Roque Bellini: “La música es un juego, es libre expresión”

El multifacético músico, productor y docente presenta su show “Free Play” este sábado 17 de setiembre, a las 20.30 hs, en el Centro Cultural Maldonado Nuevo.

Curioso, inquieto, enlazador de sonidos y enamorado del instante, Roque Bellini descubrió la música desde muy pequeño. Toca una larga lista de instrumentos y hace sonar cualquier cosa que se le cruce en el camino, porque como dice, “todo es música” y “la música es un juego”.
Al igual que un biólogo, recolecta sonidos de la playa y el bosque, y los marida con voces, pequeños ruiditos o acordes de un piano. Despliega, como un pintor, texturas musicales y así, en sus shows, va creando atmósferas musicales que envuelven al público en una experiencia sensorial inolvidable. Pero sobre todo, Bellini es un surfista de la improvisación, entendida como el arte de “reordenar espontáneamente cosas que ya sabemos”. En sus presentaciones, arma y desarma canciones fugaces que crea con su computadora e instrumentos en el vivo.
Charlamos con él sobre su espectáculo del sábado en el Centro Cultural Maldonado Nuevo, su llegada a los instrumentos, la inspiración, su rol docente y su mirada acerca de la vida y el arte.

-¿Cómo llegaste a la música?
-A los 8 años empecé a estudiar guitarra, porque mi hermana más grande tocaba la guitarra, una guitarra que le había regalado nuestra abuela. En mi familia nadie hacía música, no es que vengo de una familia de músicos. Fue mi hermana Alexandra que me empezó a llevar a estudiar guitarra. Una vez por semana, iba a un comunal barrial, con una profe, y como era antes de la escuela, la guitarra venía conmigo a la clase. Me acuerdo una escena: una vez la dejé apoyada en la pared, al lado de mi banco, alguien abrió una ventana, entró una ráfaga de viento y me tiró la guitarra al piso. Se partió el brazo y estuve un tiempo sin guitarra, eso hizo, quizás, que vaya buscar otros instrumentos. Siempre tuve mucha curiosidad. Entre los 10 y los 12, fui a aprender batería, percusión y al tiempo ya tocaba en una banda. Tocaba en los sillones, en baldes, con tachos, todo era un instrumento. Después vino el piano, más adolescente, y el bajo… y por último el acordeón.

-¿Qué es la producción musical?
-El rol de productor existe desde siempre, pero hoy en día con los géneros más urbanos, en donde alguien canta y hay otra persona que le hace la pista, “los beats”, apareció la pregunta: ¿quién es esa persona que le hace la pista?. Ése es el productor. Pero la producción no es solamente hacer, sino que es ordenar, pensar… pensar la música, ordenarla, crearla y recrearla, grabarla… Hay todo un camino desde la idea que está en la cabeza hasta llegar a un formato en el que el público pueda reproducir y escuchar esa canción.

-¿Cuándo te diste cuenta que querías ser productor?
-En mi caso, me fui dando cuenta con el tiempo que en la mayoría de las bandas en las que yo tocaba ya tenía un rol como de productor. Yo siempre fui de proponer cosas, arreglos, estéticas, de tomar las riendas. Por ejemplo, que salga la batería y toda la banda se quede tocando sola, o que en otro momento quede solo la voz acompañada de la guitarra. Ese tipo de propuestas son las que hace un productor y ahí me sentí identificado con ese rol.

-¿Cómo fue ese quiebre de llevar al productor, que suele estar en el detrás de escena, al escenario?
-Hubo un momento en el que sentí que me costaba plasmar mis canciones, terminarlas, grabarlas. Lo loco es que cuando el material no era mío, se me hacía más fácil. Estaba un poco frustrado por eso y llegó un libro a mis manos que me cambió la vida y la mirada hacia la música. “Free Play: la improvisación en la vida y en el arte”, de Stephen Nachmanovitch. Cuando lo empecé a leer instantáneamente me sentí identificado con esa forma de vivir donde la improvisación tiene un rol protagonista y se entrena en la vida, para luego llevarla al arte y viceversa. Ya que las decisiones que entrenamos en el arte, después nos sirven para la vida. El autor plantea que la improvisación es “un reordenamiento espontáneo de lo que ya sabemos”.

-¿Y eso qué quiere decir?
-Se deja de lado la idea de que la improvisación es hacer cualquier cosa o lo que te sale en el momento y nada más. La idea del libro es que para improvisar hay que tener conocimiento y estar disponible para reorganizarlo en tiempo presente. Eso a mí me generó la curiosidad y las ganas de estar permanentemente formándome con diferentes conocimientos, que muchas veces no solamente son musicales. Después, cuando viene parte del reordenamiento, del ensamble de esos conocimientos que tenés en la cabeza, es cuando uno experimenta esa libertad genuina y llena de adrenalina que te genera improvisar.

-¿Cómo conectás esto con esa imposibilidad que sentías para plasmar tus canciones?
-Cuando descubrí este concepto de improvisación me di cuenta que lo que yo amo es hacer exactamente eso: investigar y llevar cosas al escenario para después “cocinarla” con la gente ahí mirando, dejándome estimular por sus miradas. Quizás lo mío no es grabar, hacer canciones cerradas, sino más bien construcciones que se plasman en el presente y cuando termino el set se esfuman. En vez de ver eso que me costaba como una debilidad, entendí que mi fortaleza estaba en otro lugar y empecé a construir mi música en base a eso. Ahí todo empezó a fluir.

-Tu show se llama “Free Play”, como el libro, ¿de qué se trata?
-El espectáculo es un homenaje a este libro que significa juego libre, libre expresión. Cuando voy a tocar en vivo siempre llevo un montón de sonidos. Es como un escritorio lleno de colores, de pinceles y un lienzo en blanco que es ese silencio cuando está por empezar el show. A veces voy con algún bosquejo de idea, pero siempre es ahí, en el momento, cuando empiezo a crear. Me encanta ese vértigo y me encanta darme esa libertad. Trabajo con aproximadamente 27 pistas de música en vivo funcionando. De esas 27, llevo 7 con algunas cosas pregrabadas: el bombo, algunas voces en off, texturas de sonidos que me gustan que saco de la playa, de vinilos, etc. Y me quedan 20 pistas libres donde empiezo a grabar en el momento usando todos mis instrumentos. Por ejemplo grabo un bajo, algo con el teclado, grabo una voz, grabo una percusión, y así empiezo montar, grabar y montar, y se va armando la canción. A eso le voy poniendo efectos, y dándole forma al tema. En esta ocasión, también invité a Daniel Fajardo, un compañero de una querida banda, Sordura Vegetal, para hacer unos temas y a una pareja de tango para que me acompañen mientras toco el acordeón.

-¿Y qué sucede con el público en tus shows?
-Hay algo muy mágico, que es que yo puedo percibir muy bien lo que está pasando con el público. Y eso que percibo, lo puedo transmitir en sonido al instante. O sea que se da un diálogo entre lo que hago y quienes escuchan. Es un círculo, una simbiosis. Me nutro de la gente. Veo a uno cómo baila y le saco ideas de su forma de moverse, me da ideas musicales de cómo hacer un bajo, de cómo hacer una línea de vientos. Y yo creo que el público en mis shows se siente que está siendo parte de algo, que la música está siendo hecha para ellos en ese preciso momento.

-Solés tocar en fiestas, bares, salas de música, ¿cambia en algo que esta vez sea en un teatro?
-Yo tengo una relación muy especial con el teatro. Cuando era adolescente, descubrí que en la Casa de La Cultura de Maldonado había un teatro y que las funciones eran gratis. Ahí empecé a ir a todas las obras que se estrenaban. A todas. Nunca había ido al teatro de chico. Obvio que me comí un montón de emboles, pero cuando la historia me aburría, me ponía a ver la técnica, a ver las luces, cómo habían armado el escenario. Eso me dio mucha visión de cómo se ven las cosas de afuera y cómo me gustan que se vean en mis shows. Aprendí y me inspiré mucho adentro de un teatro. Quizás por esto, me alegra mucho que Free Play sea en una sala así, también me permite hacer un montón de música que en mi carrera musical he creado y que de repente es música más tranqui, música más para escuchar, para ver y no solo de fiesta. Me gusta que también sea un espacio para todo público, para familias, jóvenes y niños.

-Para cerrar, ¿qué intentás trasmitirles a tus alumnos con la música?
-El español es uno de los pocos idiomas en el mundo que usa la expresión “tocar” para hablar de hacer música. Viste que solemos decir: “Yo toco música o vamos a tocar…”. En inglés, en cambio, se usa “play”, que sería “jugar” y así hay un montón de idiomas donde a la acción de hacer música se le dice “jugar”. Yo vivo la música así, como un juego y mi mensaje principal en las clases es ese: esto es un juego para divertirse y explorar. Y dentro de este juego, uno puede expresarse, liberarse y curarse. La música es medicina, tiene un poder más allá que a lo largo de la historia se ha usado en diferentes culturas para ritos, rituales, ofrendas, rezos. Y su gran poder que es que nos hace vibrar, por lo tanto nos mueve. El 70% de nuestro cuerpo está hecho de agua que es un elemento que se mueve por la vibración, por lo que la mayoría de nuestras células, cuando escuchamos música, vibran. Por eso con la música podemos cambiar muchas cosas de nuestro cuerpo.

Julieta Troielli @azarero


Centro Cultural Maldonado Nuevo. Sábado 17 a las 20.30 hs.

Agapito Parabera y Bartolomé Howel.
T: 4226 8635 / 092191970.
IG: centroculturalmaldonadon