“Que valga la pena”, por Diego Echeverría

A esta altura parece bastante bizantino, por lo temprano y por lo obvio, discutir quién representa y lidera (a pesar de no forzarlo y eso es lo maravilloso de la legitimidad) las ideas y sentimientos del Partido Nacional, y también de alguna forma de la coalición Republicana.
La figura de Luis Lacalle Pou hace rato que ya no le pertenece a Luis Lacalle Pou (esa es la parte no tan maravillosa de la legitimidad, especialmente para Luis Lacalle Pou). Ya la colectividad blanca lo erigió y lo eligió. El consenso es atronador.
El actual gobierno y la fuerza política que intenta llevarlo adelante sin mucho éxito también lo eligió. Es más, lo sueñan.
Las encuestas también son contundentes. Podría citar los abrumadores números de Equipos Consultores donde dicen que él es el único dirigente del país con saldo neto positivo entre simpatías y antipatías, pero prefiero graficarlo con una imagen: es la única barrita verde en un universo gráfico de barritas rojas.

Las candidaturas se pueden materializar sin liderazgo. El actual Presidente es la clara muestra. Pero los liderazgos es muy raro que puedan escapar de las candidaturas. Es un proceso natural y popular. Lo de Luis Lacalle Pou a esta altura es ineludible, hasta por un mandato de representatividad y legitimidad, por un llamado patriótico al que es imposible no acudir. Ya no es que él diga que sí, es que ya es impensable decir que no, porque como decíamos al comienzo ya no se pertenece, le pertenece a la gente, a su gente.

Por lo tanto, no son tiempos de pensar en quién sino en qué y para qué. ¿Para qué volver a gobernar?. ¿Sólo para ganar? Porque la cuestión es clara: hay que ganar y que valga la pena.
No es justa ni responsable la ansiedad mesiánica de asumir que tendremos el candidato que queremos, que ganaremos y que todo desde ahí es color de rosas. No, eso es de una pobreza política que el país no merece. Hay que construir desde ya las nuevas estructuras, el recambio generacional, los nuevos contenidos, la nueva agenda y los nuevos equipos que hagan que valga la pena ganar.
Para llevar adelante las transformaciones que el país necesita y que este gobierno por falta de rumbo, de calidad de equipos, de foco, de prioridades y de acciones no ha podido ejecutar.
El tiempo pasa, el deterioro social avanza, el tejido social se debilita.
Hay que atreverse a hacer la reformas profundas que frenen la caída y los cambios disruptivos que nos permitan desarrollarnos.

Este Uruguay de hoy entró en una crisis de decadencia. Un proceso de pérdida progresiva de fuerza, de valores, de ilusión de prosperar. Ese deterioro se traduce en el debilitamiento de las normas de convivencia, en el resquebrajamiento de valores colectivos que oficien de tejido social para frenar la caída (casualmente decadencia proviene del latín “cadere”, que significa caer). Y de eso se trata, de dejar de caer, y desde ahí avanzar.

Este gobierno perdió la capacidad de agenda, no tiene un rumbo con el que incluso uno puede disentir. Literalmente están perdidos. La disociación de sus prioridades y acciones con las prioridades y necesidades de la gente es evidente. Por eso el clima social que reina es de descontento y frustración. Porque los uruguayos se frustraron (de todos los colores, incluso frenteamplistas) porque les mintieron. Inflaron expectativas que luego pincharon, hicieron promesas que luego incumplieron. Y lo peor de todo es que no las incumplieron producto de coyunturas o falta de gestión, las incumplieron porque desde su génesis eran incumplibles. Y esa es la peor de las mentiras, la que juega con la ilusión mirando a los ojos de quien cree. Eso es decadencia, eso es el veneno de la política. Prometieron 2000 policías al otro día de asumir, sabiendo que eso es absolutamente imposible formal y materialmente. Prometieron no subir ni crear impuestos sabiendo que lo iban a hacer. Mintieron a consciencia y con descaro. Por eso tienen la aprobación popular que merecen, porque se la ganaron.

Ganar la próxima elección debe ser la consecuencia de que el proyecto que llega es muy bueno, no la consecuencia de que el que se va es muy malo.
Este gobierno no se atreve a cambiar, le tiene miedo a los cambios porque es rehén del corporativismo y milita un conservadurismo preocupante.
El próximo gobierno recibirá un país en crisis. Y no es “curarse en salud” ni un análisis demasiado profundo, es que ya estamos en crisis y faltan tres años y medio.
Ojalá el próximo gobierno, que estoy seguro quién lo liderará, ponga sobre la mesa desde el día cero una batería de reformas que cambien la pisada del país. Una especie de “super LUC” que mueva la modorra política y que se atreva a discutir temas que ya no dan para más.
Uruguay se debe impostergablemente debates sobre el monopolio en la importación de combustible, sobre reforma del Estado, sobre replantear el rol de ciertos organismos y empresas públicas en el 2030 (entre otras muchísimas INUMET, AFE, ANCAP y el lastre del portland).

En tiempos de inteligencia artificial tenemos debates que atrasan 50 años. en tiempos de ChatGPT, Gemini, Grok, Copilot o Claude, nosotros estamos discutiendo sobre la creación de nuevas estructuras estatales.
Y esa esa una de las mayores batallas políticas de los próximos tiempos.
Porque es aberrante creer que una causa o una política pública solo pueda llevarse adelante si se crea una respectiva burocracia estatal para ese fin. Una nueva Dirección, un nuevo Instituto, un nuevo Comisionado Parlamentario, una nueva Administración, que sigue requiriendo recursos que luego faltan para otras cosas. Y ojo que esto no es el reclamo “facilón” de “bajen el costo del Estado”, hay que discutirlo a fondo y sin demagogia. Porque como decía el paisano “no es lo mismo gordura que hinchazón”
El Estado está en crisis porque es pesado, lento e ineficiente. La falacia de que toda política tenga su correlativo aparato solo debilita esfuerzos y desvirtúa resultados.
Hay que cuestionar la lógica según la cual el volumen del gasto, la cantidad de cargos o el tamaño de una estructura se presentan como si fueran resultados en sí mismos. Gastar más no es gobernar mejor, crear cargos no es prestar mejores servicios, y recaudar más no es crecer. El Estado aumentó de tamaño mucho más rápido de lo que aumentó su eficacia. No se trata de cuánto se puso si no qué cambió con lo que se puso.
La sociedad cambió, por lo tanto el Estado debe hacerlo. Las expectativas de la sociedad cambiaron, por lo tanto la respuesta de la Política debe hacerlo. Una respuesta que valga la pena.