestro protagonista es un hombre debilucho, desgarbado, que vive con su madre a la que cuida como a una niña, que tiene problemas psiquiátricos que le hacen reír sin sentido, que aún hace algún trabajo mal pagado como payaso y recibe del Estado controles semanales y medicamentos para mantenerlo contenido.
Las dos situaciones, la individual de Arthur y la social de ciudad Gótica comienzan a salirse de control al mismo ritmo, como instrumentos de una misma sinfonía
El Estado le quita la asistencia psiquiátrica y el acceso a los medicamento por “recortes de presupuesto“. (Un argumento que también nos resulta familiar) En paralelo las noticas anuncian la invasión de ratas en Ciudad Gótica al no resolverse el problema de recolección de basura.
La vida de este don nadie empieza a desmoronarse: un compañero lo traiciona,
pierde el trabajo y mientras esto sucede ciudad Gótica sigue su camino al desastre.
En un momento de lucidez el comediante se da cuenta que sufre por no ser “visibilizado“. No hay quién lo mire o mejor dicho, lo miran pero no lo ven, lo cual es mucho más trágico. En esta sociedad nuestra, la de cada día, aquí en Uruguay y en occidente, el tener quien nos ve parece ser la meta, el objetivo por el cual les jóvenes quieren ser modelos o periodistas, es el fin último de las páginas de Facebook y de Instagram en las que nos mostrarnos bellos y felices. Nadie muestra su debilidad, ni sus lágrimas, nadie fotografía su peor perfil, su momento más triste o su vergüenza. Siempre se supo que la vanidad era el punto débil de los hombres pero en este comienzo de siglo parece ser la cualidad preponderante, el “no va más” de las nuevas generaciones.
En ciudad Gótica, Arthur descubre que no es visto por los demás y cambia el chip, pasa de víctima a victimario. En el punto más denso de la historia descubre que también su madre le mintió y que por ella sufrió abusos de terceros en la infancia, abusos que su memoria se niega a recordar y que la medicación psiquiátrica seguramente le ayudaba a encajonar en el olvido para darle la ilusión de que puede vivir en “paz”, como si nada de lo que vivió hubiera pasado. El Guasón como a tantos que pueden estar leyendo ahora esta nota, le dieron la píldora del olvido. Pero hubo un recorre de presupuesto y todo cambió.
Un incidente callejero le hace cobrar las tres primeras víctimas en un acto justiciero y la llama enciende el incendio en una sociedad que estaba punto de arder de abandono, de desolación, de mugre y de infecciones. Males que pueden tener otros nombres, como deserción estudiantil, bullying, hostigamiento, abuso o sida pero que para el caso son lo mismo.
Solo se sabe que el asesino fue un payaso. El candidato a Alcalde, el ganador, el poderoso, el rico, el padre de Batman, del héroe, reacciona y en público se considera a sí mismo un hombre de bien y considera a los que no pudieron hacer nada de sus vidas despectivamente “payasos”.
Entonces los “payasos” salen a la calle. Los ignorados, los no visibilizados, ocultan sus no rostro tras las máscaras de payasos. La careta con una gran sonrisa y una nariz colorada se convierte en bandera de los sin nombre.
El film muestra la venganza de Arthur con el placer que sienten los dioses y naturaliza la violencia. El pobre, el desheredado de la tierra, el rechazado, el loco del que se burlan hasta en la televisión, avanza y crece reboleando esta espada justiciera ante un público, nosotros, que los seguimos en su derrotero y secretamente, en algún lugar de nuestro inconsciente lo aplaudimos.
Así ante nuestro asombro como público nos sentimos aliados, solidarios, con los que rompen vidrieras y destruyen la ciudad, deseamos que Arthur quede libre, y aplaudimos desde un escondido rincón del corazón su victoria.
Si, sin darnos cuenta quedamos del otro lado, Ya no nos podemos ir a dormir con la conciencia tranquila, los malos no están en la cárcel sino en las calles, la risa del Guasón esta vez es de felicidad y las miles de caretas de payasos nos rodean.
¿Incita a la violencia este film?
Puede ser porque nos pone cara a cara con aspectos que todos queremos negar de nosotros mismos, y porque nos despierta el dormido, el empastillado don nadie que llevamos dentro ( “nada de lo humano me es ajeno”, escribió Publio Terencio Africano, en el año 165 aC) .
Pero la forma en que el director va llevando el derrumbe personal entrelazado con el social, hacen pensar en el nacimiento de los héroes. No hay Guasón sin una ciudad Gótica invadida por las ratas en la que los dirigentes y comunicadores se burlan de los desvalidos. No es, entonces, la exaltación de la violencia individual y sin sentido sino la forma en que lo individual pasa a ser social en un instante, ese mismo instante aparentemente casual en que el hombre bueno se convierte en héroe y el demente en anti héroe.
Podemos irnos a dormir en paz. No estamos en ciudad gótica, no hay huelga de recolectores de basura, la asistencia social mantiene sus servicios, y sin eco no hay voz que resuene a través de las calles oscuras de nuestra ciudad.