
POR MARCELO GALLARDO – @emepege
Hay textos que trascienden su momento. Que nacen como una crónica de temporada y terminan siendo algo mucho más grande: un retrato social, un documento histórico, el último testimonio visible de alguien a quien la historia borró de la peor manera posible. La crónica que Enrique Raab publicó el 2 de marzo de 1975 en el diario La Opinión de Buenos Aires es todo eso a la vez.
El título era de una precisión casi cruel: “Un mercado persa donde hay abrelatas alemanes y secadores de pelo de Hong Kong”. La bajada lo decía todo sobre la apuesta periodística que encerraba el texto: “La disyuntiva de Punta del Este: ser el reducto de 500 familias o convertirse en un balneario popular”. Raab había pasado quince días en Punta del Este cubriendo el final de una temporada que iba a quedar grabada en la memoria del balneario como el primer gran verano de la masificación, el momento en que algo empezaba a cambiar irreversiblemente en esas playas que el propio cronista describía como “posiblemente las más bellas que ostenta el planeta”.
Timerman y el olfato periodístico
La decisión de enviar a Raab a Punta del Este había sido de Jacobo Timerman, el legendario director de La Opinión, uno de los grandes periodistas argentinos del siglo XX. Timerman reconoció años después al autor de esta nota que aquella asignación había sido un acierto desde el punto de vista periodístico. Tenía razón. Lo que Raab entregó no era una crónica de veraneo sino una radiografía de una sociedad en tensión, de un destino turístico que no sabía bien qué quería ser, de una clase media argentina que llegaba por primera vez a un lugar que no había sido pensado para ella.
Tiempo después de esa crónica, cayó la noche sobre Argentina. La sangrienta dictadura militar que tomó el poder no perdonó a ninguno de los dos. Timerman fue detenido, torturado y mantenido en cautiverio clandestino durante más de dos años antes de ser expulsado del país. Su caso tuvo repercusión internacional y sobrevivió para contarlo. Enrique Raab no tuvo esa suerte. Fue secuestrado por los militares el 16 de abril de 1977 y desapareció. Su nombre figura en las listas de los miles de detenidos-desaparecidos de la dictadura argentina. De él nos quedan sus textos. Entre ellos, esta crónica de Punta del Este.
El mercado persa de Gorlero
Lo que Raab describe en su crónica de 1975 es una Gorlero desbordada de mercadería imposible: gamulanes y napas, tejidos Burma con guardas noruegas o motivos búlgaros, muñecas rubias diseñadas para niños morochos y muñecas negras diseñadas para niños rubios, trencitos eléctricos, Sèvres y Limoges legítimos y falsos, viejas jofainas rescatadas de la buhardilla de la abuela en Montevideo, jarrones chinos de la dinastía Ming junto a grabados de Trafalgar Square. Todo mezclado, todo amontonado, todo ofrecido simultáneamente en las galerías Shopping Center y Pigalle en una ofensiva visual tan intensa que “la vista deja de discernir el espacio que enmarca a un osito felpudo que puede dar abrazos mecánicos, del que ocupa una mesa ratona estilo Imperio”.
Eran nada menos que 85 locales de tejidos, una decena de casas de antigüedades y más de 50 bazares. Los comerciantes —entre ellos Armando y Josefa Ríos, dos canarios instalados en Montevideo que habían dado el salto a Punta del Este con un local alquilado por tres millones y medio de pesos uruguayos por temporada— habían calculado mal. Necesitaban vender veinte prendas diarias para llegar al punto de equilibrio y no llegaban ni a la mitad. La queja recorría todas las galerías: los argentinos entraban, miraban, revisaban, probaban y prometían volver el último día de su estadía. Y no volvían.
“Si son argentinos, ya ni me levanto”, decía la propietaria de una casa de souvenirs. La salvación llegaba cuando sonaba un “boas noites” desde la puerta: los brasileños, un diez por ciento de la clientela, compraban. Los argentinos, no.
La disyuntiva que Raab supo ver
El corazón de la crónica es la pregunta que Raab formula con una claridad que cincuenta y cinco años después sigue siendo perfectamente válida: ¿puede Punta del Este ser simultáneamente el reducto paradisíaco de quinientas familias brasileñas y argentinas y un balneario popular accesible para la clase media?
La respuesta que emerge del texto es que en 1975 esa tensión era insostenible y no estaba siendo resuelta. El turista nuevo —el argentino desplazado de Mar del Plata que llegaba por primera vez— encontraba un lugar que no había sido pensado para él. No había calesitas ni piso de deportes para los chicos en los días de lluvia. Los niños, “enjaulados”, se concentraban en las consejerías de los hoteles jugando un “peligroso minifútbol cuyo arco preferido era el mostrador del conserje”. Un entrecot que el 10 de febrero costaba 2.800 pesos uruguayos había trepado a 4.000 en quince días. Un helado había pasado de 550 a 800 pesos en dos semanas. Una botella de agua mineral podía costar entre 300 y 700 pesos según el restaurante.
Los precios del entretenimiento terminaban de cerrar la trampa. Toquinho actuaba ante plateas semidesiertas porque a 12.000 pesos la entrada era inaccesible para las masas y la élite no tenía suficiente interés en llenarlo durante treinta noches. El gran éxito de la temporada era Tu-Sam a 4.000 pesos, la Banda Municipal de Maldonado tocando “Serenata a la luz de la luna” o la música de Éxodo sonando gratuitamente en la vereda de Gorlero. Los lugares de la élite —el Floral, el Bungalow Suizo, Mariskonea— cobraban tarifas de St. Moritz o de Cortina d’Ampezzo, y merecidamente, concedía Raab.
Pero entre ambos extremos, el turista de presupuesto fijo deambulaba por las seis cuadras de Gorlero, se permitía un helado en la heladería famosa, verificaba que Toquinho o Niní Marshall costaban 12.000 pesos y se iba a dormir. O se detenía ante la “fuente del deseo”, ese acuario circundado de pájaros embalsamados y cactus que algún “diseñador de formación barroca y gusto extraviado” había instalado a la entrada del Shopping, hurgaba en el bolsillo la moneda más pequeña que encontrara, la tiraba al agua verdosa, entrecerraba los ojos y deseaba “que mañana haga buen tiempo y que a nadie en la familia se le ocurra gastar”.
El chiste tétrico y el futuro anunciado
Los comerciantes ya habían elaborado su propio chiste negro sobre el fracaso de la temporada: en marzo vaciarían la fuente, contarían las moneditas del fondo y se las repartirían para pagarse “por lo menos una pizza en el Beer Garden”. Unos 150 de los negocios habilitados ese año habían decidido no reincidir en la temporada siguiente.
Y sin embargo Raab veía también los gérmenes del cambio. La proliferación de edificios de propiedad horizontal en construcción, los hoteles que anunciaban reconvertir sus habitaciones en departamentos con kitchenette, todo apuntaba a una transformación que llegaría, pero que requeriría no una o dos temporadas sino mucho tiempo y una programación sensata.
Esa transformación llegó. Punta del Este es hoy un destino masivo, con una infraestructura impensable en 1975, con miles de apartamentos turísticos, con una oferta de entretenimiento diversificada. Y sin embargo la tensión que Raab identificó en aquella crónica nunca desapareció del todo: la pregunta sobre qué Punta del Este queremos, para quién y a qué costo, sigue siendo, cincuenta y cinco años después, perfectamente actual.
De Enrique Raab, detenido y desaparecido por la dictadura argentina, nos queda este texto extraordinario: la crónica de un periodista que supo mirar una ciudad de veraneo y ver en ella el reflejo de una sociedad entera. Y que pagó con su vida el precio de mirar con esa misma claridad a la Argentina de su tiempo.










