Pocos temas pueden sensibilizar más a la ciudadanía que los niños y un plato de comida. Está en nuestro ADN desde el inicio de nuestra República, y quizás desde mucho antes.
Justamente por eso, el uso político de ambos es siempre tentador y casi siempre demagógico. Y, cuando ocurre, es condenable. El presidente del Frente Amplio, el siempre poco trabajador Fernando Pereira, corrió espantado cuando se enteró de que los partidos que integran la Coalición Republicana no darían el voto para la aprobación en general de la Rendición de Cuentas del primer año de este gobierno.Está bien que se espante Pereira. El fracaso tiene mucho que ver con él. El presidente de un partido que gobierna sin mayorías propias debería ser el articulador, el negociador, el que busque y gestione siempre el éxito político del gobierno de su partido. Un fracaso de esta naturaleza es, antes que nada, un fracaso suyo.
Pero su espanto no era por eso.
Su espanto era porque, según él y varios dirigentes del oficialismo, no votar la Rendición equivale a negarle a los niños un plato de comida más.
En otras palabras, los de la derecha queremos que nuestros niños pasen hambre y sigan siendo pobres. No somos humanos ni sensibles. Más o menos a eso se reduce la declaración de Pereira.
En el mismo sentido salieron legisladores oficialistas a difundir un video de edición profesional sobre el tema —que, dicho sea de paso, debe haber costado el equivalente a unos treinta o cuarenta platos de comida para niños— intentando imponer esa idea y desinformar.
Y todos nosotros terminamos contestando sobre esa falsa premisa.¿Por qué se niegan? ¿Están en contra de los niños? ¿Si no se aprueba la Rendición nos quedamos sin respuesta para ellos?
MENTIRA.
Los 31 millones de dólares de aumento del gasto que el gobierno pretende destinar a ese fin —con una reglamentación que, desde nuestro punto de vista, va directo al fracaso— no dependen de la aprobación de la Rendición de Cuentas.
El gobierno ya tiene esos recursos.
Quince millones provienen de la reducción de las exoneraciones a los autos eléctricos, una medida ya adoptada por vía administrativa y que entrará en vigencia en enero del año próximo, con o sin Rendición de Cuentas.
El resto proviene, casi en su totalidad, de la mayor recaudación esperada por el impuesto global creado en el Presupuesto Quinquenal y, en una proporción menor, de economías previstas por reducción de gastos del Estado. Todos esos supuestos ocurren con o sin Rendición de Cuentas.
Me explico. Si se tratara de dinero incremental —nuevos impuestos, aumento de tasas, autorización para tomar más deuda o cualquier otro ingreso que requiriera autorización legal— sí sería necesaria una Rendición de Cuentas o una ley específica.
Pero no es este el caso.
Ese dinero ya existe, al menos en los supuestos presupuestales del propio gobierno.
La Rendición de Cuentas viene a darle destino. Y ese destino el Poder Ejecutivo puede asignarlo por vía administrativa, sin participación del Parlamento, o, si así lo quisiera, mediante una ley aparte. Eso lo saben todos y cada uno de los parlamentarios, ministros y técnicos del partido de gobierno. Y si no lo saben, deberían renunciar a sus cargos.
El plato de comida de los niños que reclama Pereira depende del acierto de los cálculos de recaudación de su propio gobierno, no del voto de la Rendición de Cuentas.
Mintieron para ganar.
Mienten para gobernar.
No es un problema de comunicar mal lo que condena su gestión.
Es un problema de gestionar mal la realidad.
O, dicho más claramente, de mentir una y otra vez.
Rodrigo Blas
Senador de la República










