“Pipe”, por Danilo Arbilla

A mi padre le decían Pipe. No sé por qué, se llamaba Mauricio. Mauricio Nepomuceno (por Saravia). Mi bisnieto se llama Felipe, pero a nadie se le ocurre decirle Pipe.
Mi padre era buena gente. Lo admiraba y éramos amigos.
Comisionista, de lunes a viernes viajaba de Casupá a Montevideo. Traía encargues. Respetaba y se hacía respetar. No era arrogante ni desafiante, pero no era adulón ni hacía relaciones públicas, jamás.
Pescador y cazador. Con mi hermano poco lo acompañábamos. Si era pesca, había que hacer más silencio que en misa. Y si era cazar, se metía en los maizales y no bajaba de 4 o 5 perdices y unas tres liebres. Para nosotros no era programa: caminar y caminar entre terrones y a la vuelta cargar con las piezas. Los sábados nuestra madre le daba el parte: hicieron esto, hicieron aquello. Mi padre hacía gestos de extrañeza o de disgusto, para no desairar a mamá.
“Y además fuman (13 y 15 años) y creen que me engañan, las madres vemos todo”. Y algo de cierto había porque fumábamos en pipas de caña tacuara, para evitar el olor en los dedos y después masticábamos hinojo para que no nos delatara el aliento. En algún momento sin mamá presente, nos comentó: “el hinojo “jiede” más que el tabaco”.
Era honesto hasta el aburrimiento. No tenía dios ni jamás lo invocó. Nunca. No le gustaba la muerte; sobre ese tema prefería no hablar. ¿Le tenía miedo? Simplemente no le gustaba. Le costaba ir a los velorios. Y ese es un rito que en el pueblo hay que cumplir. Lo cachábamos y le decíamos que cuando le tocara a él íbamos a tener que comprar un cajón con los manubrios para adentro para que él mismo se cargara, o buscar uno redondo para poder llevarlo rodando. Una vez fue a un velorio de una señora fanática de su jardín, el que ostentaba al frente de su casa. Cuando volvió mamá le pregunto si había mucha gente: “si, le pisotearon y deshicieron todo el jardín”.
Papá murió a los 67 años: un melanoma implacable, por un lunar que se lastimó y se atendió tarde. Cuatro operaciones en dos años. Tumores en los intestinos y en la cabeza. El cáncer lo tomó todo, menos los pulmones. Siempre mentalmente lúcido y sin ningún tipo de dolores.
Su corazón no aflojaba y papá, con menos de cuarenta kilos, postrado, mirando el techo, esperando. El oncólogo me consultó sobre la idea de sedarlo.
No iba a preguntarle a papá ¿“te querés morir ya?”. Le pregunté a mamá: “por qué, él sigue aquí, con nosotros”. Y tenía razón, papá prendía la Spika para escuchar informativos o fútbol. Yo lo afeitaba con una máquina eléctrica y él con el dorso de la mano me reclamaba donde había que repasar. Mamá le daba de comer y ambos hablaban y reían. Estaban juntos, se amaban y estaban felices de seguir juntos.
Tras cada visita médica, papá se interesaba y yo lo alentaba: dice que tenés un corazón y unos pulmones de hierro. Un día su corazón se quedó sin fuerzas y dejó de vivir. La última vez que se lo repetí, dos horas antes del fin, me dijo: “esta vez no, pero gracias hijo, me has ayudado mucho”. Papá murió feliz. Pienso.
Creo que hicimos lo correcto. Pero, si en algún momento papá nos hubiera dicho que prefería no seguir viviendo, que la espera lo angustiaba, que sufría por ello, o por cualquiera otra razón válida para él, no hubiera tenido ninguna duda, ninguna, y le habría dicho al médico que procediera.
Era su vida. Con qué derecho y autoridad yo podría haberle dicho: “lo siento, tenes que seguir viviendo, te guste o no”.
Ni a papá, ni a nadie.