
Delicada artesana de la tinta, Tamara Villoslada es una artista plástica muy especial cuyo trabajo ha dejado su huella en galerías de arte en Buenos Aires, Córdoba, Nueva York, Tokio y Barcelona. En sus dibujos se refleja “un mundo interior, femenino, delicado, chicas sumergiéndose en paisajes subterráneos, nadando en mares bravos y buscando sus propios refugios en la naturaleza”.
Contemplar las acuarelas de Villoslada es una experiencia llena de sensibilidad y sutileza.“Soy libre cuando puedo ser yo misma. Conmigo misma, sintonizada con lo que voy sintiendo a cada momento más allá de mis propias exigencias y los debería de mi mente…”, expresa Tamara en un posteo de su cuenta de Instagram (@tamaravilloslada), y algo de eso resuena en toda su obra: la sagrada posibilidad de encontrar a través del arte una manera de escucharnos, registrarnos y dar testimonio de nuestra búsqueda de libertad cotidiana.
La artista nos abre las puertas de su universo artístico y nos invita a descubrir su proceso creativo. Desde su infancia, donde ya mostraba su pasión por el arte, hasta su influencia actual viviendo rodeada de naturaleza en La Barra, nos revela cómo su entorno y su forma de vida se entrelazan con su obra.
-Tamara, para ti, ¿qué significa ser artista en pocas palabras?
-Ser artista para mí es una necesidad de expresar una sensibilidad especial, que se vuelve casi una necesidad… de sacar afuera y dar forma a tanto mundo interior. Y también una forma de mirar al mundo.
-¿Recordás el momento en el que conectaste con el arte por primera vez?
-Tengo varios recuerdos haciendo dibujos y cartas de tamaño mínimo y detallado, y pasarme un día entero haciendo un césped en un dibujo, por ejemplo. Mucha línea en lápiz y sin colorear (en el colegio me lo solían marcar: “¡falta colorear!”). Y me veo en las fotos con 3 años ya con una birome o lápiz en la mano y una libretita. Y veo a mi hija de esa edad ahora haciendo lo mismo.
-¿Cómo describirías tu obra?
-Mis ilustraciones reflejan un mundo interior, femenino, delicado, chicas sumergiéndose en paisajes subterráneos, nadando en mares bravos y buscando sus propios refugios en la naturaleza.
-Vivís en La Barra, rodeada de bosques y disfrutás del mar surfeando. ¿Cómo creés que esto influye en tu obra?
-Vivir rodeada de naturaleza me cambió la vida. El verde del bosque y el mar son dos paisajes que me hacen bien, que me sanan. En otro momento de mi vida elegí el Raval, en Barcelona, y terminé agotada de no poder ni ver el cielo, tenía que levantar la cabeza para mirarlo. Siendo patagónica y habiendo vivido muchos años en la parte más árida de la Patagonia, aprecio muchísimo el verde de la vegetación. Y sobre el mar y el surf… Saber que, aunque esté frío, gris o tormentoso, hay gente que va a buscar una ola y se mete, me hace sentir que nunca nada puede estar tan mal. También me hace bien, me alivia saber que pase lo que pase, tengo el mar para ir a caminar, meterme o simplemente mirarlo… El entorno me afecta bastante, y por algo elegí este lugar que me hace bien. Me siento en mi lugar en el mundo.
-¿Sentís que el arte tiene una función social o comunitaria? ¿Cuál es?
-Creo que el arte ofrece una mirada que puede conmover, hacer cuestionar, repensar y deleitar a quien lo mira. Históricamente, ha cumplido una función de ayudar a dar sentido, y es una búsqueda en la que, como humanidad, siempre estamos inmersos.
-¿Qué te regala pintar/dibujar a ti y a tu proceso vital?
-Sentarme a dibujar es una forma de volver a mí. Me abstraigo del mundo ordinario para sumergirme en ese océano interno donde emergen formas, imágenes y palabras que me ayudan a descifrar e integrar lo que estoy sintiendo y viviendo.
JULIETA TROIELLI – @azarero
FOTO: GENTILEZA NATALIA AYALA – @_natiayala_














