“Pereyra, Sotelo y muchos más”, por Hoenir Sarthou

No puedo empezar esta nota sin referirme a una noticia horrible, el fallecimiento de Amílcar Nochetti, que durante tantos años fue excelente crítico y analista de cine de “Voces”.
Siempre disfruté de sus notas, pero, en los últimos años, fuimos además vecinos, y cada encuentro casual con él, en la calle o en el supermercado, significaba para mí una lección, no sólo de cine sino de cómo interpretar el cine, lección que Amílcar me dispensaba con sencillez, cordialidad y generosidad. Te vamos a extrañar, Amílcar.
Voy ahora al motivo de fondo de esta nota, que, curiosamente, tiene por tema sendas publicaciones de otros dos periodistas: Gabriel Pereyra y Gerardo Sotelo.
Para quien no esté enterado, el jueves pasado, Gabriel Pereyra, que dirige o tiene un rol preponderante en varios medios de comunicación, publicó en el semanario “Búsqueda” una columna titulada “Confesión de un periodista avergonzado”, en la que admite haber ejercido “una censura despiadada sobre información altamente delicada que involucra a toda la población”. Se refiere, obviamente, a la restricción ejercida por él, y por la casi totalidad de la prensa de alcance nacional, sobre la información y las opiniones que cuestionan a las políticas pandémicas y de vacunación.
En honor a la verdad, debo decir que, antes incluso de publicar esa columna, Pereyra y gente de su equipo de producción habían tomado contacto tanto con Aldo Mazzucchelli como conmigo para coordinar entrevistas relativas al tema. Aunque, hasta ahora, ni Mazzuchelli ni yo hemos tenido confirmación de las entrevistas previstas.
Esa columna generó muy diversas reacciones en los ámbitos críticos respecto a la pandemia, en particular en las redes sociales, donde hubo desde expresiones de gratitud y admiración hacia Pereyra hasta claras manifestaciones de desconfianza y rechazo basadas en la gestión previa de Pereyra respecto al tema pandémico.
Como suele ocurrir, los juicios tendieron a centrarse en la persona y trayectoria previa de Pereyra, más que en su artículo, lo que obviamente equivale a un mal punto de abordaje del asunto.
Una información periodística (en este caso la denuncia expresa de la existencia de censura sobre cierto tema) tiene efecto y valor por sí misma, sobre todo si quien la denuncia es uno de sus autores. Por eso resulta paradojal que gente que desde hace casi dos años viene sufriendo y protestando por esa misma censura, centrara sus comentarios en la actuación previa de Pereyra, o en sus opiniones personales sobre la vacunación, o en los nombres que eligió para ejemplificar sobre a quienes había privado de voz.
Desde luego, las opiniones personales de Pereyra sobre la pandemia y sobre las vacunas no son relevantes en el asunto, desde que él no pretendió haber cambiado de opinión, sino que se reprochó no haberles dado oportunidad de expresarse justamente a quienes piensan diferente a él mismo. Y esa es la clave de la libertad de expresión en materia periodística: no consiste en darle voz a quienes piensan como el periodista, sino en dársela a quienes piensan distinto.
El otro asunto es que Pereyra ejemplificó con tres nombres a las víctimas de esa censura que admite. Por cierto, podría haber nombrado a muchas más, como Javier Sciuto, Fernando Ferreira, Fernando Vega, Mariela Michel, Rafael Bayce, Marcelo Marchese, Laura Gabriela Domínguez, Fernando García, Cipriano Curuchet, Luis Anastasía y tantos otros. ¿Es eso importante? ¿Alguien, fuera del propio Pereyra, podía definir a quién nombraría?
Es obvio que no. Si uno está preso en una cárcel, y alguien amaga a abrir la cerradura, uno no se fija en el color de la llave. Del mismo modo, si alguien reconoce que hay censura, no importa demasiado a quien nombre como censurado, porque todos los censurados y el público en general nos beneficiaremos si la censura se afloja.
En síntesis, los hechos políticos tienen un significado que va mucho más allá de la persona que los genera. Por eso, aunque alguna gente no lo haya entendido, muchos nos alegramos por la nota de Pereyra. Y esa valoración no significa ningún juicio sobre la persona de Pereyra, sino sobre los efectos que traería su nota.
¿Efectos? ¿Qué efectos?
Ningún análisis de este hecho político está completo si no se toma en cuenta su principal efecto: la respuesta que le dio Gerardo Sotelo, como Presidente del Servicio de Comunicación Audiovisual Nacional (SeCAN), o sea como director de los medios públicos de comunicación.
Prácticamente al día siguiente de la publicación de Pereyra, le salió al cruce Gerardo Sotelo, con una nota publicada en el sitio oficial del SeCAN y firmada con expresa mención de su cargo de Presidente de ese Servicio. O sea, una respuesta oficial, si las hay.
¿Y qué dijo Sotelo?
Sencillo: dijo que sí se evitaba dar espacios a los críticos de la pandemia (“negacionistas”, según él) y afirmó que está bien que así sea, en base a una enrevesada serie de argumentos que pueden resumirse en que un periodista (léase el propio Sotelo) es capaz de saber qué es verdad o mentira, qué es científico o no lo es, y qué es mejor para el bienestar físico e intelectual de la población. Nada, la absurda declaración de omnipotencia con que suelen justificarse todos los censores.
Eso es lo que Sotelo dijo. Pero está también lo que no dijo, pero dejó implícito. Si esa opinión es la del Director de un Servicio que controla a todos los medios de difusión del Estado, y tiene además directa repercusión en los medios privados, que dependen en buena medida de la publicidad oficial, el mensaje de Sotelo es mucho más que una opinión. Es una orden para los funcionarios de los medios públicos y una seria advertencia para los medios privados. Una advertencia que puede leerse así: “No importa lo que diga Pereyra; la censura sigue y está bien que siga; esa es la posición oficial del Gobierno; lo digo yo como Presidente del SeCAN.”.
En suma, Sotelo salió rápidamente al cruce de Pereyra para evitar que otros periodistas creyeran terminada la zafra de censura y se largaran a entrevistar a críticos de la pandemia.
¿Qué hay de positivo en esto?
Bueno, para quienes creemos que siempre es mejor una verdad expuesta que una oculta, saber que oficialmente se ejerce censura (la llame como la llame Sotelo) y que está respaldada por el gobierno. Con el silencio cómplice –justo es decirlo- del principal partido de oposición.
Que conste: nuestra Constitución prohibe la censura previa (o sea la prohibición oficial de que se difundan ciertas opiniones) y desde 1985, cuanto terminó la última dictadura, ningún gobernante había dicho expresamente que una corriente de opinión no podía expresarse a través de los medios de comunicación.
Eso ya estaba ocurriendo en los hechos. Pero hoy nadie puede ya negarlo porque, en respuesta a la columna de Pereyra, fue escrito en negro sobre blanco, en el sitio oficial, por el mandamás de los medios públicos de comunicación.
Para concluir, la corriente de opinión que Sotelo, y el sistema político que lo respalda, están censurando es la misma que en Austria es confinada, en Italia se le impide trabajar y en Australia se la reprime. La misma que Facebook y todas las redes sociales censuran también. La que, pese a ello, organiza manifestaciones cada vez más grandes en todo el mundo y crece en la misma medida en que las mentiras difundidas por la prensa oficial y oficiosa (el PCR, los tapabocas, las cifras de contagios y muertes, los efectos adversos de las vacunas y los contratos secretos firmados con la industria farmacéutica) van quedando en evidencia.
Se puede secuestrar a la verdad por un tiempo, Gerardo, pero tarde o temprano aparece y exige cuentas a sus censores.

Publicada originalmente en el Semanario Voces

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