Visitamos a Plinio Beto Rinaldi cumpliendo 70 años en su ciudad amada, Maldonado, de regreso de Portugal, Oporto y rescatando las pocas cosas positivas de la pandemia, como el reencuentro con nuestros orígenes. Es un placer hablar con Plinio, quien ya con temprana edad y beca mediante, llega a Europa y su vida ya no será la misma. De vuelta en Uruguay se aboca a lo que hace como pocos, pintar. Acaba de terminar su primer cuadro pintado en el departamento después de mucho tiempo y nos cuenta:
Es en ese viaje, que obtuve la beca donde recorrimos doce países, llego a Paris y descubro con trece años mi verdadera vocación de pintar. Fui a la Galeria Lafayette, donde me perdí, -risas-y vuelvo a Maldonado en el año 1965. Llego con la convicción de lo que quería hacer: pintar, con la contra de mi padre que quería que siguiera una carrera universitaria, y pintara los fines de semana. Cosa que para mí no funcionaba así.

-¿De qué se trataba la beca que ganaste?
-Tenía poco que ver con la pintura. Me anotó Cacho Tejera, podías acceder a varios cursos, yo opté por vitreaux, aprendí a hacer mapas y fotografía, realmente los usé poco en mi carrera profesional. Fuimos invitados por boys scouts franceses, suizos de varios países europeos. Estuvimos en pensiones, recuerdo una especialmente sobre el canal en Venecia. Con trece años se me abrió la cabeza. Vuelvo al liceo de Maldonado, recuerdo que mi padre me quiso llevar a la Escuela Naval y fuimos con mi hermano, cuando vi un hombre con un arma en la puerta, me dije no, esto no es para mí -risas-. Ya a los 16 años de edad, no era buen alumno en el liceo, no me interesaba mucho. Descubrí lo que me marcó para siempre, que me interesaba ser Aprendiz de mucho y Profesor de nada.

-¿Quiénes fueron o a quiénes consideras tus maestros?
-Mira, a los 16 anos me fui a Montevideo, quería estudiar en Bellas Artes y ya el ambiente político estaba complicado, no abrían las escuelas y me fui a estudiar a Buenos Aires, con permiso de menor. Yo debo ser el único pintor que viví con Manolo Lima, estuvimos en una casa sin luz eléctrica y ahí pinté mi primer cuadro premiado, tenía 18 años. Recuerdo que hacía la comida, limpiaba y con eso le pagaba las clases. Y después prácticamente viví en las galerías. Bruzzone fue una de las primeras. Y me gustaría nombrar al Dr. Luis Berruti (el papa de Álvaro) que era vecino de Kurt Speyer, dueño de Bruzzone, en Las Delicias. Berrutti le dijo que tenía que ver mis cuadros, a lo que accedió y enganché enseguida con la Galería. No me olvido que él se jugó por mi arte y le estaré siempre agradecido. Gané varios premios acá y en Montevideo, que lo interesante no era ganar los premios en sí, sino las vinculaciones que generabas. Yo era muy joven y lo increíble era que mis compañeros eran Pailós, Cúneo, Solari, todos los viejos maestros y yo era el más chico. Cacho Tejera me llevaba 11 años, para mi Cacho fue más que un amigo, fue un referente que me hizo entrar y comprender el mundo de la pintura, donde tu tienes que vivir de eso.

-Una vida entera dedicada a la pintura con muchas exposiciones, ¿cuál recuerdas con más cariño o consideras la más importante?
-Muchas en realidad, pero destacaría dos organizadas por Organismos Internacionales, la de Naciones Unidas en Nueva York y OEA en Washington, por el trato y el respeto que recibí sumado al reconocimiento como artista uruguayo.

¿Podemos decir que el Leith motiv de tus obras son los Ombúes gigantes y las lunas?
-Mira, en realidad nunca pinté los árboles gigantes pensando en ombúes. Recuerdo que, en el gobierno de Julio María Sanguinetti, se obsequió una obra mía como representativa de nuestro arte y me dijeron: ah!!! usted es el pintor de los ombúes, pero nunca lo consideré o lo vi de esa forma, pero me quedo el título del pintor de ombúes. -risas-

DRA. MARIELA VITALE
FOTOGRAFIA FERNANDO J. CALERO