“Patas cortas”, por Hoenir Sarthou

Nadie tiene la bola de cristal para saber cómo resolverá el mundo la situación de miedo, parálisis, sumisión y miseria a que nos han llevado la declaración de pandemia y las inéditas medidas adoptadas para combatirla. Sin embargo, está sucediendo algo que puede ser determinante del rumbo que seguirán las cosas.
Una serie de mitos revestidos de apariencia científica, en los que se fundó el relato pandémico, comienzan a resquebrajarse. Y ello ocurre por dos factores.
Uno de esos factores es la lenta pero constante difusión de información científica, proveniente de la biología y de la medicina, contraria al relato pandémico oficial. Esa prédica alternativa de las ciencias biológicas empieza por fin a ser acompañada por la de otras disciplinas, como la filosofía, la psicología y las ciencias sociales, que no pueden permanecer calladas ante las evidentes implicancias políticas, jurídicas, sociales y culturales de las medidas pandémicas.
El otro factor es la emergencia de hechos, experiencias personales y testimonios que contradicen el relato oficial y lo van horadando con dudas y desconfiados escepticismos.
No me refiero, desde luego, a negar la existencia de la enfermedad, ni mucho menos el dolor que producen las muertes causadas por ella. Aunque eso tiene poco que ver con el listado diario de casos y de muertes difundido en Uruguay por el SINAE y en el resto del mundo por organismos similares.
Veamos cuáles son los mitos que se han resquebrajado y hoy sólo hacen equilibrios precarios sobre la cuerda floja de la autoridad oficial y la prensa obsecuente.

MITO 1: TODO EMPEZÓ CON UN MURCIÉLAGO
Es algo así como el Génesis de la biblia pandémica. Requiere que todos creamos que el virus surgió por un murciélago que contagió a no sé que otro bicho que fue comido por alguien en la feria de Wuhan. Es también el pecado pandémico original. Porque permite ligar a la pandemia con la cuestión ambiental y el calentamiento global, lo que sirve para crear más culpa y, de paso, vender “tecnologías verdes”.
Sobre el tema, recomiendo la excelente investigación de Aldo Mazzucchelli titulada “Mierda de murciélago (o el origen de todo)” publicada hace muy poco en la revista virtual “eXtramuros”.
Es imprescindible leer ese artículo, pero les adelanto que demuestra con información fidedigna que el virus estaba siendo producido e investigado desde hacía años en laboratorios chinos y estadounidenses por científicos de esas dos nacionalidades, al parecer para usarlo como arma biológica. Eso confirma la pionera afirmación del virólogo y premio Nóbel, Luc Montagnier, que dijo desde el inicio que el virus había sido creado artificialmente mediante manipulación genética.
Capítulo aparte es la galería de oscuros personajes, algunos conocidos y otros ignotos, que aparecen involucrados en la peripecia del virus y probablemente de la pandemia.

MITO 2: EL PCR Y EL SINAE
EL PCR es un mito zombie, muerto casi al nacer, pero sigue vivo en las estadísticas y en los informes del SINAE.
Ni la OMS, que fue la madre que lo parió, puede ya sostenerlo. Está confirmado que no sirve como método diagnóstico y que, con la barbaridad de ciclos que recomendaron las autoridades sanitarias, arroja muchos falsos resultados positivos. Su utilidad fue, y en alguna medida sigue siendo, la de acrecentar el miedo, permitiendo considerar “positivos” a gente sana y, sobre todo, declarar “muertos por covid” a gente que murió por otras causas. Por eso no dudo en incluir a los informes del SINAE, basados siempre en el PCR, entre los míticos muertos que caminan.

MITO 3: ENCIERRO Y OTRAS MEDIDAS PANDÉMICAS
A estas alturas, ya es un secreto a voces que -como lo anunciaron desde el principio muy serios virólogos independientes- los encierros y el “quédate en casa” no sirvieron más que para destruir la economía y la salud física y mental de la población. No evitaron los contagios, que estallaron incontrolablemente un año después, y, al demorar el desarrollo de la inmunidad natural, hicieron que la pandemia se extendiera mucho más en el tiempo.
Sobreviven, todavía, los mitos subsidiarios del encierro: los tapabocas, un ritual absurdo hecho con mascarillas manoseadas, meramente simbólicas; y el distanciamiento social, que nos ha privado de libertades, nos impide reunirnos, hacer vida social, política y sindical como es debido, y tampoco ha evitado las locas cifras de contagio que el SINAE se complace en difundir.

MITO 4: LAS MEDICINAS NO OFICIALES
En este tema también me voy a remitir a un muy valioso informe, en este caso el publicado por la Psicóloga Mariela Michel en el grupo público de Facebook “No a la nueva normalidad”.
Se trata de una investigación científica sobre el dióxido de cloro publicada este año en la “Revista de Molecular y Genética”. El informe, hecho luego de comparar resultados de un grupo de veinte pacientes de Covid 19, a los que se les suministró el producto, con un grupo igual al que no se le suministró, concluye que el tratamiento es eficaz y que no se registraron otros efectos perjudiciales.
Ese informe se suma a muchos que sostienen lo mismo, incluidos varios que fueron censurados en publicaciones científicas, y al célebre chasco sufrido por una de esas revistas científicas, que debió bajar un artículo condenatorio del dióxido de cloro al descubrirse que el estudio en que se basaba no existía y que los datos habían sido inventados. ¿Por qué mentir para desprestigiar a un medicamento si éste fuera inútil? Bueno, claro, para defender el negocio de las vacunas.
En suma, los miles de testimonios que afirman que medicamentos como el dióxido de cloro, la ivermectina y la hidroxicloroquina son eficaces parecen estar en lo cierto. La que ha fallado feo es la “ciencia” oficial, que condenó y proscribió medicamentos sin ninguna base científica, sólo en base a la publicidad política dirigida a impedir su uso.

MITO 5: LAS VACUNAS
(o el doble filo del miedo)
Es el otro mito pandémico estelar. Porque aporta la esperanza de salvación que toda religión debe prometer a sus fieles.
Sin embargo, al menos un cuarenta por ciento de la población uruguaya no se ha agendado. ¿Por qué? Es difícil saberlo. Pero uno puede hacer hipótesis. La mía se resume en dos palabras: desconfianza y miedo. Porque una cosa es cumplir medidas precautorias y guardar silencio sobre sus contradicciones. Otra es inyectarse un producto desconocido, cuyos fabricantes exigen que los contratos de venta sean secretos y ser ellos liberados de responsabilidad por los efectos del producto.
Por otro lado, en el mundo, y ahora también en Uruguay, se van sumando casos de personas recién vacunadas que han contraído la enfermedad e incluso han muerto. El de Sandra Dodera es un caso paradigmático. Militante pro-vacunas, muy impresionada con la enfermedad, vivía encerrada desde el inicio de la pandemia, sin ver a nadie más que a su esposo. Sólo salió a la calle dos veces, para vacunarse. A los pocos días contrajo covid, se agravó, fue internada y falleció. Una de las últimas cosas que escribió en Facebook fue: “malditas vacunas”.

LAS PATAS DE LOS MITOS
Cuando yo era chico (supongo que a ustedes les pasaría lo mismo), en casa me decían: “Mirá que la mentira tiene patas cortas”.
No tengo mucho más que agregar. El juicio popular es lento. La gente se toma su tiempo para llegar a una conclusión. Pero un hecho se suma a otro, la experiencia se acumula, y al final el veredicto llega. Así es la sabiduría popular, hecha de experiencia y tiempo. Tarda, pero, cuando llega, es muy difícil ignorarla o revertirla. Y de nada sirven para eso las túnicas y los títulos.
Los abanderados de la pandemia han mentido mucho. En el mundo y en el Uruguay. Algunos ya deberían estar preocupados. Porque es cuestión de tiempo.

Publicada originalmente en Semanario Voces