“El uruguayito”, por Danilo Arbilla

Hablemos de otra cosa. La pandemia, la LUC, las firmas, la izquierda, la coalición, me tienen saturado. Hablemos de algo distinto, de algo que a todos nos guste. No más zancadillas en plena peste. Dejemos de jugar tan sucio. Hablemos, por ejemplo, de nosotros mismos, de los uruguayos. Eso nos encanta y, además, coincidimos: izquierda, centro izquierda, centro y centro derecha. (Aquí no hay derecha, todos somos social algo. Manini y Mujica un solo corazón). Estamos por encima del resto (del planeta). Lo sabemos, pero no lo decimos porque somos humildes. Sencillos como violeta doble.

Todos tenemos un uruguayito adentro que nos empuja. Nos insufla. Y se nos escapa todas las veces que puede. Digan lo que digan sobre mediocracia o la uruguayez Tomás Linn, Maggi, o Benedetti.

Es cierto sí que hoy no le ganamos a nadie, pero ¿y nuestras glorias pasadas? ¿Y la final del 30? Este fue el partido que llevó más gente en la historia del futbol. He contabilizado unos 300 mil que dicen que estuvieron en el Centenario aquel día. Incluso unos cuantos que ni habían nacido. Un récord solo superado por los que lucharon contra la dictadura. Día a día se suman por carradas y con relato propio. O los que vinieron en el barco con Wilson; cada vez más polizontes. No sé cómo no se hundió.

Entre los libros que exhibo en casa luzco uno que no dice mucho: pequeño, de tapa verde, de J.M. Fernández, titulado, “Cómo se juega a la canasta”– Con el reglamento oficial y las penalizaciones–. Interesante ¿no?. Y el sello de “Shakespeare and Company˝ estampado en la primera página. Porque lo compré allí, en París, en la librería de la legendaria Sylvia Beach, la que a principios del siglo pasado le dio vida a Joyce, Hemingway, T.S. Eliot, Ezra Pound, Scott Fitzgerald, Paul Válery, Samuel Beckett y tantos más. Ubicada hoy en el 37 de la Rue de la Bûcherie, frente a Notre Dame, pero del otro lado del Sena, allí debe ir a hurgar y mirar libros todo intelectual que se precie o se la crea. Yo lo hice muchas veces y siempre con la ilusión de encontrar alguno de Hemingway o el Ulysses en español. En este idioma hay pocos. Y en eso estaba cuando repare en Fernández. Lo hojeé, leí unos primeros párrafos y no lo pensé más. Lo compré y lo hice sellar.

Fue editado en 1950 en Barcelona – Ed.Juventud S.A.-, y allí Fernández cuenta que “la Canasta, un novel juego que solo tiene tres años de edad, se ha convertido de la noche a la mañana, en el juego más popular de todo el continente americano y está invadiendo a Europa a pasos agigantados˝. “Es, sin disputa, -sigue Fernández- el ˝niño prodigio˝ de los juegos de naipes. El Bridge alcanzó la cifra de 30 millones de jugadores a los veinticinco años de haberse empezado a jugar. Se calcula que la Canasta la juegan hoy en América, y sólo a los tres años de vida, más de 25 millones de personas. No hay duda alguna de que la Canasta ha batido el récord mundial de rapidez de difusión de un juego˝.

Pero no es lo más importante, acto seguido Fernández cuenta que “fue en el Uruguay, en los primeros meses de 1947, donde nació la Canasta” y añade que causó sensación entre los veraneantes de Punta del Este y Montevideo. ¿Qué me dicen? Fue un uruguayo el inventor, el doctor Segundo Santos, y fue en Montevideo en el Jockey Club (ahí en 18 y Andes) que se empezó a jugar.

Un uruguayo y en Uruguay, y que corra la perrada. 

¡Chupen, giles!