“Vamos presidente”, por Ricardo Garzón

Las redes sociales han terminado de desnudar el sistema político uruguayo. Ponen diariamente sobre el tapete informativo los diferentes actos de corrupción política que se vienen sucediendo con manifiesta impunidad a través de los tiempos, y descubren minuto a minuto que el andamiaje político todo, frenteamplistas, blancos y colorados, vienen traicionando desde larga data el voto ciudadano.
Alta traición, que se le debe atribuir con fuertes razones al Frente Amplio, partido que llegó a la Presidencia de la República en ancas de una promesa ladina y malevolente de subsanar los desastres generacionales en que habían incurrido en reiteración y corrupción, por décadas, los partidos tradicionales.
Ha sido, todo, más de lo mismo. A la pandemia del coronavirus debe agregarse el estado de pobreza generalizada que traducen las canastas y proliferación de ollas populares en todo el territorio. El pueblo con hambre, en un país que, sin pudor, exhibe un sistema político desaprensivo e irresponsable, que le ha puesto candado a sus bolsillos llenos.
El sistema político uruguayo comparte responsabilidad en el repudiable monto que exhiben los impuestos descomunales que se tragan en un santiamén los exiguos sueldos y pasividades ciudadanas, con el arrastre y afane permanente en el tiempo de las tarifas de las empresas públicas. Desvirtuadas en su finalidad, éstas no solo sirven para el pago de los consumos de los combustibles, agua, teléfonos y electricidad, sino que han trasmutado, degenerado, hasta constituirse en gravámenes adicionales que no tienen por qué pagar los ciudadanos, y que se destinan a Rentas Generales.
En tanto, los señores diputados y senadores cobran sueldos de varios centenares de miles de pesos por mes, alrededor de 12 mil pesos diarios los primeros, y 15 mil pesos diarios los segundos.
Como “contrapartida”, más de un millón de limosneros viven en condiciones deplorables, y asisten, vencidos e impotentes, al derroche persistente y continuado de los dineros públicos. Alta traición frenteamplista, decíamos, que se extiende a todo el espectro político, aunque quepa reconocer que los actos de corrupción existieron desde el despertar político del país. Es mafia de toda la vida, enaltecida y exaltada, que compró su impunidad a la prensa grande, diarios y televisión. No vacilaron en vender el rico patrimonio para su pervivencia: autocensura sostenida y ominoso silencio.
Empalmaron la baraja, se repartieron el botín, y siguen repartiéndose el botín. Millones de dólares compraron ese silencio, y siguen comprando ese silencio. Las noticias incómodas al poder, ineludibles, salían disfrazadas, y siguen saliendo disfrazadas.
Durante ininterrumpidas décadas, que abarcan bastante más que una centuria, el Estado mantuvo a discreción los antojos de la clase política gobernante. El despilfarro de los dineros públicos destruyó el país, y comprometió pagos a los que deberán hacer frente las generaciones venideras. Han reventado el Uruguay con este cáncer continental del populismo que ha invadido el continente en las últimas décadas.
Las redes sociales desnudaron procederes, y hoy la población está enterada perfectamente de la mala administración y derroche de los dineros del pueblo.
En el presente, complace señalar que un viento fresco y renovador acaba de darse con la irrupción en la escena política del doctor Lacalle Pou.
Firme, sereno, diestro, entró en la presidencia de la república por la puerta grande, en tanto se le colaba por detrás la peor pandemia mundial que viene sumando, implacable e incontenible, centenares de miles de muertos en los cinco continentes.
Ni blancos ni colorados estuvieron históricamente a la altura de las circunstancias. Por irresponsables, insuficientes y caóticos como políticos, entregaron el país en bandeja, dándole letra a la irrupción dictatorial, primero, y a los gobernantes populistas enemigos de la democracia representativa, durante y después.
La llegada de Lacalle Pou es un arribo de esperanza. Lo mejor que le pudo pasar a la república.
Ha enfrentado con arrojo y aplomo la invasión de la pandemia; ha demostrado autoridad en estos tiempos de tsunami universal, y ha sabido incorporar a su gestión a los más destacados científicos compatriotas que asesoran en la guerra contra el coronavirus.
Priorizó la salud de la ciudadanía, y comparte el pan con los desposeídos. Apeló a la responsabilidad del pueblo para alinearse en frente de batalla, y ejerce con sorprendente y agradable autoridad la presidencia de la república.
Lacalle Pou está escribiendo páginas de historia. Personalmente en el ocaso, advierto que cambió el discurso. Cambiaron los vientos.
Esta renovada página, estimado presidente, no está ni remotamente a punto de terminar. De ahí que me permita recomendarle al desprestigiado parlamento nacional que mude el discurso; que senadores y diputados se incorporen sin más trámite ni cálculos electorales a la reconstrucción del Uruguay, y que se acabe de una buena vez por todas el recurrente despilfarro.
¡Vamos Presidente!