“La venganza del periodista”, por Danilo Arbilla

En medio del fragor de la lucha, entre los codazos, mentiras y contradicciones, un remanso, un oasis, algo menos oportunista, más trascendente: el Rotary Club Aguada homenajeó al periodista Guillermo Pérez Rossel al tiempo que fue presentado su libro “El inexplicable ser humano y sus países”.
Mas de 66 años como periodista de los cuales casi 60 fue secretario de Redacción. Esto es, un breve tiempo como periodista de a pie para pasar a conducir, a dirigir, a encaminar periodistas. Remero incansable, siempre al pie de las rotativas hasta el momento de la parición, jamás dejo de escribir.
Un almuerzo, frugal como son estas comidas de trabajo de los rotarios, fue el contexto. La presencia de periodistas de prestigio, de inmejorable pedigrí certificaban el acierto de la iniciativa. Entre ellos algunos con cuyos abuelos y con cuyos padres Pérez Rossel trabajó, viajó, fue compañero durante décadas.
Y además el libro, “opera prima” del periodista. Surgido, como lo destaca Raúl González Rocca en la presentación, de “la idea de rescatar las brillantes publicaciones del G.P.R. y extraerlas, formando un compendio para solaz de todos aquellos que admiramos la excelencia de las letras, junto al contenido virtuoso de ilustrativos relatos”. Añade que fue una ardua tarea sacar a Guillermo “de su sencilla personalidad de bajo perfil” – nada más cierto- para convencerlo de la necesidad de publicar un libro.
Al decir del escritor y periodista Diego Fischer, en la contratapa: “No es la inmediatez de la información lo que encontrará el lector en este libro, sino el complejo y apasionante oficio de mostrar al mundo como un atlas magistralmente desplegado, y contarnos de sus habitantes, de personajes y sus leyendas y hasta de su fauna”.
Y precisamente, lo que hace el periodista es ni más ni menos que mostrarnos lo que “es invisible a la vista”.
Al agradecer contó Guillermo que cuando él comenzó, la meta era conseguir la objetividad. Esa cosa inexistente, en cuanto individuos.
Y a eso se dedicó desde la época de los linotipos y las planchas de plomo hasta la instancia digital, en la que también fue pionero. Si no a la búsqueda de la objetividad pura, sí a tratar de acercarse lo más posible a la verdad. Que esa es la tarea.
Ya al final, dice Guillermo, con estos relatos pude librarme de esa atadura y di rienda suelta a la imaginación y a asumir mi óptica. Una especie de desquite.
Pero no es tan así; en estos relatos el autor continuó con la búsqueda, pero con la búsqueda de otras verdades. Porque verdad no hay una sola.
No basta con la fotografía ni con pararse y mirar el paisaje. Hay cosas detrás, escondidas, disimuladas y muchas de ellas las descubre este libro. Que de yapa: muy entretenido.
Guillermo, digamos, nos muestra la otra cara de la luna y el trasero de la Venus del Milo. Mira Alonzo y rescata al Maestro. Atrapa lo que a uno se le escapa, simplemente porque uno no lo ve. Y cuando lo ve, ¡qué lindo es verlo!, ¡cómo es posible que no lo hayamos visto!.
Se puede leer de un tirón, es ágil, fluido, pero es más para llevarlo despacio; degustarlo como a un buen vino. Es para leerlo y releerlo. Para traer el sueño, para el entretiempo, para un buen rato; con el placer de un largo desperezarse, que además alcanza la mente.
No está sujeto a una hora o una fecha determinada. Es desde antes y para después. Como el Uruguay de estos días.