El abuso del término “vecino” en los discursos actuales disuelve las identidades reales y crea jerarquías silenciosas.
_¿Quiénes pertenecen realmente a la comunidad en un territorio forjado por la inmigración?
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El otro día, después de una reunión en la que se habló mucho de “los vecinos”, me quedé pensando: verdaderamente, ¿quiénes son los vecinos?
El término “vecino” y “vecina” se usa tanto que, en muchos casos, considero que se cae en el abuso. Al disolver al individuo concreto y hacerlo entrar en esa nebulosa donde no se identifica al sujeto, el hecho de darle la categoría de “vecino” de alguna manera lo protege, lo valida, casi que lo santifica y, más que nada, se lo justifica: ¡“Cómo no le vamos a hacer caso, si es vecino”!
El tema es que parece ser que algunos “vecinos” son más vecinos que otros. ¿En qué consisten estas categorías invisibles de vecinos, en las que algunos de ellos merecen más el título que otros?
En definitiva, la categoría de “vecino” funciona como un club con derecho de admisión. Se usa para trazar una línea invisible entre un “nosotros”, los legítimos (los que merecen ser escuchados, protegidos y justificados) y un “ellos” los periféricos (los que habitan el mismo espacio, pero cuyas demandas u opiniones no tienen el mismo valor).
Convivimos en una aparente armonía en este enclave del Río de la Plata, un lugar marcado por la inmigración donde se cruzan los nacidos y criados, los venidos y quedados, uruguayos, argentinos y extrarregionales. Precisamente por eso, urge prestar atención al uso y abuso del término “vecino”: corremos el riesgo de transformarlo en un filtro de discriminación solapada hacia cualquiera que no encaje en nuestro molde de lo habitual. Un lujo que no nos podemos dar en un lugar que se precia de su categoría de “internacional.”











